Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 29. MIL DÍAS #4
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29. MIL DÍAS #4

―Ninguno lo haréis ―replicó Alana sin dejar de mirar al líder Ursu―. Abbadon tiene que cumplir una misión.

―Ramera desquiciada… ¿Quién demonios eres! ¡Libérame ahora mismo!

Alana inspiró profundamente. Miró a los suyos y les hizo una nueva señal para que permanecieran en el umbral del gran salón.

―Esperad ahí.

Todos asintieron a la vez. Después de lo que acababan de presenciar en las mazmorras y a lo largo del castillo, habían comprendido que cuanto decía ella obedecía a una razón que ninguno alcanzaba a comprender.

La joven inglesa dio un paso y, al instante, los Ursu paralizados se apartaron como movidos por una brisa invisible, abriéndole un pasillo.

Avanzó ante el estupor de Abbadon, que empleaba toda su fuerza para recuperar algo de movilidad.

Todo esfuerzo fue inútil. No consiguió moverse ni el grosor de un cabello.

De pronto, el grupo dejó de oír lo que se decía en el salón.

Yngvar intentó avanzar, pero se topó con una especie de muro invisible, similar al que podían alzar los Parêzvanan.

Thyra y Nîga se colocaron a su lado y golpearon la nada, con el rostro tensado por la preocupación.

Podían ver cuanto pasaba en el gran salón, pero no oír una sola palabra.

Desesperado por lo que pudiera pasarle, Yngvar golpeó con todas sus fuerzas aquella barrera inexistente que los separaba, pero no logró traspasarla.

Alana continuó caminando hacia Abbadon, consciente de que los suyos quedaban al otro lado.

Así debía ser. Ninguno podía escuchar lo que tenía que decirle; perderían el control y se vería obligada a detenerlos ella misma.

Apartó ese pensamiento y fijó toda su atención en el vampiro que la observaba con los ojos encendidos de ira.

―¿Tú eres quien vas a matarme, bruja? ―escupió con desprecio.

―Aún no, Abbadon. Solo he venido para darte un mensaje.

ÉL quiere que le digas a Mørket que desista de su persecución contra la raza humana.

Su demencial conquista debe cesar de una vez por todas.

Sus vampiros quedarán recluidos en sus dominios y allí permanecerán para siempre; de lo contrario, iremos a la guerra.

―¿Y pretendes que vaya ante el Príncipe de las Tinieblas… con ese pobre discurso? ―dejó escapar un sonido grotesco, parecido a una risa―. Estás loca si crees que voy a presentarme ante mi padre para decirle…

―Te equivocas, Abbadon, Mørket no es tu padre. Eres hijo de Eode y de Kimly. Fuiste hombre antes de que él te arrancara el alma y te convirtiera en… bestia.

―¿Quieres hacerme creer que yo era humano? ―añadió, fijando los ojos en Erke y luego en Bălan, en un intento de someterlos de nuevo, sin conseguirlo―. Invéntate lo que quieras, bruja. A mí no me doblegarás con tus trucos.

Ella avanzó hasta que entre ambos no hubo más distancia que la de la hoja de una espada. La envergadura de Abbadon era descomunal, y Alana tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo a los ojos. Entonces le rozó con los dedos el dorso de la mano.

Como si un rayo lo hubiera atravesado de punta a punta, los recuerdos irrumpieron en su mente: sus padres, su hogar, el momento de su transformación… Todo regresó con una claridad insoportable.

―Ahora sabes la verdad, vampiro ―añadió ella con un leve matiz de ironía, retrocediendo un par de pasos―. Está en ti aceptarla. Mørket debe elegir. Si desoye Su voluntad, iremos a la guerra.

El líder Ursu, incapaz de admitir lo que acababa de ver y sentir con aguda nitidez, respondió:

―Puedes intentar embrujarme cuanto quieras, mujer ―volvió a dirigirse a ella con desprecio―. No lograrás doblegarme. Mi padre me forjó a su imagen, con su fuerza y su maldad. Eres una ilusa si crees que puedes vencerlo.

―Te equivocas de nuevo. Yo no voy a vencerlo, pero sí seré el elemento de destrucción que dejará su montaña hecha cenizas.

―¡Maldito traidor! ¿Has revelado dónde se encuentra Piatra Morții? ―gritó como pudo, intentando girar sin éxito la cabeza hacia Erke.

―¿De verdad piensas que el Creador del cielo y de la tierra no sabe dónde se esconde Su mayor decepción?

La mirada de Abbadon mostró un leve destello de duda.

―Al amanecer, todos quedaréis liberados ―prosiguió Alana―. A partir de ese momento dispondrás de mil días para ir a ver al Ángel Caído y hacerlo entrar en razón.

Incluso a los «No Muertos» que lo conocían desde hacía milenios les resultó desagradable su risa.

―¡Ilusa e ignorante ramera! Puedes retenerme con un burdo hechizo, pero jamás molestaré a mi padre con tus delirios.

―No te lo pido yo. ¡Te lo exige ÉL! ―agregó con una voz grave, profunda, inhumana.

―Tu insistencia no hará que cambie de parecer.

Abbadon guardó silencio un instante al ver cómo ella lo enfrentaba sin temor. Él tampoco lo sentía; solo estaba decidiendo de qué forma la despedazaría cuando recuperara el dominio de su cuerpo.

―Libérame y verás lo que un vampiro puede hacerte.

Alana bajó el mentón un momento, cerró los ojos y negó despacio. Después lo alzó y clavó la mirada en el Ursu. Extendió el brazo y lo obligó a encorvar la espalda hasta que su rostro quedó a la altura del suyo. Apoyó la mano en su frente y susurró unas palabras que solo el vampiro pudo oír.

―Mørket debe desistir de esta cruzada contra los humanos.

Jamás tendrá libre albedrío, pero sí puede ser castigado con dureza.

Abbadon, tu resistencia es admirable, aunque inútil.

No puedes rechazar la realidad: Su sello está en ti.

No hallarás descanso hasta que vayas a Piatra Morții y hables con Ketî .

Hazlo entrar en razón o las consecuencias serán inconmensurables. Tienes mil días. Ni uno más.

Cuando se apartó, el líder Ursu estaba aturdido, atrapado en la lucha entre lo que había sido durante milenios y el hombre que ella acababa de obligarlo a recordar, junto con todo el mal que había sembrado.

―¿Qué… qué me has hecho? ¡Me abrasa!

―Su luz ha vuelto a tocar tu alma. Llevas demasiado tiempo sumido en la oscuridad. Regresar… duele.

―¡Sácalo! ¡Sácame esto de la cabeza!

Ella suspiró, retrocedió un paso y negó lentamente sin apartar la mirada, consciente de que no había vuelta atrás.

―No puedo. Es Su voluntad.

―¡Te despellejaré viva! ¡Libérame!

―Tienes mucho en qué pensar y ÉL te concede hasta el amanecer para que puedas decidir. No desperdicies el tiempo. No habrá otra oportunidad.

Volvió a acercarse y, de nuevo, rozó su piel con la punta de los dedos, sellando en él las palabras que debía llevar ante Mørket y algo más. Algo que no fue revelado en voz alta.

El Ursu intentó responder, pero ya no pudo. Como el resto, volvió a quedar completamente inmóvil.

Alana le dio la espalda y regresó junto a los suyos, que la observaban con angustia. Antes de deshacer el muro que los separaba, se volvió hacia el vampiro por última vez.

―Mil días, Abbadon. Ni uno más.