29. MIL DÍAS #2
Nîga, que permanecía junto a Alana y Thyra, se incorporó sin vacilar al oír su voz. Salió de la celda y, al verlo, corrió hacia él, abrazándolo con una intensidad que poco se acercaba a la frialdad de los vampiros.
―No nos has traicionado… ―murmuró, sintiendo cómo el alivio recorría su cuerpo.
―Jamás lo haría ―dijo acercándose a sus labios.
La besó apenas un instante antes de girarse de golpe, con la espada ya en la mano, al advertir a alguien abriéndose paso entre los errantes.
El guerrero que se acercaba a grandes zancadas no era un enemigo más, sino Bălan, su amado y desaparecido hermano. Cuando su mirada se cruzó con la de Erke, el tiempo pareció detenerse; ninguno de los dos estaba preparado para aquel reencuentro.
Erke se quedó inmóvil, incapaz de disimular el impacto que le produjo reconocer el rostro de su hermano, al que había dado por muerto siglos atrás. Bălan lo contemplaba con una incredulidad casi dolorosa, como si temiera que cualquier gesto precipitado pudiera romper aquel momento y desvanecerlo.
El general volvió la vista hacia Nîga, buscando confirmación, y ella respondió con una sonrisa temblorosa que no necesitaba palabras. Apoyó una mano en su hombro y lo empujó suavemente hacia adelante.
―Ve ―susurró ella.
Erke le dedicó una sonrisa luminosa, como si aquel milagro también le perteneciera. Ambos hermanos se acercaron con una intensidad que desmentía cualquier insensibilidad atribuida a su especie.
Cuando quedaron frente a frente, se fundieron en un abrazo que condensaba siglos de ausencia.
―¿Cómo es posible? Creí… creí que habías muerto… ―dijo Erke, retrocediendo apenas un paso sin soltar los antebrazos de su hermano, aferrándose a ellos con fuerza mientras contenía a duras penas el brillo húmedo que anegaba sus ojos.
Bălan lo recorrió con la mirada con la misma alegría desbordada, como si necesitara confirmar que aquello era real.
―Sobreviví ―respondió, sujetándolo con igual firmeza―.
Una Neacșu me encontró y me dio su sangre antes de que terminara de desangrarme.
Pero ya tendremos tiempo para hablar ―añadió, tensando la empuñadura de su arma al oír el eco creciente de la horda que descendía hacia ellos―.
Primero salgamos de Tiszavár de una pieza.
Ambos asintieron. El reencuentro podía esperar, pero los Ursu no.
El general miró a Nîga antes de avanzar hacia la entrada de las mazmorras. Espada en mano, se volvió lo justo para advertirles:
―Preparaos, ya vienen.
Como si sus palabras hubieran sido una invocación, el rumor de carreras y múltiples pasos comenzó a retumbar en los niveles superiores y descendió hacia ellos con una fuerza que borró de golpe cualquier esperanza.
Una vez más, vampiros y errantes cruzaron miradas sin necesidad de hablar, porque la magnitud de lo que se les venía encima no requería explicación alguna.
Eran numerosos, estaban curtidos en batalla y ahora contaban con Erke a su lado, pero incluso esa suma de fuerza y experiencia no bastaba para ignorar algo evidente: enfrentarse a cerca de doscientos vampiros en un espacio reducido no era una empresa que pudiera resolverse únicamente con determinación y coraje.
Habían llegado hasta el castillo y habían rescatado a Yngvar, pero empezaron a dudar de si saldrían de allí con vida.
La lucha se recrudeció en cuanto los guerreros Ursu irrumpieron en las mazmorras. Aunque su atención seguía centrada en Yngvar, Alana levantó la mirada un instante hacia Thyra al oírla decir:
―La visión de Asvoria… Está claro que se equivocó ―susurró, a modo de disculpa.
―O quizá solo se nos mostró lo que necesitábamos ver para llegar antes.
El estruendo de la lucha al otro lado de la celda resultaba atronador. Cada choque de acero, cada respiración forzada, cada cuerpo cayendo.
Alana volvió la mirada hacia el errante, que yacía pálido en el suelo.
La idea de perderlo la atravesó con violencia.
Temió que el sacrificio de Yngvar, la supuesta traición de Erke ―que ahora parecía no serlo― y el esfuerzo del grupo por llegar hasta ellos no podía terminar en aquel oscuro pasillo sin haber servido para nada.
De pronto, la ira la invadió sin medida, expandiéndose con una intensidad imposible de contener.
Su cuerpo comenzó a vibrar bajo una fuerza descomunal que escapaba a su control.
Jamás había sentido nada semejante. No era solo furia: era algo más profundo, más vasto, que se abría paso desde el centro mismo de su ser.
Con los ojos inyectados en sangre, miró al padre León y a Thyra.
―Cuidad de él ―dijo, señalando a Yngvar y poniéndose en pie.
―¿A dónde vas, Alana? ―gritó el padre León.
Ella desoyó su pregunta y caminó hasta la entrada de la celda.
Observó el combate desde su posición, sintiendo cómo algo en su interior cambiaba con brusquedad.
Cruzó varias miradas mientras errantes y vampiros luchaban por sobrevivir.
Todos tenían la misma expresión: habían aceptado que morirían allí.
―No. Este no es el fin.
