27. NO PUEDO AYUDARTE
A l amanecer, el grupo abandonó la laguna sin permitirse una sola mirada atrás, dejando los muelles, el agua traicionera y la belleza engañosa de aquella ciudad alzada sobre el mar.
La noche anterior había sido demasiado breve incluso para ellos, acostumbrados a sostenerse con poco descanso.
Aun así, nadie se atrevió a sugerir que demoraran la partida.
La visión había sido clara: Xerab se dirigía a Zagreb.
Cuanto antes alcanzaran aquella ciudad, antes podrían retomar la senda que habría de conducirlos hasta el maldito Abbadon, que retenía a Yngvar y a Erke.
Durante ocho días atravesaron caminos y bosques sin apartarse apenas del rumbo que Alana iba marcando con una seguridad que a ratos la asombraba incluso a ella misma.
Cada cierto tiempo, le consultaba a Bălan, pero él le confirmaba una y otra vez que seguía el camino correcto sin desviarse ni un solo palmo.
El exgeneral Ursu le preguntó en varias ocasiones cómo era posible.
Ella se limitaba a responder que, en mitad del silencio de la marcha, sentía una fuerza serena, inmensa, que la sostenía y guiaba.
No era capaz de explicarlo. Solo tenía la certeza de que, mientras la siguiera, no erraría.
A muchas jornadas de allí, Xerab había tomado una decisión que sorprendió a los suyos más que ninguna otra desde que se marcharon de Piatra Morții.
Cuando el amanecer empezó a clarear sobre el camino, les anunció que se detendrían en Zagreb antes de alcanzar Venecia.
Por primera vez en siglos, podían moverse a su antojo.
La idea resultaba tan ajena que ninguno terminaba de creerla posible y, sin embargo, era exactamente lo que iban a hacer.
Los dos grupos avanzaron hacia la misma ciudad con fines muy distintos.
Alana perseguía al enemigo que había secuestrado a quien amaba, mientras Xerab dejaba atrás, por fin, una vida que ahora sentía ajena y la obediencia a unas órdenes que lo habían vaciado por dentro.
Ninguno sabía que el camino de ambos estaba a punto de cruzarse.
Al rozar el mediodía, Alana enfiló con decisión una de las calles del mercado, con Thyra y Nîga muy cerca, seguidas por el resto.
La ciudad hervía con el bullicio propio de la jornada.
Los puestos se apretaban unos contra otros, cubiertos con telas pobres que apenas protegían del sol.
Había canastos de fruta, pan endurecido, tiras de carne colgadas en ganchos mugrientos, pescado traído de lejos, quesos envueltos en paños y montones de hierbas secándose al aire.
El olor a humo, ganado y sudor se mezclaba con el de la comida caliente y el barro removido por cientos de pies.
La joven inglesa, guiada por algo mucho más grande que ella, se abrió paso entre la gente como si aquellos rostros desconocidos, con sus voces hablando en una lengua extraña, no fueran más que un velo que una mano invisible apartaba a su paso. No miraba nada en concreto, pero tampoco dudaba.
Cruzó una plaza pequeña donde unos niños jugaban junto a un pozo; pasó por una calle tan estrecha que Oskar tuvo que apartar a una mujer que cargaba un haz de leña; dejó atrás un taller de curtidores y torció de pronto, sin previo aviso.
―¿Lo sientes? Creo que está cerca ―murmuró Nîga a Thyra, al percibir en sí misma la misma tensión que se apoderaba de Alana.
La errante, con el semblante muy serio, asintió al momento.
La Elegida, pese a haberla escuchado, no respondió.
Algo en ella se había vuelto extraordinariamente silencioso.
Seguía oyendo el mercado, los pasos, las ruedas de los carros, el balido de una cabra, pero todo eso quedaba por debajo de otra llamada más profunda.
Xerab y los suyos habían entrado por el otro extremo de la ciudad.
Avanzaban sin prisa, con el cansancio haciéndolos más humanos de lo que ninguno recordaba desde su transformación.
Khalûn caminaba a su derecha, atento a todo.
Los demás se repartían en torno a su líder sin acercarse demasiado, pero sin perderlo de vista.
El Neacșu insinuó una sonrisa al comprobar que nada había cambiado en ellos. La fuerza de la costumbre tardaría bastante en hacerles bajar la guardia.
―Un breve descanso nos bastará, Xerab ―se atrevió a decir Razvan, deseoso de regresar a lo que consideraba su verdadero hogar.
Él lo miró con el gesto relajado.
―Sí, con eso será suficiente.
Los demás asintieron y continuaron. En realidad, ninguno sabía qué hacer con una libertad tan repentina.
Venecia seguía siendo el destino, pero, por primera vez, Xerab la aguardaba con una forma distinta de esperanza.
Quería llegar cuanto antes, desaparecer, dejar atrás nombres, mandatos, batallas y sangre.
Y también quería dejar de temer incluso a la muerte y no deberle nada a nadie nunca más.
De pronto, la Elegida y el vampiro comenzaron a caminar más deprisa, como si algo los atrajera hacia un punto concreto. Atravesaron varias plazas hasta desembocar en una calle ancha, cerca de un pequeño mercado, donde ambos grupos se encontraron de frente.
