Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 25. NADA ES COMO QUERÍA #2
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25. NADA ES COMO QUERÍA #2

―Podría colarme en su alcoba y rajarle la garganta mientras duerme ―susurró, sin importarle que lo oyeran―. Un corte tosco. Doloroso.

Helmet se situó justo delante de él.

―Si Abbadon llega a saber que habéis intervenido sin consultarle, os reclamará. Creedme, no queréis que eso ocurra.

Alistair notó cómo un fuerte latigazo helado le recorría la espalda al escuchar su nombre. Por desgracia, le debía sumisión absoluta a su creador y, por lo que Youngblood había podido averiguar, era mejor no desobedecerlo.

Desesperado, se ancló a la rabia como a lo único que le quedaba.

―No quiero vivir bajo su yugo.

Helmet lo miró con una dureza casi compasiva.

―No os pertenece esa decisión.

―¡Sí me pertenece! ―replicó, aferrándose a su postura.

―No ―insistió Helmet―. Ya no.

Alistair apretó los puños hasta clavarse las uñas en las palmas, pero conservó el poco control que creía haber perdido y se mantuvo en silencio.

―Entonces, ¿qué me queda?

Youngblood fue quien respondió, temiendo que su pupilo acabara por enfurecer al Drăgoi.

―Seguir existiendo.

Aquello sonó peor que una condena. Helmet inclinó levemente la cabeza.

―Sabias palabras, capitán.

―Deberíamos marcharnos ya ―insistió Landon―. Vuestro tío está exultante y no creo que le importe demasiado que partamos esta noche.

―Él tiene razón ―reconoció el líder Drăgoi, mirando a Alistair―.

Será mejor que abandonéis el castillo. Confiad en mí: dejar atrás cuanto creíais vuestro es lo más sencillo que vais a hacer en vuestra existencia.

Cuando Abbadon os reclame, y lo hará, comprenderéis que la coronación de hoy no ha sido vuestra verdadera pérdida, sino solo el comienzo.

El príncipe tragó con dificultad la rabia que lo consumía.

Miró una última vez el trono, aquel que Edmund había ocupado con el beneplácito de quienes una vez juraron lealtad a su padre, y comprendió, con una claridad insoportable, que lo habían despojado de todo excepto de su hambre.

Eso era lo único que seguía siendo suyo. Al menos, por ahora.

Asintió al vampiro y se encaminó hacia donde se encontraba su tío.

Sintiendo cómo la lengua se le pegaba al paladar, lo felicitó con evidente esfuerzo.

Acto seguido, le comunicó que aquella misma noche, después de terminar la celebración, él y su pequeño séquito partirían al norte.

El de Mercia, creyendo que su fin estaba cerca, aceptó de buen grado su marcha.

Fingiendo estar agradecido, se inclinó levemente y regresó junto a Helmet, con la certeza de que algún día reduciría el castillo a cenizas. Si no podía ser rey, el hogar de su padre no volvería a albergar a otro que no fuera él mismo.

La noche ya había cubierto el castillo cuando Alistair abandonó la sala del trono.

El último eco de los vítores aún parecía pegado a la piedra, sucio, ofensivo.

No se detuvo. Bajó los escalones con la mano cerca del cinto y la rabia clavada en el pecho como una maldita espina que no dejaba de hundirse.

En el patio lo aguardaban Youngblood, Herleva, una joven doncella y seis soldados armados.

Los hombres sostenían las riendas de los caballos con una rigidez extraña.

Ninguno se atrevía a mirar al príncipe demasiado tiempo.

Tampoco la muchacha. Alistair supuso que una orden de Landon estaba detrás de aquella tensión bien contenida.

Herleva, envuelta en un manto oscuro y con el rostro descompuesto, aguardaba junto al carro donde se había cargado parte de su vestuario.

No hizo ademán de subir cuando lo vio acercarse.

Lo recorrió con una lentitud insolente, deteniéndose en su rostro, en su espada y en la sombra amarga que parecía envolverlo.

―Así que al final huyes ―escupió, con el mentón en alto.

Alistair no frenó hasta quedar frente a ella.

―No me hagas perder la paciencia, o juro que haré que te azoten delante de todo el castillo. Quizá hasta lo haga yo mismo.

―No te atreverías…

―Pruébame.

Youngblood dio un paso, por si era preciso interponerse entre ambos, pero el príncipe alzó apenas dos dedos y el capitán se detuvo.

―Sube.

Herleva dejó escapar una risa seca.

―Vaya, te han quitado el trono y lo único que sabes hacer es dar órdenes. Qué rey tan magnífico habrías sido.

El príncipe tensó la mandíbula. Los soldados y también la doncella lo advirtieron y bajaron la cabeza al instante.

―Sube ya ―repitió.

―No hasta que me mires y me digas que piensas marcharte como un cobarde. Que vas a dejarle a tu tío el castillo, la corona y el nombre de tu padre sin ensuciarte las manos.

Alistair la miró entonces. Fue una mirada fugaz, cortante, suficiente para que Herleva sintiera un escalofrío que reprimió a duras penas.

―No me pongas a prueba esta noche.

―¿Y qué harás si lo hago? ―lo desafió―. ¿Matarme? ¿Forzarme? ¿Arrastrarme por el barro hasta que aprenda a obedecerte? Vamos, Alistair. Al menos eso sería más digno que esto.

Youngblood intervino al fin.

―Basta, señora.

Ella giró el rostro hacia él.

―¿Quién te ha permitido dirigirte a mí de esa forma?

―No vuelvas a hablarle así ―la reprendió Alistair.

―Señora ―insistió Landon―, comprendo vuestro malestar, pero os aseguro que todos hemos perdido algo.

―No. ―Clavó de nuevo los ojos en el príncipe―. Él lo ha perdido todo, y por eso apesta a rabia. Vosotros no sois más que dos bestias con mejor ropa que el resto. Un par de cobardes a los que aborrezco.

Uno de los soldados tragó saliva y la muchacha se persignó a escondidas. El olor del miedo se alzó leve en el aire, limpio, palpitante.

Alistair lo percibió y sus colmillos asomaron apenas un instante. Sacudió la cabeza, tratando de dominarse.

―Subidla ―ordenó.

Youngblood no dudó. Sujetó a Herleva del brazo cuando ella intentó apartarse y la obligó a subir al carro. La normanda forcejeó, lo maldijo en voz baja y acabó sentándose contra la madera, erguida, furiosa y con la respiración agitada, pese a no hacerle falta.

―Ojalá te vea arder a ti primero ―le dijo al príncipe cuando este subió a su montura.

Alistair no respondió. Hizo una señal y el grupo se puso en marcha.