Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 26. COMENCEMOS
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26. COMENCEMOS

R ău, fuera de control tras haber sido degradado a capitán, había perdido casi dos semanas de camino a Calais visitando cada lupanar que encontró a su paso.

Había desembarcado la jornada anterior y no había parado desde entonces.

Atrás quedaron el puerto, los caminos y cualquier rastro de descanso.

Su amo había sido claro: el príncipe lo estaría esperando en lugar acordado.

Si no lo encontraba, no habría excusa que pudiera ofrecerle.

Y no estaba dispuesto a que eso ocurriera.

Al alba se encaminaron hacia el claro. El exgeneral se detuvo un instante antes de avanzar, amparado por la espesura de los árboles.

No necesitó verlo para saber que no se había equivocado.

Había una presencia distinta en el aire, densa, familiar.

Un Ursu siempre reconocía a otro. Sonrió levemente y echó a andar.

Se sorprendió al comprobar que Alistair no había ido solo.

Se mantenía separado del resto. No muy lejos, pero lo suficiente.

De espaldas a los suyos, con la mirada fija en la línea oscura del bosque, como si aguardara algo que ya estaba en camino.

Lo observó de perfil al avanzar. No necesitó más. La postura, la quietud, la forma en que miraba al frente… todo delataba lo mismo. Conocía bien ese gesto. El de un vampiro sometido a la voluntad de su creador. Y esa era la expresión que tenía el príncipe.

Youngblood fue el primero en advertir movimiento entre los árboles. En tensión, corrió a colocarse entre los recién llegados y su señor. Los soldados reaccionaron tarde, aunque terminaron alzando las armas, inseguros, sin saber aún contra qué se preparaban.

La doncella corrió a esconderse entre los baúles y Herleva, con el rostro marcado por la incomodidad, se incorporó bruscamente al verlos acercarse.

La tensión dio paso a un terror súbito, desnudo, imposible de disimular.

Lo reconoció al instante. Aquel rostro, aquel vampiro…

el mismo que había visto encadenado en la sala del trono.

Sus dedos se crisparon sin que pudiera evitarlo y bajó del carro atrás antes de gritar:

―¡Alistair!

Al oír su nombre, se volvió y los vio. Rău emergió del bosque acompañado por su patrulla. Cuatro figuras más, imponentes, avanzaron tras él con la calma de quien no teme a nada ni a nadie.

De pronto, el claro pareció cerrarse sobre ellos.

―Bajad eso ―ordenó Youngblood a los hombres, aunque su propia voz no sonó del todo firme.

El ahora capitán Ursu recorrió la escena con una mirada lenta. Se detuvo en los soldados un instante más de lo necesario. Aquella elección le arrancó una leve mueca de aprobación.

―Habéis traído provisiones ―dijo, con una satisfacción apenas disimulada.

Uno de los hombres retrocedió un paso. Youngblood no se movió.

―¿Qué estáis haciendo aquí? ―replicó Landon.

Rău no apartó los ojos de él hasta que se cansó. Entonces miró a Herleva. Apenas un instante. Lo suficiente para repasarla de arriba abajo. Después, volvió la atención hacia Alistair.

―Has obedecido.

―He obedecido… ―repitió, tratando de asimilarlo.

El príncipe no rehuyó su mirada y alzó el mentón, aferrándose a la poca dignidad que le quedaba.

―No tenía alternativa ―se justificó.

―No ―dijo, y subió una comisura del labio. Una sombra de orgullo le cruzó el rostro al reconocerlo como uno de los suyos―. Y eso es lo que te salvará.

Un silencio extraño se asentó un momento entre ellos. Nadie parecía saber qué debía hacer. Rău fue el primero en hablar.

―Abbadon os reclama, príncipe. Os dirigiréis de inmediato hacia Richborough. Allí tomaréis un barco rumbo a Calais. Dos de mis guerreros os acompañarán hasta Tiszavár. Vuestro nuevo hogar.

Herleva dejó escapar una risa incrédula.

―¿Cómo? Yo no pienso ir a ninguna parte contigo ni con nadie.

Youngblood se volvió hacia ella y negó con la cabeza. Alistair, dominado por la ira, le dirigió una mirada que no admitía réplica: debía callar y obedecer.

El vínculo respondió antes que su voluntad. Aunque no pronunció la orden en voz alta, ella la sintió en cada fibra de su ser. Una presión firme le recorrió el cuerpo de la cabeza a los pies.

Landon apretó la mandíbula al percibir hasta qué punto podía someterlos el príncipe sin pronunciar una sola palabra.

La joven, indignada, trató de abrir la boca para replicar, pero no pudo. Ambos acabaron bajando la mirada.

El capitán Ursu observó la escena con poco interés.

―Bien ―murmuró―. Empiezas a comprender lo que eres.

Alistair no respondió.

―Vosotros dos ―continuó Rău, señalando a los vampiros que lo flanqueaban―. Los protegeréis con vuestra vida hasta llegar a nuestras tierras. Abbadon estará muy satisfecho al ver que no vas solo ―añadió, sin molestarse en suavizar el tono, demorando la mirada en la normanda.

Los dos guerreros Ursu elegidos asintieron sin vacilar.

―Ahora, marchaos. Tengo asuntos más urgentes que atender. ―Su atención se desvió un instante hacia el bosque.

