26. COMENCEMOS #2
Esta vez, el errante esbozó una sonrisa sincera y le devolvió el gesto con un apretón firme.
Sin más preámbulo, los condujo hacia la tienda principal.
A su paso, los guerreros errantes comenzaron a moverse con rapidez, dirigiéndose hacia los generales Drăgoi, Xwînxwar y Wêranker, así como hacia los mandos skyggene y los generales Mosul, Einarr e Yrsa.
Las órdenes eran claras: las tropas debían establecerse al otro lado del río.
Gudrun se detuvo un instante antes de seguir. Su mirada recorrió el despliegue con atención. Luego se acercó a Erik, lo suficiente para que el resto no pudiera oírlo.
―Será necesario ampliar el campo de protección ―dijo en voz baja―. No creo que podamos mantenerlo sin aumentar las tropas.
Erik asintió.
―Lo sé. Da la orden a los Parêzvanan. Triplicad a los guerreros destinados a mantener el campo.
―Ahora mismo, mi rey.
Gudrun se apartó y continuó su camino.
Helmet no sabía de qué habían hablado, pero intuyó que el general había recibido una orden.
Curvó levemente los labios en su sonrisa habitual y tomó la mano de Lys.
Eirik se unió, asegurándoles que, en sus dominios, ni Abbadon ni Mørket darían con ellos.
Los invitó a pasar al interior de la tienda, donde su familia aguardaba para ser presentada por primera vez en siglos.
Catorce días después de dejar Brujas, Abbadon y los suyos cruzaron por fin las lindes de sus tierras. Durante todo ese tiempo, no hubo una sola jornada que no dejara tras de sí el rastro de su impaciencia.
No era el cansancio lo que marcaba el paso de la comitiva, ni siquiera la urgencia de volver a su fortaleza, sino una inquietud más profunda: sabía que tenía en sus manos a aquel a quien su padre llevaba tanto tiempo buscando y ansiaba descubrir qué lo hacía tan especial.
El secreto que Longinos había confiado a Xerab, seguramente sin ser dueño de su voluntad, había llegado a obsesionarlo de tal manera que acabó por exigir tanto a Helmet como a él que lo encontraran a cualquier precio.
El Elegido, aquel que habría de vencerlo y condenarlo a vivir, por toda la eternidad, en el infierno que él mismo había creado.
Pero ¿qué poder ostentaba aquel errante? Era un híbrido, de eso no tenía dudas. Por lo que el soldado le había contado a su hermano hacía cerca de mil años, la sangre de ÉL corría por sus venas.
¿De verdad era cierto? ¿La ponzoña del carpintero era tan poderosa? ¿Incluso más que la de su padre?
No tenía claro con qué se iba a encontrar cuando comenzara a torturarle, pero la idea de que aquel joven pudiera ser más fuerte que cualquiera de ellos lo estaba desquiciando.
No. No podía ser. Era imposible.
Se suponía que aquel muchacho no era un prisionero más. O, al menos, no debía serlo. Sin embargo, cuanto más lo observaba, más difícil le resultaba encontrar en él nada que justificara aquella expectativa de grandeza absoluta.
Miró un instante al errante antes de volverse hacia Erke, quien alzó el mentón y curvó levemente los labios. Abbadon acabó correspondiendo con una sonrisa cargada de intención.
Su general había convertido aquellas catorce jornadas en un castigo insufrible para Yngvar.
No llegó a tocarlo en ningún momento; sin embargo, sus palabras bastaban para mantener al joven Knutsen sometido a una presión constante.
La promesa de la tortura, junto con las descripciones minuciosas de lo que le haría en cuanto llegaran al castillo, no le daban tregua.
Aquella crueldad tan explícita resultaba nueva para él.
Estaba claro que buscaba desgastarlo. Cada frase iba dirigida a erosionar lo poco que aún pudiera quedarle en pie, a convertir la espera en una antesala de lo que vendría después.
Yngvar soportó aquel asedio sin responder ni una sola vez.
Mantenía la mirada baja, utilizando el silencio como única defensa, negándole incluso el consuelo de una reacción.
De un modo u otro, su vida pronto llegaría a su fin.
Lo único que lamentaba era no haber compartido más tiempo con Alana.
Quizá pudiera hacerlo en la otra vida. Porque, en esta, el suyo se estaba agotando.
Avanzaron un poco más y, a lo lejos, los perfiles de la fortaleza Ursu tomaron forma en el horizonte. Ante aquella visión, hasta el aire le resultó distinto al errante.
Tiszavár se alzaba sobre una elevación de tierra oscura, rodeado por empalizadas reforzadas y torres de vigilancia que dominaban el entorno.
No era un castillo levantado para la belleza, sino para imponer.
Piedra áspera e irregular, muros gruesos y puertas macizas, curtidas por el tiempo y la violencia.
No era solo el paisaje que rodeaba la fortificación, más llano y abierto en torno al curso del río.
Era algo más difícil de nombrar. Una sensación que se adhería a la piel y de la que nadie lograba desprenderse jamás: el temor a entrar y no poder salir de allí nunca.
Aquello le complacía a Abbadon enormemente.
