Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 30. NADIE MÁS QUE YO LA TOCARÁ
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30. NADIE MÁS QUE YO LA TOCARÁ

A lana se volvió hacia los suyos después de haber dictado aquel plazo que ninguno llegó a oír.

La severidad de sus palabras parecía aún suspendida en el aire del gran salón, como si las propias piedras las hubieran retenido.

Durante un instante permaneció inmóvil, sin apartar los ojos de Abbadon, que hervía por dentro.

Sabía que lo que acababa de sellar no era solo un mandato, sino el comienzo de algo que temía que ninguno de los presentes alcanzara a comprender del todo.

Luego se volvió y caminó hacia su grupo, que aguardaba al otro lado de la barrera invisible que había alzado para mantenerlos al margen de aquella conversación.

Cuando estuvo a solo dos pasos de Yngvar, alzó la mano con un gesto sereno.

La fuerza que los aislaba se deshizo como si nunca hubiera existido.

El aire recuperó su curso y el crepitar de los fuegos volvió de golpe.

Nada más se oía; los guerreros Ursu seguían inmóviles en aquellas posturas imposibles, detenidos entre el impulso y la caída.

El errante avanzó hacia ella sin vacilar, y también Thyra y Nîga se precipitaron a su encuentro, con el rostro marcado por la incredulidad de quienes saben que algo decisivo ha ocurrido a sus espaldas.

Sin embargo, Alana no se detuvo en abrazos ni en explicaciones; su atención estaba ya puesta más allá de aquellas paredes, como si el tiempo ganado dentro del castillo se hubiera agotado en el mismo instante en que pronunció la última palabra ante el Ursu.

―Salgamos de aquí ―ordenó con firmeza.

Thyra la tomó del brazo antes de que pudiera dar un paso más, obligándola a mirarla.

―¿Qué ha pasado con Abbadon? ―preguntó, buscando en su expresión alguna señal que pudiera tranquilizarla.

―¿Por qué no nos has dejado acompañarte? ―añadió Nîga, con la voz aún tensa―. No hemos podido oír nada.

Alana recorrió a ambas con la mirada durante un instante.

En sus ojos no había temor ni vacilación, pero sí algo nuevo, una profundidad que no estaba allí antes de cruzar el umbral del salón del trono.

Inspiró despacio, conteniendo las palabras antes de dejarlas salir, consciente de que no debía decir más de lo imprescindible.

―Era necesario ―respondió al fin, volviendo el rostro hacia Yngvar―. Lo que tenía que decirle no debía oírlo nadie más.

El errante, que se había situado frente a ella, la observaba en silencio. Había regresado de la muerte poco antes y, aun así, percibía que algo más grave acababa de ponerse en marcha. Algo en lo que ninguno tendría voz ni voto, porque ÉL así lo había dispuesto.

Alana posó la mano sobre su pecho. No buscaba consuelo, sino la certeza de que estaba allí, vivo. Yngvar cubrió su mano con la suya. Ella le devolvió una leve sonrisa antes de retirarla.

―Este no es el lugar para hablar ―añadió―. Hemos hecho lo que debíamos. Ahora, marchémonos.

Ningún errante insistió, ni tampoco los vampiros que la habían acompañado y luchado a su lado. Todos sabían que tenía razón.

Bêwestan le apretó la mano a Qiloçker. Se moría por preguntar qué había ocurrido con Abbadon, pero algo dentro de ella le decía que, si en algún momento ÉL lo disponía, Alana lo revelaría.

Además, el grupo percibía que la autoridad que emanaba de ella ya no era solo la de la Elegida; en su voz había algo más, una fuerza indiscutible que deshacía cualquier objeción antes siquiera de que tomara forma.

Erke y Bălan, sin embargo, intercambiaron una mirada de desaprobación. Al fondo del salón, Abbadon seguía inmóvil, indefenso. Jamás habían tenido una oportunidad tan clara para acabar con él.

Incapaces de marcharse sin ajustar cuentas por todo lo que aquel desquiciado les había hecho sufrir, los hermanos se interpusieron en el camino de Alana.

Puede que para ella fuera sencillo obedecer Su voluntad, pero ellos no pertenecían a la Luz.

De hecho, se sentían en un limbo incierto del que aún no sabían cómo iban a salir.

―Alana, perdóname, pero no puedo dejarlo con vida ―dijo Bălan, convencido de que no saldría de allí sin ver cómo la cabeza de Abbadon rodaba por el suelo.

Miró al líder Ursu y añadió―: Destruyó a mi familia, nos esclavizó a mi hermano y a mí durante siglos, y hemos cometido horrores en su nombre.

No puedes pedirme que renuncie a la venganza.

Ni a mí ni a Erke puedes imponernos ese sacrificio.

Tampoco a Soren, Bahoz, Ejder o Lambert.

Todos tenemos derecho a saldar esta deuda.

ÉL sabe que nos corresponde poner fin a su existencia.

La Elegida lo miró y asintió, comprendiendo sus motivos. Pero aquella decisión no les pertenecía. Aún no le había sido señalado su fin a Abbadon. Si no lo aceptaban, se vería obligada a detenerlos, y eso era algo que deseaba evitar por encima de todo.

