28. TISZAVÁR #2
―Si te clavo una lanza en el costado, ¿morirás...
o volverá a la vida? ¿No fue eso lo que hizo el carpintero?
¡Resucitar al tercer día! ―soltó con ironía, carcajeándose―.
¿Lo harás si te parto en dos? ¿Eh, errante?
Si meto lo que quede de ti en un agujero y coloco una rodada en tu sepulcro, ¿la moverás con tus manos y saldrás caminando?
―dijo, riendo con una intensidad casi febril, clavando los ojos en Yngvar.
Él no respondió. Respiraba con dificultad, pero no le dio la satisfacción de decir una sola palabra.
―Reconócelo ―insistió Abbadon―. Mentiste, y lo entiendo. Dijiste lo que tenías que decir para salvar a los tuyos. Pero solo eres un errante más, ¿verdad? Eso es todo lo que eres.
Erke lo azotó de nuevo, esta vez con más fuerza.
El grito que se le escapó retumbó por cada grieta, en la piel de cada vampiro que miraba con placer cómo lo destrozaban.
Pero Yngvar no cedió. Durante unos instantes, perdió la consciencia y voló junto a Alana.
Aquello fue suficiente incentivo para aguantar un poco más.
Debía resistir un día más. Darles tiempo para que lo encontraran.
El problema era que no tenía idea de cómo iba a hacerlo, porque el líder Ursu no le daba tregua… ni Erke tampoco.
Abbadon inclinó ligeramente la cabeza, observándolo con mayor atención.
―La mayoría de los reos ya se habría doblegado ―añadió con calma―. Suplicaría… Hasta se arrastraría si con ello lograra detener esto.
El látigo volvió a caer.
―Pero tú sigues empecinado en no ceder.
Yngvar alzó la cabeza lo justo para mirarlo por encima del hombro, a través del brazo que lo mantenía en tensión, y una leve curvatura en la comisura de sus labios borró por un instante la imagen de sometimiento. No era un desafío abierto. Era una provocación medida.
Abbadon seguía observándolo sin parpadear.
―Curioso…
Se recostó apenas en el trono, pensativo. Erke descargó otro golpe.
La piel volvió a ceder y la sangre salpicó el rostro del general.
―Ni siquiera mis vampiros habrían podido soportar ni la mitad de lo que llevas a tus espaldas ―rio con fuerza por su elección de palabras―. Sí, ya habrían hablado… o se habrían roto intentando hacerlo.
Con parsimonia, se inclinó de nuevo hacia delante.
―Pero tú no ―reflexionó una vez más, despacio, y la duda cruzó su expresión―. Quizá sí haya algo en ti…
El silencio se volvió insoportable, hasta tensar los nervios del Ursu.
Erke descargó otro latigazo, pero el joven Knutsen no reaccionó.
Aquello fue demasiado.
Abbadon se puso en pie. El movimiento fue brusco, casi antinatural.
Al instante siguiente, ya estaba frente a él, acortando la distancia con una velocidad que no dejaba margen para anticiparse. Se inclinó hasta rozarle el oído.
―Si Él está en ti, ha llegado el momento de demostrarlo.
Yngvar no advirtió la daga en su mano hasta que la hundió entre sus costillas con una violencia seca, atravesando la carne y astillando el hueso.
El efecto fue inmediato: su cuerpo se tensó de forma brutal mientras un dolor intensísimo lo atravesaba desde dentro, muy distinto a todo lo que había sentido antes.
Era un ardor más profundo, más invasivo, como si algo en él hubiera sido arrancado de un letargo cuya existencia ignoraba.
El sonido que emergió de su garganta no fue un grito limpio, sino un eco antiguo, como si en su interior algo primigenio hubiera abierto los ojos.
El general no lo había visto venir. No cambió la expresión; solo afianzó los pies en el suelo.
Apretó la mandíbula y clavó la mirada en Abbadon.
Había reconocido aquel acero al instante.
La hoja no era una más entre las Ursu: era el infierno templado por la propia mano de Mørket en los albores del mundo.
Nada sobrevivía a su filo. Ni siquiera un errante.
Su líder subió los párpados y lo enfocó para ver su reacción. Erke elevó una comisura lo justo para dejar al descubierto la punta de un colmillo. El labio se le tensó en un gesto difícil de descifrar.
Complacido por su reacción, Abbadon retiró la daga con la misma firmeza con la que la había hundido. Un fragmento diminuto quedó alojado en la herida. Al instante, una negrura muy fina comenzó a extenderse desde el corte, avanzando bajo la piel como una llama que lamía la carne con furia sigilosa.
Yngvar se desplomó. Las gruesas cadenas lo sostuvieron, pero sus muñecas cedieron bajo su propio peso y las laceraciones se abrieron. Su respiración se rompió en intentos, errática, insuficiente, pero no cedió al dolor y se mantuvo en silencio.
