Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 25. NADA ES COMO QUERÍA #3
81%

25. NADA ES COMO QUERÍA #3

Las puertas se abrieron. Dejaron atrás el castillo, las torres, las murallas, las hogueras del patio y a los demás vampiros. Helmet ni siquiera se había dignado a despedirse.

El viento de la noche les dio de frente. Durante un trecho solo se oyó el golpe de los cascos, el traqueteo del carro y el rumor lejano de los árboles.

Pero Herleva no había terminado.

―¿De verdad pensabas que ibas a soportar ver a Edmund ceñirse la corona? ―preguntó desde la oscuridad―. Se te notaba en la cara que querías degollarlo.

Alistair siguió cabalgando.

―Podrías haberlo hecho ―insistió ella―. Allí mismo. Delante de todos. Habría sido más honroso que esto.

―Silencio ―dijo Youngblood como advertencia.

―¿O qué? ―espetó Herleva―. ¿Vas a hacerme callar tú?

Alistair tiró de las riendas con brusquedad. El caballo se encabritó un instante. El pequeño cortejo se detuvo de golpe y él se volvió hacia el carro.

―Ya te he soportado bastante por esta noche.

Herleva no cedió ante su mirada.

―¡Yo he soportado mucho más! Y tendré que pasar la eternidad con un hombre que no fue capaz de luchar por lo suyo.

Alistair desmontó de un salto. Los soldados, temerosos, se apartaron a un lado. Youngblood siguió su recorrido sin quitarle los ojos de encima.

El príncipe subió de un salto, apoyó una mano en la madera y se inclinó hacia ella.

―Escúchame bien ―murmuró―. Si vuelves a provocarme, no seré yo quien tenga que lamentarlo antes del alba.

La joven quiso responder, pero entonces vio sus ojos de cerca: no había en ellos solo ira, sino hambre. Retrocedió por puro instinto.

Alistair sonrió sin ninguna alegría y volvió a montar.

―Continuad.

Nadie habló durante un largo trecho. El bosque comenzó a cerrarse sobre el camino; la luna apenas lograba abrirse paso entre las ramas y la humedad se pegaba a la piel, a las riendas y a la ropa.

Uno de los soldados tosió. Otro dirigió varias miradas hacia la espesura, incómodo, como si presintiera algo. La doncella, sentada atrás junto a los baúles, se aferraba a su pequeño morral.

Fue entonces cuando Alistair se quedó rígido sobre la montura. El mundo pareció estrecharse a su alrededor al sentir aquel nombre que no llegó a pronunciar, pero que aun así lo invadió por completo.

Abbadon.

La llamada descendió por su médula como un hierro ardiendo. El caballo, ante su toque, giró bajo él antes incluso de que su razón pudiera oponerse.

―¿Alistair? ―lo apremió Youngblood.

El príncipe no respondió.

―Alistair, ese no es el camino.

Nada.

Herleva no apartó la mirada desde su altura en el carro.

―¿Qué ocurre?

Youngblood volvió la vista hacia ella, sombrío. Frunció el ceño y espoleó el caballo, adelantándose hasta colocarse frente al príncipe. Le cortó el paso con un giro seco de las riendas.

―¡Alistair! ―repitió, con preocupación.

Durante un instante, él no reaccionó. Tenía la mirada fija. Ausente. Parecía no estar allí.

Landon percibió cómo la rigidez le tensaba el cuello.

―Alistair, por favor, ¡mírame!

Nada.

Solo después de unos segundos, el joven pareció volver en sí lo suficiente como para enfocar los ojos en él. Pero no del todo.

―Debemos seguir ―dijo al fin en voz baja, extrañamente plana.

―¿Seguir… a dónde? ―preguntó el capitán, sin apartarse.

El príncipe tardó en responder.

―Al este.

―No. Ese no es el camino ―afirmó el capitán.

―Lo es.

No había duda en sus palabras. Tampoco en su voluntad.

Youngblood lo observó con más atención. Suspiró despacio y cerró los ojos un instante al comprender lo que estaba ocurriendo.

―Te ha reclamado ―susurró, agobiado.

―¿Reclamado? ―exclamó ella―. ¿Qué significa eso? ―La rabia desapareció de golpe de su rostro.

Youngblood la miró sin responder. Posó la vista en los seis soldados, pálidos junto a los caballos. Después volvió a Alistair, buscando algún rastro de decisión propia.

La normanda clavó los ojos en el príncipe, que parecía impaciente por avanzar, como si cada instante detenido le exigiera un esfuerzo titánico.

―Abbadon lo ha reclamado, ¿comprendes? No podemos hacer nada.

Ella se cubrió la boca con las manos al comprender lo que aquello significaba.

―¿Y no podrías robarle la voluntad como has hecho con ellos? ―añadió, mirando a los hombres.

―No funciona así. Su creador le ha dado una orden, como él os dio el día que intentasteis escapar. Hasta que la cumpla, no hay nada que hacer. Quizá lo libere…

En ese momento, el joven inglés pareció salir del letargo al que había sido sometido.

―¿Qué hacéis ahí parados? Debemos partir hacia el este de inmediato.

―Alistair… ¡habéis vuelto! ―dijo Landon, aliviado.

―¿Vuelto? ―preguntó, todavía desorientado.

―¡Abbadon te había arrebatado la voluntad! ―dijo Herleva, sin medir las consecuencias.

El príncipe enderezó la espalda al comprender que así había sido. Recordaba la orden con claridad: no solo debía dirigirse a un punto concreto del bosque, también debía aguardar la llegada de Rău. Aquella idea se repetía en su mente con una insistencia que no admitía oposición.

Los miró un instante antes de tirar de las riendas. Rodeó a Youngblood sin brusquedad y continuó la marcha.

Su silencio, en cierto modo, fue cruel y descarnado. No se molestó en aclarar sus dudas. No hacía falta: ya conocían la respuesta.