―No puede ser, Bălan. Siento el odio y el dolor que lleváis dentro por todo lo que habéis sufrido, y entiendo que busquéis venganza. Lo entiendo ―insistió―, pero no es el momento.

Cerró los ojos y respiró hondo; de pronto, parecía cargar con el sufrimiento de aquellos seis Ursu sobre los hombros. Cuando los abrió, un estremecimiento recorrió al grupo. Su mirada parecía encendida, como dos lunas, y en los bordes ardían destellos rojizos y azulados que rodeaban el iris.

―Nadie tocará a Abbadon ―declaró, y su voz vibró con una profundidad que no parecía humana―. ÉL os ha escuchado, pero no puede ser. Ahora, salgamos de aquí ―repitió.

Los hermanos intercambiaron una última mirada. Comprendieron que, por mucho que desearan consumar aquella venganza, la Elegida no dudaría en interponerse entre ellos y el Ursu si era necesario. Bălan bajó la cabeza y asintió lentamente, aceptando que la oportunidad se desvanecía ante sus ojos.

El grupo comenzó a avanzar, dejando atrás el salón donde Abbadon permanecía inmóvil, atrapado entre la revelación que acababa de recibir y la oscuridad que había abrazado durante siglos, mientras las tropas Ursu presenciaban su partida en un silencio forzado.

Los suyos acabaron por hacerse a un lado, formando un pasillo. Alana fue la primera en cruzar el umbral del salón sin volver la vista atrás, para no ceder a la tentación de destruir a aquellos que quedaban en él.

Salieron del castillo atravesando media docena de corredores donde los guerreros Ursu seguían detenidos en posturas imposibles, suspendidos en mitad de un paso, de un giro, de un golpe que jamás llegaría a caer.

Algunos parecían correr todavía; otros habían quedado con la espada en alto o los colmillos al descubierto, atrapados en el gesto exacto en que habían sido detenidos.

Ninguno podía moverse. Ninguno podía hablar. Y, sin embargo, todos veían pasar ante ellos al grupo que había osado quebrantar el corazón de Tiszavár y marcharse con vida.

Cuando cruzaron el patio de armas, las antorchas seguían ardiendo como si nada hubiese ocurrido.

El fuego marcaba un camino irregular hasta la gran puerta, y el viento de la noche arrastraba el olor a hierro y a piedra húmeda.

No había gritos, no había órdenes, no había persecución.

Solo ese silencio forzado que los acompañó hasta que dejaron atrás las murallas.

En cuanto estuvieron en campo abierto, Alana se dirigió a todos sin reducir el paso.

―A Calais ―dijo mirando a Bălan.

El vampiro giró la cabeza hacia Erke mientras corrían.

A ellos se unieron Soren, Bahoz, Ejder y Lambert.

Hablaban entre jadeos, midiendo distancias, recordando pasos de montaña, sendas ocultas y aldeas que debían evitar.

Bălan conocía rutas antiguas; Erke las reformas más recientes; Lambert los cursos de agua que podían servirles de guía.

Annikan, que había permanecido callada hasta entonces, señaló una desviación hacia el norte que acortaría la travesía si lograban cruzar sin ser vistos por las patrullas dispersas.

Los Parêzvanan mantenían el campo de fuerza, pero, sin descanso, su energía se agotaba y se veían obligados a permanecer ocultos.

Sabían que, por mucho que forzaran el paso, el viaje hasta Calais no sería breve.

Quince jornadas separaban Tiszavár de la costa, y lo sucedido aquella noche no hacía sino agravar el peligro.

Abbadon ignoraba su destino, pero nadie dudaba de que, cuando pudiera moverse de nuevo, haría temblar la tierra en su busca.

Ninguno sabía qué palabras había cruzado con la Elegida, pero, conociendo su orgullo y su furia, no era difícil imaginar que la habría amenazado con despedazarla con sus propias manos.

Corrían como si algo invisible los empujara desde atrás.

Aun siendo errantes y vampiros, criaturas hechas para resistir más que los hombres, el ritmo que imponía Alana rozaba lo inhumano.

No miraba a nadie ni hablaba, ni siquiera con Yngvar.

Avanzaba con una determinación que obligaba al resto a apretar los dientes y seguirla.

El errante no tenía dificultad para mantenerse a su altura.

Las Lágrimas de los Ángeles no solo habían cerrado su herida; también habían dejado en su cuerpo una fuerza limpia, luminosa, que aún ardía en sus venas.

Ignoraba cuánto duraría aquel don, pero agradecía cada zancada que podía dar sin dolor.

La noche entera fue una carrera sin pausa.

Las estrellas comenzaron a inclinarse en el cielo cuando Annikan y Lambert, tras comparar rutas, llegaron a la misma conclusión sobre el lugar donde podrían hacer la primera parada.

Un pequeño lago oculto entre colinas bajas les ofrecería agua y resguardo suficiente hasta que decidieran el siguiente movimiento.

Erke y Bălan confirmaron la dirección con un gesto breve, sin mostrar el menor signo de fatiga.

Fue entonces cuando el horizonte empezó a clarear. La luz no había terminado de romper la negrura cuando Alana trastabilló. Yngvar la vio llevarse la mano al corazón, como si algo en su interior hubiese cedido de repente. Dio dos pasos más y su respiración se volvió irregular.