Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 27. NO PUEDO AYUDARTE #3
87%

27. NO PUEDO AYUDARTE #3

Los Neacșu, tras lo que acababan de experimentar, también guardaron silencio, atentos a la decisión de su líder.

―Justamente por eso no quiero participar.

―Se tomó su tiempo antes de seguir―. Puede que Helmet, Gunnar y Dorek hayan firmado ese pacto.

Incluso esa Søsterskap de la que me has hablado, con Bălan al frente ―se le escapó una risa incrédula―, pero yo no.

Ni mis vampiros tampoco. Estamos cansados de luchar, de matar y de temer a la muerte.

Quiero ser libre, aunque sea una sola vez en mi existencia, antes de desaparecer.

Nadie de los presentes había imaginado que ambos grupos estuvieran unidos por algo tan profundo. La revelación los había dejado a todos en un estado semejante al de la Elegida cuando tocó a Xerab. Sin capacidad de reacción.

Él guardó silencio hasta que, con una serenidad sombría, añadió:

―Jamás diré una sola palabra sobre este encuentro. Nadie sabrá dónde he estado ni a quién he visto, pero no iré a la guerra por vos ni por nadie.

―¿Ni siquiera por ÉL? ―insistió ella, como último recurso.

―ÉL me abandonó hace mucho. Casi mil años.

Alana asintió, decepcionada. Esperó una revelación; algo que la ayudara a retenerlo, pero nada llegó.

Miró a los suyos. Sus rostros eran la viva imagen del cansancio y la indignación.

Aquello los había retrasado durante días en vano.

Por último, echó la cabeza hacia atrás y pidió ayuda para intentar convencerlo.

Nada. Silencio.

Pestañeó, incapaz de creer que todo cuanto habían hecho no había servido, pero no intentó presionar más al vampiro.

―Está bien.

Al ver cómo se ensombrecían sus facciones, Xerab sintió un malestar en las entrañas y acabó revelando algo crucial.

―Quiero que sepáis que, antes de sellar mi libertad con mi padre ―añadió, relatando brevemente lo ocurrido―, me exigió que fuera a las tierras del norte y levantara un ejército de diez mil hombres. Por supuesto, me negué.

Alana respiró hondo, conteniéndose.

―Gracias por decírmelo. Me alegro de haberte conocido, Xerab ―dijo, curvando apenas los labios―, aunque no entiendo por qué ÉL me ha llevado hasta ti si, incluso sabiendo la verdad, te has negado a luchar con nosotros.

Por desgracia, esto nos ha retrasado más de una semana en la búsqueda de Abbadon.

Xerab dejó escapar una risa amarga.

―¿Por qué? Mi hermano es un loco, pero también previsible.

Si de verdad perdió la batalla con Helmet, cosa que me entusiasma más de lo que puedo expresar, habrá ido a Brujas en busca de Veltran y Traian, como un cobarde.

Y, si no ha logrado lo que quería, habrá regresado a su castillo para lamerse las heridas e intentar algún plan desesperado con el que vengarse de Helmet.

Abbadon no ve más allá de sus narices. Es un pésimo estratega, para eso tiene a Rău.

Tras escuchar aquello, ella le contó brevemente lo ocurrido en el bosque, cuando los errantes se vieron obligados a ceder y Abbadon se llevó a Yngvar y a Erke.

Xerab no dudó en compartir lo que pensaba.

―Entonces se habrá llevado al errante a su castillo. Si Yngvar mintió para proteger a los suyos, Abbadon querrá arrancarle la verdad de la forma más dolorosa que puedas imaginar. Seguramente, ya lo estará torturando. Sobre todo si cree que es el Elegido.

Alana cerró los ojos con fuerza y luego asintió.

―Gracias por tu sinceridad ―respondió con un hilo de voz.

―Un placer ―soltó sin más, ignorando el daño que habían causado sus palabras―. Por lo que veo, no necesito mostrarte en un mapa el camino hacia Tiszavár; llevas suficientes Ursu para guiarte ―añadió, con un tono más cercano.

―Desde luego ―respondió ella.

Antes de marcharse, Alana le hizo una última oferta.

―Si cambias de opinión, en Richborough siempre habrá uno de los nuestros esperando tu respuesta. Solo tendrás que decir mi nombre.

Xerab inclinó la cabeza.

―Te lo agradezco. Pero no.

No era rechazo hacia ella. Era cansancio. Un cansancio tan antiguo que ya parecía formar parte de sí.

Alana, agotada, se despidió de él y de los suyos, y pidió a los demás que reanudaran la marcha. Partirían sin demora hacia Tiszavár. Los Neacșu no habían intervenido en la conversación. Poco más cabía decir, aunque en varios de ellos seguía latiendo el desconcierto por lo recién revelado.

Cuando el grupo salió de la taberna, Xerab volvió la mirada hacia Khalûn. El vampiro seguía conmovido por lo que la joven inglesa le había revelado.

―Mmm… Tengo la sensación de que no hemos tomado la decisión correcta ―murmuró el general al fin.

―Amigo mío, ya hemos luchado bastante. Y ahora, después de lo que he averiguado, deseo volver a Venecia más que nunca.

Khalûn asintió; no podía negar la verdad de esas palabras. Xerab miró a los suyos y preguntó:

―Neacșu, ¿qué decís? ¿Venecia o guerra?

―¡Venecia, señor! ―respondieron todos al unísono.

Su líder mostró una sonrisa amplia y sincera, pero, en lo más hondo de su corazón recién despertado, supo que, por mucho que lo intentara, aquella no sería la última vez que pensaría en la muchacha que había devuelto a los Neacșu sus recuerdos y, a él mismo, su verdadera familia.