Aunque Alistair quiso rechazar aquella orden, le fue imposible imponer su voluntad. La idea de que debía obedecerlo se impuso con fuerza. Indignado, se volvió hacia los soldados.

―Recoged. Partimos ya.

Sus hombres, aliviados por tener una orden clara y dejar atrás a aquel ser, se apresuraron a apagar el fuego y a cargar en el carro lo poco que llevaban.

―Pero, Alistair… ―trató de protestar su esposa.

―Sube al carro, Herleva. No lo repetiré.

Youngblood entendió al instante que aquella batalla estaba perdida.

Esa era su nueva existencia y, les gustara o no, tendrían que obedecer.

Miró a la normanda y la sujetó del brazo.

Acto seguido, sin decir una palabra, tiró de ella y la ayudó a acomodarse en el duro asiento.

Herleva contuvo la rabia y entrelazó las manos sobre el regazo, con la mirada fija al frente.

Pese a la angustia y al miedo, se mantuvo en silencio.

No podía oponerse. Y, aunque lo hiciera, ¿de qué iba a servir?

Youngblood subió a su montura y se preparó para partir. El grupo se puso en marcha poco después, guiado por los dos vampiros que Rău había dejado con ellos. Cuando desaparecieron entre los árboles, el claro quedó en silencio.

Con una sonrisa cruel en los labios, el capitán Ursu miró a los dos guerreros que permanecían a su lado.

―Comencemos ―dijo al fin.

Y se internaron en el bosque en dirección opuesta, en busca del rastro de los suyos.

Helmet echó la mirada atrás un instante, buscando a Xwînxwar.

Quería comprobar que no se producía ningún altercado.

Su general respondió con un leve gesto de cabeza: todo seguía sin cambios.

Satisfecho, continuó avanzando mientras los tres ejércitos marchaban tras ellos en orden cerrado, evitando los caminos y manteniéndose lejos de cualquier población.

Hacía casi cuatro días que habían partido al alba, después de la coronación.

Alistair se había marchado, y ya no era necesario permanecer en el castillo.

Flanqueado por Dorek y Gunnar, se fijó en la bruma que aún se aferraba a la ribera del río, cuyo curso marcaba el ritmo. Parecía que la tierra misma contuviera la respiración al verlos acercarse.

―No me gusta este silencio ―murmuró Gunnar.

―Nunca es buena señal ―replicó Dorek.

El Drăgoi se abstuvo de responder. Mantenía la vista fija en el punto donde Thyra y Nîga les habían indicado que aguardaran.

No había nada distinto, ninguna marca que asegurara que no habían errado el camino.

Buscó entonces la mirada de Lys, que caminaba junto a Ønske y Wêranker.

Ella le devolvió una leve sonrisa, apoyándolo.

Él correspondió al gesto y, sin pedir opinión a los otros dos líderes, alzó la mano.

La marcha se detuvo a su orden. Los generales de los tres ejércitos se acercaron para recibir instrucciones.

Helmet barrió el bosque con la mirada. Algo le decía que aquella extraña quietud que los envolvía no era natural.

La duda cruzó su mente, preocupado ante la posibilidad de que los hubieran engañado.

De pronto, el general Gudrun, ocho guerreros Strøm y media docena de Parêzvanan surgieron ante ellos sin previo aviso, como si siempre hubieran estado allí.

Por instinto, Gunnar se llevó la mano al cinto, dispuesto a luchar.

―Maldita sea… ―soltó sin pensarlo.

―Ni un paso más ―añadió Dorek en voz baja, aunque nadie se había movido.

Gudrun inclinó la cabeza.

―En nombre del rey Eirik Ragnarsson, os doy la bienvenida.

Helmet inclinó la cabeza a modo de saludo.

―General, en nombre del rey Gunnar de la casa Mosul, del líder Dorek de la casa Kveld y en el mío propio, os doy las gracias. Espero que no nos hayamos retrasado demasiado.

―Habéis llegado justo a tiempo ―agregó, sin rastro de calidez―. Acompañadnos. Mis guerreros guiarán a vuestros generales al otro lado del campamento.

No explicó nada más. Los dos vampiros y el skyggene cruzaron una mirada. Estaba claro que el errante no tenía intención de seguir hablando.

Avanzaron con ellos durante todo el día. Los Parêzvanan no hablaban. Se limitaban a guiarlos, atravesando el bosque por sendas que parecían desvanecerse tras su paso.

Al caer la tarde, los árboles comenzaron a abrirse. Entonces lo vieron. El campamento errante se extendía ante ellos con una organización precisa, casi imposible. Pese a su descomunal tamaño, no había caos. Cada fuego, cada tienda y cada movimiento respondía a un orden riguroso.

Helmet se detuvo, impresionado. Dorek respiró hondo y dejó salir el aire lentamente.

―No esperaba esto ―soltó el skyggene.

―Ni yo ―admitió Gunnar.

Erik salió a su encuentro. Cuando estuvo frente a ellos, inclinó la cabeza lo justo.

―Sed bienvenidos ―expresó con una amabilidad medida.

―Nunca pensé que llegaría este día ―reconoció Gunnar, tratando de asimilar la magnitud del campamento.

―Si os digo la verdad, yo jamás pensé veros en mis dominios sin haber entrado en guerra.

―Doy gracias porque no haya sido necesario, Eirik ―replicó Helmet, ofreciéndole el antebrazo.