Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 29. MIL DÍAS
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29. MIL DÍAS

A  medida que descendían, el aire se volvía más denso y húmedo, cargado de un olor agrio, casi pútrido, que se adhería a la garganta.

Cada tramo era peor que el anterior. Las paredes, sucias y ennegrecidas, estaban salpicadas de restos que nadie se detuvo a identificar.

La piedra parecía sudar, y sus pisadas dejaban huellas húmedas que se mezclaban con lo que ya impregnaba aquel lugar.

De pronto, los cinco Ursu fueron conscientes de que todo a su alrededor les resultaba insoportable.

Incluso el aire y hasta sus propios recuerdos.

Soren y Bahoz guiaban al grupo por los pasillos, obligándolos a detenerse al menor indicio de ruido. Cuando el murmullo de voces bajas llegó desde el siguiente tramo, bastó un gesto para inmovilizarlos y pegarlos a la pared.

Desde allí confirmaron la presencia de cuatro vampiros apostados en la antesala de las mazmorras, distribuidos sin dejar un solo punto ciego. Aquel acceso no podía cruzarse sin un enfrentamiento directo.

Bălan miró a Bahoz y, con un gesto, ocupó su lugar. Él y Soren avanzaron a la vez, acortando la distancia sin alterar el ritmo.

Atacaron juntos, sin dar margen de reacción. Uno cubrió la boca del primer guardia y lo apuñaló; el otro hizo lo mismo con el segundo. Ambos cayeron en silencio. Nîga se lanzó sobre el tercero con una determinación feroz y lo abatió en un solo movimiento. Solo quedaba uno.

Y entonces todo se torció.

Ejder, que iba a encargarse del último guardia, avanzó sin ver el desnivel del suelo y tropezó. Fue apenas un instante, pero aquel golpe seco le dio al cuarto vampiro el tiempo suficiente para vociferar:

―¡Intrusos!

El grito recorrió el corredor, rebotando contra la piedra como las ondas en un estanque tras lanzar una piedra.

Oskar no le dio tiempo a nada más. Se lanzó sobre él y lo remató con violencia, cerrando la distancia en un movimiento brutal que acabó con su vida antes de que pudiera alzar la voz de nuevo, pero el daño ya estaba hecho.

A partir de ese instante, los acontecimientos se precipitaron.

Sin detenerse a valorar las consecuencias, comenzaron a abrir las celdas una tras otra, avanzando cada vez más deprisa por el corredor mientras el eco del grito aún parecía latir en las paredes… hasta que por fin lo encontraron.

Yngvar yacía en el suelo, apenas consciente.

Alana llegó hasta él antes que nadie. Cayó de rodillas a su lado y lo sostuvo entre sus brazos mientras lo llamaba por su nombre en un susurro cargado de desesperación.

Él apenas reaccionó. Sus ojos se abrieron lo justo para intentar enfocar su rostro, pero acabaron cediendo al no conseguirlo.

Angustiada, volvió a pronunciar su nombre.

Yngvar parpadeó repetidas veces e intentó incorporarse, reuniendo las pocas fuerzas que le quedaban.

Trató de avanzar, pero un dolor terrible lo atravesó de lado a lado.

Se llevó las manos al costado y, con un hilo de voz, le pidió que lo dejara en el suelo. No podía respirar.

Ella lo tumbó enseguida con sumo cuidado. Al tocarle la mejilla, lo comprendió al instante: cada respiración le costaba más que la anterior y era más débil, como si la sangre le llenara los pulmones. Su rostro y el cuerpo estaban pálidos. La vida se le escapaba sin remedio.

Con delicadeza, le apartó las manos del costado.

Entonces vio la herida. La piel que la rodeaba estaba ennegrecida.

Líneas oscuras, como rayos que se abren paso en la noche, se extendían desde el punto de la puñalada hacia fuera, dibujando un patrón similar al que Thyra tenía en el muslo cuando la conoció, pero mucho más amplio.

Más agresivo. Parecía avanzar bajo la piel, como algo vivo que no pensaba detenerse.

Alana levantó la mirada hacia la errante. Esta apenas necesitó hablar para confirmar su temor.

―Alana…, acero dojehî .

―Señor, ayúdame ―musitó la inglesa.

Apoyó las manos temblorosas sobre la herida y concentró toda su voluntad en detener aquello que se abría paso dentro de él.

La energía que brotó de sus palmas para extraer el fragmento de la daga provocó una reacción inmediata.

El cuerpo de Yngvar se tensó con violencia mientras el dolor lo atravesaba de nuevo, arrancándole un sonido ahogado que no llegó a convertirse en grito porque Nîga le cubrió la boca a tiempo.

El fragmento salió por fin, pero Yngvar continuaba sin recuperar la consciencia.

―No reacciona ―dijo, volviendo la mirada hacia la princesa―. ¿Qué más puedo hacer, Thyra?

Ella se arrodilló y examinó la herida con mayor detenimiento. La oscuridad no había desaparecido; solo se había detenido.

―Hazlo otra vez. Igual que cuando me sanaste a mí.

Alana apoyó de nuevo las manos sobre la herida y lo intentó con más fuerza.

Nada cambió. La negrura estaba demasiado extendida.

Se sentía el pulso martillearle en los oídos mientras el de Yngvar se debilitaba bajo sus manos. Sin retirarlas, volvió el rostro hacia la puerta.