El líder Ursu se detuvo un instante más para contemplarlo. Después, dio la orden de continuar. Cruzar el portón, con la certeza de que todo aquello le pertenecía por derecho, le devolvió parte de la confianza que había perdido tras la batalla con Helmet.
A Yngvar lo condujeron directamente a las mazmorras, donde el aire húmedo y viciado se le echó encima con una densidad que le revolvió el estómago, mientras el frío de la piedra le calaba hasta los huesos.
Aquella misma noche, cuando la oscuridad ya se había asentado por completo en el exterior, volvieron a sacarlo.
El salón donde lo esperaba Abbadon no era una sala del trono en sentido estricto, pero lo parecía.
Un asiento elevado y amplio dominaba la estancia.
No cabía duda: aquel lugar respondía a una sola voluntad, la suya.
―Tráelo más cerca.
La orden se cumplió de inmediato. Yngvar fue empujado hasta quedar de rodillas a pocos pasos de él.
Abbadon lo observó en silencio durante un instante, como si evaluara algo que no terminaba de encajar en su mente.
―¿De verdad… tú eres el Elegido? ―dijo al fin, con un tono que no ocultaba su desconfianza―. ¿Pretendes que crea que serás tú quien destruya a mi padre?
Yngvar no respondió. Ni siquiera levantó la cabeza. El Ursu hizo un leve gesto con la mano.
―Azotadlo.
Uno de sus guerreros avanzó, pero Erke se interpuso antes de que pudiera tomar el látigo.
―Permitidme ―pidió, con un brillo en los ojos que no dejaba lugar a dudas de que pensaba disfrutarlo―. Nadie tiene más motivos que yo.
Su líder lo observó con una leve inclinación del mentón, como si valorara más la intención que la petición en sí. Esbozó media sonrisa.
―Hazlo.
Sin contemplaciones, ataron a Yngvar a dos columnas, alzándole los brazos hasta dejar la espalda expuesta. Erke sujetó el látigo con calma, como si ya hubiera imaginado ese momento demasiadas veces. Cuando descargó el primer golpe, el sonido seco del cuero al cortar el aire precedió al impacto.
El cuerpo del errante reaccionó con violencia, tensándose bajo el profundo dolor.
Contuvo el grito que le ardía en la garganta, como si se negara a concederle siquiera eso.
Fue el segundo golpe el que le abrió la piel y le arrancó un alarido áspero, roto.
No dijo ni una palabra. Allí solo había sufrimiento en su forma más pura, sin filtro ni concesión.
Erke continuó sin apresurarse, midiendo cada latigazo, buscando carne nueva o reabriendo la ya castigada, mientras la sangre descendía por la espalda de Yngvar en líneas irregulares.
Abbadon observaba la escena, atento a cualquier cambio que confirmara sus sospechas.
Esperaba encontrar en él algo distinto, una resistencia sobrenatural.
Pero no había señal alguna de superioridad.
Su cuerpo respondía como el de cualquier otro errante: se desgarraba, sangraba y temblaba bajo cada golpe, sin ofrecer más resistencia que la de la propia voluntad de mantenerse en pie.
No había rastro de poder, ni de protección, ni de nada que se apartara de lo que ya conocía.
―Más fuerte ―ordenó sin retirar la mirada, con un matiz de impaciencia que no se molestó en ocultar.
Erke obedeció, aumentando la fuerza de los golpes. Yngvar gritó de nuevo, con mayor intensidad esta vez, mientras el cuerpo se le arqueaba bajo el castigo. Aun así, siguió sin pronunciar una sola palabra.
Abbadon entrecerró los ojos, irritado. Esperaba más. Mucho más.
―¿Eso es todo lo que eres? ―preguntó, inclinándose ligeramente hacia delante―. ¿Un errante más que sangra y berrea como cualquier otro?
Yngvar alzó la cabeza lo justo para sostenerle la mirada. Sus labios se abrieron, pero de ellos no salió respuesta alguna, solo una exhalación entrecortada.
El siguiente golpe se estrelló contra su espalda con más fuerza que los anteriores, arrancándole un bramido salvaje, gutural, cercano al de un animal.
Abbadon se reclinó en su asiento, molesto.
Aquello no encajaba. O lo estaban engañando, o el errante ocultaba algo que todavía no había conseguido sonsacarle.
En cualquier caso, no tenía prisa. Rău debía regresar y, hasta entonces, no pensaba moverse de allí ni presentarse ante su padre sin haber comprendido primero qué tenía entre manos.
―Basta por hoy.
El general detuvo el látigo, aunque su postura dejó claro que no había terminado, solo obedecía.
Yngvar quedó suspendido, apenas sostenido por las ataduras, con la respiración irregular y el cuerpo incapaz de recomponerse.
―Mañana continuaremos ―añadió Abbadon con una serenidad que no auguraba nada bueno―. Y el día siguiente. Y todos los que sean necesarios. Hasta que nos digas qué secretos escondes.
Se incorporó despacio, sin apartar la vista del prisionero. Yngvar, pese a estar exhausto, a punto de perder la consciencia, alzó el mentón, desafiante. Al Ursu le gustó su soberbia.
―Hablarás.