Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 26. COMENCEMOS #3
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26. COMENCEMOS #3

En realidad, no fue una amenaza, sino la certeza absoluta de que aquello ocurriría. Sabía que, tarde o temprano, se rompería. Pero no habría nadie para recoger los pedazos. Solo él, disfrutando al verlo destruido por completo.

Tras desembarcar en Calais, Alana decidió que no se concederían más tiempo del imprescindible para reunir provisiones.

Nadie se atrevió a mencionar siquiera la posibilidad de descansar tras la dura travesía.

Al menos, el mar quedaba atrás, pero no había alivio en haber dejado de verlo.

Solo un cambio de horizonte y la certeza de que el camino que se abría ante ellos sería aún más exigente.

Y la joven inglesa fue la primera dispuesta a ponerse en marcha.

―Annikan, tu hermana y tú ya habéis hecho la ruta hasta Venecia. ¿Cuántos días se necesitan para llegar?

―A nuestro ritmo, descansando lo justo, unos veinte días.

―No podemos tardar tanto ―dijo con voz calmada pero firme―. Tendremos que esforzarnos al máximo. Solo nos detendremos cuando os fallen las fuerzas.

Nîga cruzó una breve mirada con Thyra antes de asentir.

―Entonces más vale que nadie se quede atrás ―respondió la Drăgoi, volviéndose hacia Bêwestan, que asintió sin dudarlo.

Y no lo hicieron. Durante diecisiete días atravesaron aquellas tierras sin nombre para muchos de ellos, avanzando como si el mundo mismo los engullera a cada paso.

Annikan y Seren, como buenas estrategas, evitaron los caminos más transitados y bordearon aldeas y ciudades sin detenerse más tiempo del necesario.

Nadie los seguía y, aun así, cuando cruzaban los bosques apenas encendían un pequeño fuego para cocinar alguna pieza, pese a contar con la protección de los Parêzvanan.

Después dormían lo justo para no caer rendidos en mitad de la marcha y, cuando lo hacían, se turnaban sin permitirse descuido alguno.

Todos tenían muy presente lo sucedido con el grupo que cayó bajo las patrullas Ursu y el propio Abbadon.

El hambre se volvió constante. La fatiga, una presencia silenciosa que se adhería al cuerpo como una segunda piel. Incluso los vampiros empezaron a acusarla.

―Este ritmo no es natural ―murmuró Soren una noche, mientras observaba la línea oscura del bosque―. Ni siquiera para nosotros.

―Y nosotros no estamos hechos para huir ―respondió Bêwestan, sin apartar la vista del camino―. Pero parece que no dejamos de hacerlo.

La Elegida no se molestó en responder. Corría unos pasos por delante, ajena a cualquier conversación que no tuviera que ver con el rumbo. A veces parecía percibir algo que los demás no podían oír; otras, avanzaba con una determinación que empezaba a inquietar incluso a Thyra y a Nîga.

El paisaje fue cambiando sin que apenas repararan en ello.

Los bosques se abrieron, los caminos se estrecharon, el aire se volvió primero más húmedo, luego más seco.

Hasta que, una tarde, el horizonte cambió por completo.

Ante ellos se extendía la enorme laguna.

Venecia emergía entre la bruma, alzada sobre el agua, con una quietud que no inspiraba confianza.

Durante un instante, permanecieron inmóviles ante tanta belleza. En realidad, la principal razón fue que, pese a su naturaleza, todos estaban exhaustos.

Todos excepto Alana.

―Os doy las gracias ―dijo la Elegida, recorriéndolos con la mirada―. Sé que os he llevado al límite, pero creedme, era necesario. Ahora nos dividiremos como os comenté ayer. Buscad a Xerab hasta debajo de las piedras. No os dejéis ni un solo codo sin revisar. Hemos de encontrarlo como sea.

El grupo se dispersó sin perder tiempo. Recorrieron los muelles, las calles estrechas, incluso los pasadizos donde la luz apenas penetraba. Preguntaron a todo aquel con quien se cruzaron y siguieron cualquier indicio que pudiera conducirlos hasta él.

No hallaron nada.

La noche fue cayendo poco a poco, cerrándose sobre ellos como una respuesta negativa. Al reunirse de nuevo, ya entrada la oscuridad, sus rostros frustrados bastaron para entenderlo.

―No está aquí ―dijo Nessa, con un hilo de voz.

Alana cerró los ojos, desconcertada. Su respiración se volvió irregular durante un instante y luego todo en ella quedó suspendido: estaba teniendo otra visión. No fue larga, pero sí suficiente.

Cuando volvió a abrir los ojos, se desplomó en el suelo. Thyra y Nîga corrieron a su lado, alarmadas.

―¡Alana! ―dijeron las dos a la vez.

―¡Alana, dime algo! ―pidió Nîga, acariciando su pálida mejilla.

Cuando por fin logró incorporarse un poco, sus ojos mostraban una angustia imposible de disimular.

―Zagreb ―susurró―. Xerab va camino de Zagreb.

Thyra frunció el ceño, incrédula.

―¿Estás segura?

Alana asintió, exasperada, al borde de perder la paciencia.

―Me ha sido revelado. No hay duda: Xerab llegará a Zagreb en pocos días. Descansaremos esta noche en una posada y mañana partiremos hacia allí. No tenemos otra opción.

―¿Podremos dormir en una cama? ―soltó Asvoria, esperanzada. Su rostro era la viva imagen del cansancio extremo.

Alana asintió con un leve gesto.

―ÉL nos concede esta noche ―dijo con verdadero alivio.

Con la ayuda de Thyra y Nîga, se puso en pie.

―Pero el tiempo es vital, por eso no podíamos llegar antes de lo debido. Partiremos mañana al amanecer. Ahora busquemos dónde poder alojarnos. Sin duda, nos lo hemos ganado.

Nadie osó contradecirla. Ni siquiera Nîga.