Como si los Ursu no pudieran verla, caminó hacia el fondo del pasillo, donde el estrépito de la escaramuza era ensordecedor.
Qiloçker le gritó que saliera de allí, pero ella ya no lo oía. Dio un paso más, dobló los codos junto al cuerpo y elevó las manos ligeramente, sin alzarlas por encima de los hombros.
Con una voz grave, ancestral, susurró:
―Deteneos.
El combate se paró en seco.
Los Ursu que corrían hacia ellos quedaron inmóviles en la postura exacta en la que avanzaban, con las espadas en alto y la intención aún marcada en el rostro. No comprendían lo que estaba ocurriendo, solo que sus cuerpos ya no les respondían.
Una gota de sangre quedó suspendida en el aire antes de tocar la piedra. Un alarido quedó abierto en una garganta, congelado en el instante previo al sonido. Y el polvo levantado por las botas permaneció inmóvil en el aire, como si el tiempo se hubiera detenido.
El grupo contempló la escena sin atreverse a respirar. Nadie había presenciado jamás algo semejante.
Lambert, aún con la espada en la mano, dio un paso al frente.
―¡No pueden moverse! ―exclamó, exaltado―. ¡Cortémosles la garganta a todos! ―propuso con dureza.
Alana se volvió hacia él. Su mirada era firme, implacable.
―No. Ya han muerto demasiados.
Sin decir nada más, se abrió paso entre los guerreros inertes hasta localizar a Erke. Estaba junto a Nîga, con el brazo firme alrededor de sus hombros.
―Dime, ¿va a morir por tu culpa? ―La rabia en su voz no era acusación, sino puro dolor.
Una sombra cruzó el rostro del general, tratando de buscar las palabras adecuadas. Sus ojos, oscurecidos por la preocupación, perdieron parte de su dureza, como si en ellos se asomara una petición de perdón que fue incapaz de pronunciar. Sus labios se entreabrieron, pero no llegó a decir nada.
Al otro extremo del corredor, en medio de un silencio antinatural y con los Ursu paralizados a medio gesto, oyó su nombre con una claridad que le hizo olvidar, por un instante, todo lo demás.
―Alana…
La voz provenía del pasillo. Se volvió y el corazón le golpeó el pecho con tal fuerza que la dejó sin aire al verlo de pie en el quicio de la puerta, completamente erguido, sin rastro visible de la ponzoña que minutos antes había teñido de negro su piel.
El errante la miraba con una serenidad distinta, cargada de emoción pero firme, como si hubiera vuelto de un lugar del que es imposible regresar siendo el mismo.
Alana fue hacia él como si llegar hasta su cuerpo fuera lo único que importara.
Yngvar cerró la distancia en un suspiro y la besó con una urgencia feroz, aferrándose a ella como si hubiera vuelto de la muerte solo para encontrarla.
Arrollador, sin medida, el beso arrasó cualquier distancia, como si con él recuperara todo lo que había estado a punto de perder.
No hubo nada más. Ni el padre León, ni los demás, ni las sombras de aquellas mazmorras. Solo ella.
El sacerdote bajó los ojos con respeto, y Thyra hizo lo mismo, seguida por los demás. Nadie quiso interrumpirlos. Bastaba mirarlos para entender lo que significaba aquel reencuentro.
Pero no podían quedarse allí.
―Creí que… ―comenzó ella, incapaz de acabar la frase.
―ÉL te ha escuchado ―respondió Yngvar con una voz aún marcada por lo vivido―. Me ha mostrado el camino de vuelta.
Alana cerró los ojos un instante.
―Gracias… ―susurró, no a él, sino a Quien había intervenido.
Erke se quedó paralizado al verlo salir de la celda.
Durante un momento, su mente se negó a aceptar lo que tenía delante.
Yngvar no solo estaba en pie, sino completamente recuperado, como si la daga de Abbadon no le hubiera atravesado las costillas.
No había rastro visible de la herida ni de la ponzoña que se había extendido bajo su piel, ni del agotamiento que lo había mantenido al borde del colapso.
Aquello era imposible.
―Yngvar… ―pronunció con incredulidad, avanzando hacia él a grandes zancadas.
Se acercó con la intención de abrazarlo, todavía atrapado entre la sorpresa y el alivio de ver que no moriría.
Pero cuando estuvo lo bastante cerca, el errante descargó un puñetazo seco que impactó contra su rostro y lo lanzó hacia atrás con violencia.
El vampiro perdió el equilibrio y habría caído de no ser porque su hermano y Qiloçker reaccionaron a tiempo, sujetándolo por los brazos antes de que se desplomara.
Erke se zafó de ellos con brusquedad, llevándose la mano al labio ensangrentado.
―¿Se puede saber por qué has hecho eso? ―le recriminó, aguantándose las ganas de devolverle el golpe.
―¡Porque eres un traidor! ―gritó Yngvar, avanzando un paso con los puños cerrados―. ¡Estás con Abbadon!
―¡Eso es mentira!
―¿¡Y que me has torturado día y noche también!? ―escupió, con la voz marcada por la rabia―. ¡Desde Inglaterra!
El general sostuvo su mirada sin retroceder, aunque el golpe aún le ardía en el rostro.
―No seas necio. Lo hice todo para mantenerte con vida. Nadie te ha puesto una mano encima en todo el viaje gracias a mí.