Alana se detuvo con tanta brusquedad que Thyra estuvo a punto de chocar con ella. Xerab hizo lo mismo. Durante un instante, la multitud que pasaba entre unos y otros pareció abrirse, como si aquella distancia de apenas unos pasos hubiera adquirido de pronto una tensión que nadie más podía percibir.
La inglesa lo reconoció sin haberlo visto jamás, salvo en sus visiones.
Aquella certeza la sobrecogió. Lo observó apenas un instante.
Xerab era un vampiro imponente, mucho más alto de lo que había imaginado.
Sus ojos, de un azul profundo, y su cabello rubio apenas ondulado, que le rozaba los hombros, le resultaron inquietantemente familiares.
Su corazón empezó a latir con fuerza, despertando en ella una sensación que no supo nombrar.
No era miedo, tampoco admiración. No. Era algo más extraño, más íntimo.
Una impresión confusa, casi dolorosa, como si su alma hubiera estado esperándolo desde mucho antes de que ella misma pudiera comprenderlo.
El líder Neacșu la observó con recelo. Al momento, reconoció en su sangre la marca casi pura de Helmet.
Si no la había convertido su hermano, lo habría hecho alguno de sus Yekem .
Pero había algo más. Algo que no había sentido nunca.
Aquella muchacha no era una simple humana, ni siquiera una vampira.
Miró en derredor, y sus sospechas se confirmaron al verla rodeada de vampiros Drăgoi, Ursu y…
¿errantes? Todo su cuerpo se tensó al fijarse en Bălan, a quien creía muerto desde hacía siglos.
Nîga se acercó. Tocándole el hombro, le susurró:
―Alana…
La Elegida rechazó su contacto con un gesto seco. Alzó una mano, pidiéndole silencio, sin apartar la vista del vampiro.
―Xerab ―dijo por fin.
Él entrecerró los ojos.
―Depende de quién lo pregunte.
Ella no se intimidó.
―Soy la que os busca y necesita. Más que nunca.
La respuesta arrancó una mueca de desconfianza entre los Neacșu. Khalûn observó a la joven con una mezcla de recelo y curiosidad.
Xerab, por su parte, recorrió una vez más con la mirada a quienes la acompañaban antes de volver a fijarse en ella. Se sorprendió al descubrir a Bălan a su lado, al que creía muerto, junto a otros guerreros Ursu y tres Yekem Drăgoi, pero se abstuvo de hacer comentario alguno.
―No os conozco ―le dijo sin cambiar la expresión del rostro―. En cualquier caso, estáis perdiendo el tiempo.
El silencio se tensó entre ambos grupos durante unos instantes más, cargado de una expectación que ninguno parecía querer romper primero.
Fue Alana quien dio el paso. Sin apartar la mirada de Xerab, le pidió que hablaran en otro lugar, lejos del bullicio y de oídos ajenos.
Insistió en que no irían solos. Los suyos debían acompañarla, y los de él también.
El Neacșu dudó un momento; aun así, aquel tono no sonaba a una orden, sino a una súplica.
Había algo en aquella muchacha que continuaba incomodándolo, aunque también despertaba en él una inquietud imposible de ignorar.
Quería entender por qué lo buscaba. Por qué lo necesitaba.
Y, por encima de todo, cómo había acabado al frente de un grupo de vampiros y errantes, porque, si no se equivocaba, aquellos vestían como tales. Intrigado, terminó accediendo.
Callejearon durante un rato, alejándose del mercado hasta dar con una taberna modesta.
Xerab cruzó el umbral primero. Bastó una orden breve para que sus vampiros sometieran a los humanos que la ocupaban y los obligaran a salir.
En un suspiro, abandonaron el lugar sin oponer resistencia.
Cuando la puerta se cerró tras el último de ellos, se hizo de nuevo el silencio.
Sin reservas, Alana comenzó a relatar lo ocurrido: la batalla en el castillo de Athelstan, el pacto alcanzado con Helmet, Dorek y Gunnar y la acogida de los tres ejércitos por parte del rey Eirik en el campamento de los errantes.
Xerab la escuchó sin interrumpirla, pero en su mirada había una incredulidad tan firme que no necesitó expresarla en voz alta.
―¿Pretendes que confíe en vuestras palabras? ―soltó, con un deje de ironía―. ¿Quieres que crea que mi hermano ha pactado con errantes, skyggene y… Gunnar?
Alana dejó asomar una leve sonrisa, aceptando que cualquier otra reacción habría resultado poco lógica.
―No puedo obligarte a creerme.
―Por supuesto que no ―repuso él―. No puedes.
―Lo entiendo. No confías en lo que te digo, pese a venir hasta ti protegida por errantes y vampiros.
―Puede que a ellos los hayas convencido con ese dulce rostro, pero a mí no me engañas.
La conversación se prolongó solo un poco más y, cuando pareció agotarse, Alana le tendió la mano con una serenidad extraña.
―Sea como sea, te agradezco que me hayas escuchado.
Thyra y Nîga contuvieron la respiración. Los suyos se mantuvieron expectantes. Sabían lo que vendría a continuación.