28. TISZAVÁR
L a segunda noche acamparon en un claro discreto, lo bastante apartado del camino como para pasar desapercibidos.
El fuego crepitaba bajo la pieza que estaban asando, y el grupo, aunque exhausto, aprovechó aquel breve respiro para llevar algo caliente al cuerpo.
Pese a su naturaleza, el cansancio había terminado por asentarse en todos como una capa más de piel.
Los vampiros se habían marchado de caza al pueblo que acababan de dejar atrás. Necesitaban reunir fuerzas para afrontar lo que les esperaba, y con la sangre de los animales del bosque no bastaría.
Poco después, regresaron al campamento. Bălan, sin pedir permiso, se sentó junto a Asvoria. Ella, al verlo tenderle la mano, cambió de posición el cuenco que sostenía para tomar la suya.
Sin más, se quedó inmóvil. Fue un gesto brusco, como si algo la hubiera detenido desde dentro. Sus ojos se vaciaron de toda expresión, volviéndose blancos, ausentes. De pronto, se puso en pie. El cuenco resbaló de sus dedos y cayó al suelo con un golpe seco.
―¡Asvoria! ―murmuró Bălan, levantándose de inmediato.
La princesa, pese a la oscuridad que la envolvía, habría jurado que los muros respiraban, como si algo en su interior les hubiera insuflado vida. Sin duda, quien la dominaba creía tener el mundo en sus manos.
De pronto, sintió cómo su piel se helaba al percibir su aliento extendiéndose a su alrededor.
Avanzó sin sentir el peso de sus pasos. Cruzó un portón abierto y descendió por pasillos estrechos donde el aire se volvía más denso, más húmedo.
Las paredes rezumaban un olor agrio, antiguo.
Impulsada por una fuerza que no podía controlar, bajó por una escalera de piedra que se perdía en la penumbra.
Entonces, oyó el golpe.
Seco. Brutal.
Otro más.
El sonido del látigo desgarrando la carne la hizo encogerse sobre sí misma.
Las mazmorras se abrieron ante ella. Hierro, sombras y un silencio roto solo por el eco de unos lamentos que le partieron el alma. Acto seguido, fue arrastrada hacia el interior de la celda como si el viento la hubiera convertido en humo.
Allí vio a Yngvar encadenado, suspendido por los brazos, el torso desnudo cubierto de sangre. Cada latigazo abría su piel con una precisión insoportable.
Erke, rodeado de otros Ursu que lo jaleaban, sostenía un flagelo de cuerdas rematadas con púas de metal que brillaban a la luz del fuego. Descargaba los golpes sobre Yngvar sin prisa, como quien cumple una tarea que no le pesa en absoluto.
―Habla… ―ordenó en voz baja.
Yngvar gritó de nuevo. Un grito hosco, deshecho, arrancado de lo más profundo de su pecho. Asvoria quiso avanzar, detenerlo, pronunciar su nombre, pero no pudo.
El siguiente golpe le hizo arquear el cuerpo con tanta violencia que los huesos de la espalda crujieron bajo aquella postura imposible. Su voz se quebró en un alarido que resonó en las paredes de piedra.
En ese instante, la visión acabó de forma abrupta.
El fuego volvió. El frío. El peso del cuerpo. La princesa cayó antes de recuperar el control.
―¡Asvoria! ―gritó Bălan, sujetándola con una rapidez antinatural antes de que su cabeza golpeara el suelo.
Alana fue la primera en llegar a su lado, seguida de Thyra y Nîga. Oskar y el padre León se acercaron a toda prisa, mientras los demás permanecieron de pie, tensos, sin comprender qué estaba ocurriendo.
Soren frunció el ceño y buscó a Nessa con la mirada. Bahoz y Ejder intercambiaron gestos de sorpresa. Qiloçker y Bêwestan no se movieron, ajenos a lo que sucedía. Los demás se mantuvieron en su sitio, a la espera.
―Acaba de tener una visión ―dijo Seren a modo de explicación.
Los dos Drăgoi y los Ursu se volvieron hacia ella con los ojos llenos de preguntas. Ella les hizo un gesto con la mano, indicándoles que más tarde les explicaría de qué se trataba.
Asvoria abrió los ojos de golpe, respirando de forma entrecortada, como si hubiera regresado del mismo infierno. Tardó un instante en enfocar a Alana antes de romper a llorar.
―¡Está vivo! ―susurró entre sollozos, con la voz rota―. Sigue vivo ―repitió, ahogada―, pero no por mucho tiempo.
Durante unos instantes, nadie fue capaz de decir nada.
La errante se obligó a respirar hondo antes de continuar. Las palabras le salían entrecortadas, pero logró relatar lo que había visto: la fortaleza, las mazmorras, a Erke descargando el látigo sin piedad y a Yngvar, al límite, resistiendo cada golpe.
La Elegida sintió que las fuerzas la abandonaban. Perdió el equilibrio, pero el padre León la sostuvo antes de que cayera. Con un gesto de la mano, le indicó que la dejara sentarse.
La princesa se arrodilló junto a ella.
―Debéis manteneros firmes, Alana ―dijo en voz baja, apretándole las manos―. Ahora más que nunca.
―¿No creerás lo que ha dicho sobre Erke, verdad? ―soltó Nîga, fuera de sí, negando con la cabeza.
Pese a sus palabras, su voz no sonó firme. Había en ella un resquicio de duda, una resistencia que nacía del miedo a que pudiera ser cierto.
