Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 27. NO PUEDO AYUDARTE #2
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27. NO PUEDO AYUDARTE #2

El líder Neacșu dudó un instante. Aquella cortesía no encajaba con la urgencia que advertía en ella.

Pero, al final, le tomó la mano. En cuanto la piel de ambos entró en contacto, el mundo se abrió ante ellos, como si una tormenta se hubiera desatado en su interior.

No fue una visión como las que Alana había tenido hasta entonces.

Fue una revelación compartida, parecida a la que Nîga había experimentado con Helmet.

Aquel golpe de realidad los atravesó con la misma violencia.

Ella contempló a un joven romano cubierto de sangre y polvo, valiente hasta la imprudencia, desaparecer en combate.

Vio después a Raisa, Tiberius, una casa rota por la ausencia, Annia encinta, esperando sin saber que su hermano no volvería.

Y también aquello que Mørket había hecho: al encontrar a aquel soldado en el campo, admirado por su arrojo, ignoró por completo su rango y lo convirtió únicamente por su valor y belleza.

Xerab vio todo eso al mismo tiempo. Cuando soltó la mano de Alana, retrocedió como si lo hubieran herido con un hierro al rojo vivo.

Inspiró, aunque no lo necesitaba, y el aire le resultó áspero, desagradable.

Durante un instante quiso negar cuanto acababa de atravesarlo.

Quiso llamar mentira a aquella avalancha de recuerdos, apartarla de sí, cerrarle la puerta.

Pero, en lo más hondo de su ser, supo que eran verdad.

El descubrimiento lo golpeó con la brusquedad de un mazazo.

No era hijo de Mørket. Era Druso Draco, general de Roma.

Hijo de Raisa y Tiberius Draco. Hermano de Annia, la segunda Elegida.

El mundo se desdibujó a su alrededor y solo quedaron aquellos rostros que llevaba grabados en la memoria, sus nombres, su hermana encinta cuando él desapareció.

Y una vida entera perdida bajo el peso de una mentira ajena.

El revuelo entre los Neacșu fue inmediato. Habían visto la reacción de su líder, la forma en que se había apartado, el leve temblor de sus manos. Varios dieron un paso al frente, espada en mano.

―¿Qué le has hecho? ―espetó uno de sus vampiros, con los ojos inyectados en sangre.

―¡Bruja! ―murmuró otro.

Alana no se defendió. Estaba demasiado afectada por la revelación; comprender quién era Xerab y qué la unía a él la había dejado incapaz de reaccionar.

―No soy una bruja ―dijo al fin, mirándolos uno a uno, con los ojos anegados de lágrimas―. Soy la Elegida. Llevo la sangre de Cristo en mis venas… y también la de Mørket.

Aquellas palabras no hicieron sino empeorar las cosas.

Los Neacșu protestaron. La mención de Dios unida al nombre del Príncipe de la Oscuridad, en labios de una muchacha, les resultó blasfema e imposible de aceptar.

―Poseo el don de la revelación ―añadió ella, con una voz profunda, muy distinta a la suya―.

Aquel a quien toco contempla su pasado o lo recuerda por entero.

Ya os lo he dicho: soy la Elegida, y he venido para derrotar a Mørket en la última guerra que sellará su fin.

Eirik, Helmet, Gunnar, Dorek y la Søsterskap os necesitan.

―¿Una guerra contra mi padre? ―preguntó, contrariado―. ¿Y qué demonios es la Søsterskap?

Alana condensó la historia de la conversión de Bălan en Eierløs y de la deserción de aquellos vampiros, skyggene y tvillinger para unirse en un solo bando, libre de ataduras y sin dueño. También explicó que todos ellos se sumarían a los cuatro ejércitos para marchar a la batalla.

El padre León carraspeó. Al instante, Thyra se volvió hacia él con el rostro demudado.

No entendía por qué Alana le revelaba su plan sin guardarse nada.

Los demás intercambiaron miradas. Antes de llegar a Zagreb, ella ya les había advertido que, por mucho que no comprendieran su forma de proceder, no debían intervenir en aquella conversación.

Y eso era precisamente lo que estaba ocurriendo.

A muchos les costó contenerse para no detener aquella locura que los exponía sin reservas ante el peor hijo de Mørket.

Mientras tanto, el general Neacșu, que llevaba un rato observando a quien hasta hacía poco había sido su amo, empezó a temer que aquella muchacha, con su historia enrevesada, lo estuviera convenciendo de algo imposible. Incapaz de seguir escuchándola, habló con un marcado tono de preocupación:

―Xerab, ¿no me digas que le has creído una sola palabra?

―Empiezo a hacerlo ―replicó su líder, tratando de comprender por qué había cambiado de parecer―. Me ha mostrado que no fui creado por quien creía mi padre, sino convertido en vampiro por él. Una vez fui humano. Soy… su antepasado ―añadió, aún incrédulo.

―¡Te ha embrujado, Xerab! ―gritó el general.

―No, no lo creo.

―¿Ah, no? ―replicó furioso, avanzando hacia Alana. Alargó el brazo y le tendió el brazo―. Dime cómo se llamaba mi madre y te creeré.

Alana lo miró con una calma que no ocultaba el cansancio que sentía.

―Dame la mano.

Khalûn vaciló un instante, pero acabó haciéndolo.

El vampiro sintió cómo un calor inmenso lo recorría de abajo arriba.

La revelación lo golpeó de frente. Alana pronunció el nombre de su madre, Edûlê.

Le habló de la casa donde había crecido, del nombre de su padre, Dîyar, y de sus dos hermanas pequeñas, Sarezh y Heshu.

También de un río junto al que jugaban en verano, donde dio su primer beso a una muchacha llamada Jiyan.

Las palabras brotaban de sus labios al mismo tiempo que las imágenes lo atravesaban.

Khalûn quedó inmóvil, con una expresión de absoluto desconcierto.

Entonces, la gracia de ÉL se extendió más allá de aquel contacto.

Uno tras otro, los Neacșu comenzaron a sentir cómo su memoria se abría paso en zonas de sí mismos que creían muertas.

Los nombres que habían perdido, los rostros de sus familiares, los acentos de su infancia, la Verdad de su sangre…

Todo regresó con una fuerza imparable. Muchos se llevaron las manos al rostro y, sobrecogidos, se secaron las lágrimas rosadas que humedecían sus mejillas.

Xerab, impresionado por lo que estaba ocurriendo con sus guerreros, alzó de nuevo la vista hacia Alana. De pronto lo comprendió. Ya no era una desconocida, sino sangre de su sangre, lejana hasta lo inimaginable y, sin embargo, unida a él de un modo que no podía deshacer.

Aun así, cuando por fin recuperó el dominio de su voz, lo primero que dijo fue:

―No puedo ayudarte.

La joven inglesa vaciló un instante, profundamente afectada por su respuesta.

―Somos familia. Y llevas considerando a Helmet tu hermano desde hace casi mil años. No digas que no puedes ayudarme.

Ninguno de los suyos se atrevió a intervenir, ni siquiera Thyra o Nîga, pese a que lo estaban deseando. Aquella conversación se había convertido en algo demasiado personal, y justo por ese motivo no les pareció correcto interrumpirlos.