―¡León!

El padre acudió de inmediato. No necesitó más que mirarla para comprenderlo. Alana aún mantenía las manos sobre la herida, y su rostro, pálido y desencajado, expresaba lo que ella no se atrevía a pronunciar en voz alta: lo estaba perdiendo y no podía impedirlo.

Sacó el vial y, con cuidado de no perder una sola gota, retiró el sello de cera. Miró a la Elegida un instante antes de verter el líquido, azulado y brillante, en los labios de Yngvar.

Alana dejó de respirar. Las Lágrimas de los Ángeles eran el último recurso.

No sabía cuánto tiempo hacía que lo habían herido.

Podían haber sido días o apenas una jornada; lo ignoraba.

Lo único evidente era que aquello no se parecía a lo de Thyra.

Las ramificaciones de la ponzoña estaban mucho más extendidas y casi le rozaban el corazón.

Con las manos aún temblorosas sobre su pecho y la mirada fija en su rostro, rezó en silencio: «No te lo lleves, por favor. Aún debe luchar a mi lado para librar… Lo amo, Dios mío. Lo amo con todas mis fuerzas. Abre los ojos, Yngvar. Ábrelos…».

Sollozó y se dobló sobre sí misma al sentir que sus latidos seguían descendiendo mientras el párroco decía en voz baja:

―Måtte englenes tårer helbrede din kropp og sjel [7] .

Thyra y Nîga sintieron su dolor como propio. La princesa se acercó un poco más y la vampira se arrodilló justo detrás.

―¿Cuánto tardan en hacer efecto? ―preguntó la princesa a León con un tono cortante.

―¡No… no lo sé! Unne me dijo que dependía del daño y… ―se interrumpió; el resto era mejor callarlo.

Alana se inclinó aún más y le susurró al oído:

―Lucha, amor mío. Estoy aquí, a tu lado. Vuelve de las tinieblas, Yngvar…

Continuó inclinada junto a él, con los labios cerca de su oído, susurrándole una y otra vez que no se rindiera, que regresara desde ese límite incierto al que lo había empujado el acero dojehî , mientras el padre León aguardaba, en silencio, a que las Lágrimas terminaran de imponerse sobre la corrupción que aún latía bajo la piel del errante.

Todo había sucedido en un suspiro, pero la espera parecía no tener fin.

Entonces, comenzaron a oírse. Primero, el eco lejano de varios pasos acelerados. Después, el choque del acero. Oskar fue el primero en reaccionar, girándose hacia el pasillo con la espada en alto.

―¡Preparaos!

No hubo tiempo para más advertencias. Una decena de vampiros irrumpió en las mazmorras con ferocidad, desbordando la entrada en una oleada que buscaba aplastar cualquier oposición.

El joven Isaksen se lanzó contra el primero, interceptándolo antes de que alcanzara la celda; Bêwestan abatió a otro con un tajo limpio; Qiloçker y Soren avanzaron juntos hacia dos más, coordinándose sin necesidad de palabra; Bahoz y Ejder contuvieron a otros tantos en el flanco contrario, mientras Annikan, Seren y Bălan sostenían la línea central con una determinación brutal.

Aina y Lambert degollaron a tres que intentaban rodearlos, Linnae y Kjarr cerraron el acceso lateral, y las patrullas Parêzvanan se sumaron al

enfrentamiento sin lograr contener del todo la avalancha, porque por cada cuerpo que caía, otro ocupaba su lugar, y la impresión inicial de estar ante

una decena pronto se desdibujó ante la evidencia de que aquello era solo el primer embate de algo mucho mayor.

El pasillo se convirtió en un torbellino de acero, sangre y gritos que se mezclaban con el eco de los pasos que seguían descendiendo, mientras la celda, donde Yngvar permanecía tendido entre la vida y la muerte, parecía un punto frágil en medio de una tormenta que no hacía más que intensificarse.

Entre el estrépito, comenzaron a oír voces que no lograban descifrar, porque el choque de las espadas y los impactos contra la piedra ahogaban cualquier palabra.

Fue entonces cuando Oskar, de espaldas a la entrada tras abatir a un atacante, quedó expuesto sin advertirlo.

Bălan gritó su nombre para alertarlo, pero el estruendo devoró casi por completo su voz.

El enorme Ursu que se abalanzaba sobre él ya había alzado el arma para asestar el golpe final cuando una hoja atravesó su torso desde atrás con tal fuerza que el impulso quedó interrumpido en seco y, en el mismo movimiento, aquella espada ascendió para cercenarle la cabeza antes de que su cuerpo tocara el suelo.

Erke retiró la hoja sin decir una sola palabra, con la muerte reflejada en los ojos.

El grupo lo reconoció al mismo tiempo, y el desconcierto se extendió entre ellos.

En la visión de Asvoria estaba del lado de Abbadon.

Sin embargo, lo que tenían ante sí no encajaba con aquella imagen que tanto habían discutido.

―No hay tiempo ―susurró, adentrándose en el corredor para que solo ellos lo oyeran―. La alarma ha corrido por todo el castillo. Abbadon se ha encerrado en el salón del trono con su guardia de reserva. Hay cerca de doscientos Ursu aquí dentro, y vienen hacia nosotros.