―Las visiones no mienten ―respondió la inglesa con pesar.
―Pero Erke… No. Erke no haría algo así ―insistió la Drăgoi.
Asvoria, con la tez aún pálida, negó lentamente.
―He dicho lo que he visto.
Ella negó de nuevo, frotándose las manos con inquietud.
―Aun así, no lo conoces.
―Nîga, yo tampoco podía creer muchas cosas… hasta que se me mostraron ―replicó Alana.
La vampira dio un paso atrás, como si aquellas palabras la hubieran abofeteado.
―Te equivocas… ―insistió con un hilo de voz.
―No ―dijo Asvoria con firmeza―. Soy una Ragnarsson.
He estado junto a mi padre cuando ha revelado sus últimas visiones a Alana, y tú también estabas allí.
Conoces nuestro don, Nîga ―pensó en Thorkell y se corrigió―, o al menos el que muchos de los míos poseen.
Puedes decidir no creerme, pero eso no va a cambiar lo que está pasando.
El dolor que compartían tomó forma en ese silencio.
La Drăgoi apretó los labios, aferrándose a la imagen que tenía de Erke como si fuera lo único sólido que le quedaba. No podía haberla engañado de nuevo. Era imposible.
―Si no llegamos a tiempo ―continuó Asvoria, sin apartar la vista de la vampira―, Yngvar morirá.
―Nîga… ―musitó Alana, destrozada.
Ella asintió y se borró con rabia una lágrima rosada de la mejilla.
La joven inglesa bajó los hombros e inspiró profundamente. Después, echó a andar para obligarse a ordenar sus pensamientos.
―Partimos ahora ―dijo con decisión―. Dormiremos por turnos. Nos quedan dos días…, pero no sé si él los tiene.
Aunque tanto los guerreros Ursu como los Drăgoi deseaban saber de qué demonios hablaban acerca de aquellas visiones, ninguno cuestionó la orden. Ni siquiera Nîga.
Las palabras de Asvoria habían borrado cualquier duda. Bastaba con mirar el rostro de Alana para comprender que el tiempo se les había agotado y que, si querían encontrar a Yngvar con vida, tendrían que exigirse más de lo que sus fuerzas podían dar.
Apagaron el fuego y recogieron lo imprescindible. Poco después, el claro quedó vacío y reanudaron la marcha sin mirar atrás.
Mientras la noche avanzaba y la oscuridad los envolvía, la mente de Alana repetía una sola súplica que, a cada paso, la desgarraba un poco más por dentro: «Aguanta, Yngvar. Aguanta, amor mío».
El gran salón del castillo Tiszavár estaba totalmente en silencio.
La expectación lo llenaba todo con una densidad que hacía innecesario cualquier ruido superfluo.
Abbadon permanecía en su trono, inmóvil, con la mirada fija en el acceso por el que, instantes después, arrastraron a Yngvar desde las mazmorras.
El errante apenas se sostenía en pie. No caminaba; lo llevaban sujeto por debajo de los brazos, tirando de él. Cuando lo soltaron frente a las columnas, su cuerpo cedió y cayó de rodillas. No intentó incorporarse.
―¿Continúa sin hablar? ―preguntó el líder Ursu al general.
―Ni una palabra. ―Erke acompañó su respuesta con un gesto de negación.
―Admirable ―ironizó―. Atadlo.
La orden se ejecutó de inmediato. Una vez más, las cadenas se tensaron alrededor de sus muñecas y lo alzaron hasta dejarlo suspendido, obligándolo a arquear la espalda y a exponer una piel ya abierta en múltiples puntos.
Por su naturaleza errante, podía recuperarse mucho más rápido que un humano, pero su aguante estaba llegando al límite.
Era cierto que cada día, milagrosamente, sanaba, pero hacía ya varias jornadas que no le concedían descanso: el vampiro lo castigaba con dureza hasta que se hartaba.
De hecho, Erke acababa de azotarlo en la celda, pero Abbadon había exigido que lo condujeran al gran salón para disfrutar viendo cómo se retorcía bajo los golpes de su mano derecha.
El general miró a su amo y sonrió. Después, tomó el látigo entre sus dedos y los ajustó al mango de cuero desgastado.
El primer golpe solo fue el preludio de lo que estaba por venir. El segundo abrió la piel con una exactitud demencial. El tercero encontró carne ya castigada y la profundizó. Mantuvo el ritmo sin acelerar, descargando cada latigazo con una cadencia que convertía la espera en parte del tormento.
Abbadon observaba la tortura con los ojos entornados, sintiendo cómo la excitación crecía en su interior.
Pronto detendría aquella escena para regresar a sus aposentos.
Poco antes le habían llevado a dos muchachas, raptadas aquella misma mañana.
Eran exquisitas, pero estaba demasiado saciado como para disfrutar de lo que pretendía hacerles.
Tomó la decisión de quién ocuparía el primer lugar en su lecho y echó el cuerpo hacia adelante, observando cómo sangre oscura brotaba de las terribles heridas del errante.
―Cede ya y dime qué te hace diferente ―dijo al fin, perdiendo la paciencia―. ¿Por qué mi padre cree que eres como un dios?
Otro golpe.
―¿El Elegido? ―prosiguió―. ¿De verdad pretendes que crea que llevas en las venas la sangre de… Jesús?
El látigo volvió a caer.
―No, no lo eres ―dijo, recreándose en cada palabra―. Si fuera cierto, ya te habrías liberado.
Se pasó la lengua por los colmillos, sopesando qué hacer con él.