Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 29. MIL DÍAS #3
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29. MIL DÍAS #3

―¿Pretendes que crea que tú me has salvado?

―Así es. Llevas mi sangre dentro de ti. En cada comida te la daba para que te recuperaras más rápido que cualquier errante. Por eso Abbadon no sospechaba de ti.

―¿Pretendes que crea que lo hiciste para salvarme?

―Si hubiera querido verte muerto, no habrías llegado a Richborough. Todo cuanto he hecho ha sido para mantenerte con vida, incluso cuando me vi obligado a azotarte. Si Rău o cualquier otro Ursu hubiera empuñado el látigo, no estarías aquí.

―¿Y por qué no impediste que Abbadon me apuñalara? ―dijo, resistiéndose a creerlo.

―Se desesperó porque no cediste ―respondió sin desviar la mirada―.

Por eso te clavó su daga, la tercera más letal después de la de Mørket y la de Helmet, para demostrar que mentías.

No pude impedir que te hiriera; me habría delatado.

En ese instante supe que ibas a morir… ―Negó con la cabeza, aún incapaz de encajar lo que veía―.

Nada puede revertir el daño del acero dohejî . ¿Cómo has…?

―¡Basta! Aquí no ―lo interrumpió Alana―. Ellos pueden oírnos. ―Sus ojos se desviaron hacia los Ursu paralizados, conscientes dentro de su inmovilidad.

Fue en ese momento cuando la siguiente visión la alcanzó de lleno.

No tuvo tiempo de asimilarla. La verdadera naturaleza de la misión que los había llevado hasta allí se le reveló con una claridad sobrecogedora.

Un escalofrío la recorrió porque, hasta entonces, había malinterpretado las señales.

Rescatar a Yngvar y a Erke no era el núcleo de todo, aunque así lo hubiera sentido desde el principio.

Lo que tenía delante no era huir sin más o vencer a Abbadon aquella noche, sino marcar un límite, trazar una clara línea que, si el enemigo cruzaba, tendría terribles consecuencias.

Cuando la visión se desvaneció, la verdad salió a la luz. Y con ella, la conciencia de que lo que debía hacer no admitía vuelta atrás.

Se tambaleó un poco antes de decir:

―Debemos irnos.

Sin que a Yngvar le diera tiempo de sostenerla entre sus brazos, ella se volvió hacia los guerreros, que seguían contemplando a los Ursu paralizados con una mezcla de incredulidad y tensión mal disimulada.

Alana no les dio la oportunidad de preguntar.

―Esta noche no vamos a luchar ―prosiguió con determinación―. Colocaos detrás de mí y, pase lo que pase, no intervengáis. Puede que os cueste entenderlo, pero es Su voluntad. Ninguno de vosotros alzará la mano contra ellos mientras permanezcan así.

Se cruzaron miradas de desacuerdo. Algunos negaron con la cabeza; otros se aferraron a sus aceros, incapaces de aceptar aquella orden sin más. Habían llegado preparados para morir allí dentro, no para echarse atrás en el último momento como sucios cobardes.

Bălan no estaba dispuesto a aceptar que fueran a renunciar a una ventaja así y dio un paso al frente, incapaz de poder contenerse.

―¿Marcharnos? ―escupió, con la mandíbula tensa―. No sé si tu poder llega hasta a Abbadon, pero yo no voy a irme de aquí sin ver cómo muere ante mis ojos después de todo lo que he perdido por su culpa.

Erke no apartó los ojos de Alana. Su voz sonó igual de firme que la de Bălan, sin rastro de duda.

―Mi hermano tiene razón. ¿Irnos ahora, cuando podemos reducir Tiszavár a cenizas?

―¿No te basta con que Yngvar y tú estéis vivos? ―le replicó Thyra con calma, pero también con firmeza.

―¿Bastar? ―dijo él con una risa breve y amarga―. Me he visto obligado a torturarlo… ¿y la respuesta es huir?

Qiloçker, que hasta entonces no había cuestionado una sola orden, apretó la lengua contra el paladar y avanzó un paso.

―Marcharnos no es una opción, Alana.

Bêwestan, sin disimular su desagrado, añadió:

―Darle la oportunidad a Abbadon de que reconstruya su ejército es un error. Sin él, podremos vencer a Mørket.

Un murmullo recorrió al grupo, dándole la razón. Bălan negó enérgicamente con la cabeza, incapaz de aceptar que fueran a retirarse cuando tenían ante sí una oportunidad que quizá no volvería a repetirse.

―Danos una razón que no sea tu fe ―exigió el vampiro―. No sé si lo sabes, niña ―añadió con una condescendencia mal disimulada―, pero con eso no se gana una guerra.

Alana esbozó una sonrisa leve, casi imperceptible, y afrontó el rechazo de todo el grupo sin retroceder un solo paso.

―No os estoy pidiendo fe ―respondió, y su voz descendió hasta adquirir un tono más grave―. Os estoy diciendo que, si cruzamos ese límite ahora, no habrá vuelta atrás. No es una petición. Es una orden. Es Su voluntad, y ninguno de vosotros puede imponerse a ella.

Bălan miró a Asvoria con el ceño fruncido. Ella asintió, instándolo en silencio a aceptar las palabras de Alana, pero aquella explicación seguía sin bastarle.

―¿Eso es todo? ¿Es Su voluntad y ya está? No veo qué diferencia hay con Mørket…

Alana acortó la distancia entre ambos en un movimiento tan rápido que apenas la vio, cerró el puño en torno a la chaqueta de Bălan y lo obligó a inclinarse hasta quedar frente a ella.