Abbadon lo observó unos segundos, satisfecho.
―Acabarás cediendo.
Lo agarró del cabello y tiró de su cabeza hacia atrás. Después, la soltó sin miramientos. Se puso en pie y miró a Erke.
―Llévatelo. Mañana continuaremos.
El general sostuvo el látigo un instante más antes de dejarlo caer. Su expresión no cambió, pero su mirada se detuvo en el errante un instante más de lo necesario, demasiado tiempo, antes de girarse hacia los dos vampiros más cercanos.
―Desatadlo.
Ellos obedecieron, soltando las ataduras lo justo para sostener su peso y arrastrarlo fuera de la sala. Cuando estaban a punto de salir, Erke se detuvo y volvió ligeramente la cabeza hacia Abbadon.
―Seguiré un poco más. Quizá consiga que hable.
Abbadon asintió y abandonó el salón. El errante había dejado de interesarle; otras distracciones más placenteras reclamaban su atención.
La noche se había cerrado por completo cuando el grupo alcanzó la linde desde la que Tiszavár se alzaba, oscura y compacta, dominando la colina sobre la que se asentaba.
Bastaba contemplar sus muros para comprender que el castillo no había sido concebido para albergar vida, sino para someterla…
o arrebatarla. En ese silencio previo al avance, mientras el bosque aún les ofrecía cierta protección, ninguno necesitó ponerlo en palabras: una vez cruzaran sus puertas, no habría margen para el error.
Ursu y Drăgoi aún eran incapaces de asimilar todo lo que Alana les había revelado sobre sus visiones y aquellas que habían guiado a Eirik y los errantes durante años. Sin embargo, dejaron a un lado sus dudas: debían concentrarse en el rescate.
Durante el resto de la jornada, los Ursu le expusieron a Alana cada uno de los accesos posibles, repasando con precisión las rutas que todavía se mantenían operativas tras las últimas reestructuraciones del castillo, señalando puntos ciegos, pasadizos en desuso y recorridos internos que permitían moverse sin atravesar las zonas más vigiladas.
Aunque Bălan conocía bien Tiszavár, fue él mismo quien reconoció que esos cambios lo dejaban en desventaja frente a quienes habían permanecido allí más tiempo, de modo que la estrategia se apoyó en ellos.
Entrarían por el flanco norte. Allí, oculto entre los muros de piedra y casi imposible de distinguir para quien ignorara su existencia, se abría un paso de servicio que permitía internarse en el castillo sin cruzar el patio de armas, evitando la vigilancia de los accesos visibles.
Aquel primer tramo les ofrecía una ventaja clara, pero ninguno se engañaba.
Las mazmorras, situadas en el nivel más bajo, solo contaban con un acceso: una única entrada y salida.
Eso significaba que, una vez entraran allí, tendrían que eliminar sin hacer ruido a cualquier vampiro que se cruzara en su camino…
o corrían el riesgo de que dieran la voz de alarma, y entonces sí estarían en graves problemas.
Aun así, no cambiaron el plan. No porque fuera perfecto, sino porque no existía alternativa que no implicara un coste aún mayor, y en ese equilibrio precario entre lo posible y lo necesario, la prioridad se impuso con una claridad absoluta: primero Yngvar y después Erke.
Alana escuchó cada detalle con atención, obligándose a asimilar un plan que, para ella, rozaba lo temerario. Su falta de experiencia era evidente, y lo sabía, pero también comprendía algo mucho más simple y peligroso: aquello no admitía improvisaciones.
No rebatió ninguna de las indicaciones de los Ursu.
No porque no tuviera dudas, sino porque todos habían asentido al plan.
Y eso le bastó para confiar. Cuando finalmente inclinó la cabeza, lo hizo consciente de que cualquier error los llevaría a la muerte.
Apartó ese pensamiento y dio la orden de avanzar.
Descendieron desde la protección del bosque hasta la base del muro norte, donde la oscuridad se volvía más densa.
Fue allí donde Soren encontró la abertura oculta.
Apartó la vegetación con firmeza, revelando una estrecha entrada.
Aquel pasillo los obligaba a avanzar con lentitud, pero reducía el riesgo de ser detectados.
Tras recorrer aquella galería angustiosa, se toparon con otro corredor aún más angosto.
Se vieron obligados a avanzar de lado, con el cuerpo pegado a la pared.
El silencio se volvió absoluto mientras la luz se extinguía casi por completo, obligándolos a confiar en la memoria y la precisión de Soren, que iba en cabeza.
Al salir, la certeza de que no había vuelta atrás se impuso: estaban dentro.
No se detuvieron ni volvieron la vista atrás. El vampiro les indicó que, a partir de ese punto, descendían directamente hacia las entrañas de Tiszavár.
Alana asintió para que continuara y, en silencio, rogó que Yngvar siguiera con vida.