El vampiro trató de apartar su mano y liberarse de la presión, pero, por primera vez desde que la conocía, comprendió que aquella fuerza estaba muy por encima de la suya.

―Su voluntad es lo único que importa ―respondió sin elevar la voz―.

No dejéis que la oscuridad que envuelve estas paredes os arrastre, a ninguno de vosotros.

Ahora sois libres, pero la sangre del Caído sigue corriendo por vuestras venas, y él no ha dejado de reclamaros.

No cedáis a eso. ÉL os protege, y mientras yo siga en pie, ninguno volverá a arrodillarse ante Mørket.

Sin añadir una palabra más, Alana lo soltó. Nadie se movió después de presenciar aquella demostración de fuerza. Bălan le sacaba más de una cabeza y aun así ella lo había obligado a inclinarse sin esfuerzo, sin que él lograra deshacerse de su agarre.

El vampiro bajó la mirada al comprender que ella tenía razón: la oscuridad que impregnaba aquellas paredes había terminado por convencerlos de que aniquilar a los Ursu era la única salida posible.

―Si alguien trata de ponerles una mano encima ―advirtió la Elegida, recorriendo con la mirada a los Ursu paralizados antes de volver a los suyos―, se lo impediré. Hemos rescatado a los nuestros. Ahora, poneos detrás de mí. Y recordad: no soy yo quien os guía.

Yngvar fue el primero en situarse a su espalda. Después lo hicieron Thyra y Nîga, el padre León y el resto, incluidos los Parêzvanan y la Søsterskap.

Erke buscó la mirada de Bălan, confundido por lo que veía: Soren y Nessa caminaban cogidos de la mano, y Bahoz y Ejder se habían colocado, con demasiada complicidad, junto a Annikan y Seren.

―¿Nos estamos equivocando? ―preguntó quien, hasta hacía solo unas lunas, aún se creía Eierløs.

Erke asintió despacio.

―Creo que sí. Vamos, hermano, hagamos lo posible para salir de aquí… vivos ―añadió antes de unirse al grupo sin decir nada más.

A cada paso, Alana susurraba la misma orden, sosteniendo su don con una concentración absoluta, mientras avanzaban entre docenas de guerreros Ursu detenidos en mitad del movimiento, con los ojos abiertos por el horror de saberse conscientes, obligados a contemplar cómo el grupo al que habían sido enviados a destruir pasaba entre sus filas sin resistencia.

Atravesaron pasillos, cruzaron galerías y alcanzaron las escaleras superiores sin que nadie pudiera interponerse, porque allí donde surgía una nueva patrulla, la palabra de la Elegida volvía a imponerse antes de que el combate llegara a comenzar.

Aquella suspensión de voluntad dejaba a su paso un silencio cargado de horror ajeno. La sensación de estar cruzando algo más que un simple castillo se hizo evidente para todos.

Cuando alcanzaron el salón del trono, las cuatro patrullas que custodiaban a Abbadon reaccionaron de inmediato y se lanzaron corriendo hacia ellos con las armas en alto, dispuestas a cerrarles el paso antes de que pudieran franquear la entrada.

Alana alzó una mano para indicar a los suyos que no avanzaran. Ella, en cambio, dio un paso al frente y caminó hacia los Ursu, que corrían con los ojos desorbitados y el grito ya formándose en la garganta. Alzó las manos hasta la altura de los codos y susurró:

―Hijos de Mørket, deteneos.

Aunque no levantó la voz, su orden resonó por cada rincón de la inmensa estancia. El avance de aquellos guerreros que corrían hacia ella con ánimo de despedazarla quedó sofocado en el mismo instante en que aquellas palabras abandonaron sus labios.

De pronto, se hizo el silencio más absoluto.

Un silencio sepulcral, extraño, antinatural.

Todos los vampiros, incluido Abbadon, quedaron inertes, suspendidos en el tiempo.

Algunos conservaban la postura de la carrera; otros fueron forzados a mantenerse hieráticos en pleno salto.

Los que portaban espadas no pudieron hundir la hoja.

Los que atacaban con las manos desnudas se detuvieron a medio camino.

Alana se fijó solo en Abbadon. El vampiro logró parpadear y mover la boca; el resto del rostro permaneció paralizado.

―¿Qué… qué me has hecho? ―logró balbucear.

―¿A ti… o a todos los tuyos?

―Ellos son escoria. ¡Yo soy su amo y señor!

―Son tu ejército, Abbadon, y no están sordos. Que no puedan moverse no significa que no sean capaces de oír.

―¡Maldita zorra!

Aunque se lo había pedido, los Ursu que iban con ella no pudieron permanecer en silencio.

―Permíteme acabar con él ―dijo Bălan sin poder contenerse.

―No. Si alguien tiene que matar a este perro, he de ser yo ―escupió Erke, desoyendo la petición de Nîga para que se mantuviera callado.

Abbadon abrió los ojos un poco más. No podía reflejar en el rostro la sorpresa que le producía ver con vida a su general, a quien había dado por muerto hacía siglos.

Al comprobar que tanto Bălan como Erke podían hablar y moverse, intentó someter su voluntad, pero no sintió la conexión con ninguno de los dos.

Dirigió la mirada hacia el resto de Ursu.

Nada. No consiguió alcanzar a nadie, y aquello lo exasperó aún más.