Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 25. NADA ES COMO QUERÍA
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25. NADA ES COMO QUERÍA

A listair se ciñó al cinto la espada de su padre pensando que faltaba muy poco para que su sueño de convertirse en rey se desvaneciera para siempre.

Al alba tendría lugar la coronación. La tarde anterior había llegado toda la comitiva para formalizarla.

Días atrás, su tío le había dejado caer, como si no tuviera importancia, que, en cuanto recibió su misiva informándole de lo ocurrido, había enviado otra al obispo para que iniciara las diligencias pertinentes.

El clérigo se había presentado con un séquito de hombres sebosos y pagados de sí mismos, muy alejados de la apariencia dócil y servil que deberían tener los religiosos.

Miró a Youngblood y le hizo una señal.

―Vamos a por Herleva. Espero que sepa comportarse o me veré obligado a someterla allí mismo.

―No creo que se atreva, Alistair.

―¿Quién sabe?

Al salir de la alcoba contigua a la que siempre había sido la suya y que ahora ocupaba su esposa ―su tío se había apropiado el primer día de la habitación de su padre, alegando que él era el próximo rey―, llamó a la puerta y entró.

Herleva estaba sentada frente a la chimenea, contemplando las llamas.

―¿Ya te han vestido? ―preguntó por decir algo, con la esperanza de que ella se dignara a mirarlo.

―¿Acaso estoy desnuda?

―No hace falta que seas así.

Ella puso los ojos en blanco y después los clavó en él.

―Si quieres que sea amable, sométeme. De lo contrario, cállate. Bastante tengo con soportar esta pantomima.

―Sé que anhelabas ser reina, incluso por encima de mi cadáver ―ironizó―. Tranquila, entiendo tu frustración. Mírame: nada es como quería y aquí estoy, a punto de ver a mi tío ocupar el lugar que me pertenece por derecho divino.

―Entonces, ¡haz algo! Puedes reinar hasta el fin de los tiempos; ¿qué demonios te lo impide?

El príncipe sonrió con desgana.

―Helmet… Abbadon.

Nada más oír aquel nombre, Herleva sintió que un escalofrío le recorría la espalda. Dejó de mirarlo y volvió la vista hacia la chimenea, tratando de apartar el recuerdo de aquella piel helada aferrándole la mano.

―Está bien ―acabó diciendo.

―Mañana partiremos al norte. Tengo oro suficiente para comenzar una nueva vida.

A Herleva le fue imposible contenerse y soltó una carcajada. Apoyó las manos en los reposabrazos y se puso en pie.

―Estas tierras están llenas de cobardes inmundos ―lo encaró―. Pero qué importa. Tenemos oro suficiente para comenzar una nueva vida, ¿verdad?

Sus palabras le revolvieron las entrañas a Alistair, que la sujetó con fuerza del brazo.

―Háblame así de nuevo y yaceré contigo cada noche, quieras o no ―dijo, zarandeándola.

La amenaza caló hondo en la joven, que, por instinto, dio un paso atrás.

―Eres despreciable.

―Creo que ahora te amo más que nunca ―ironizó de nuevo.

Ella se soltó de un tirón y pasó por delante de él. Al toparse con Youngblood tras abrir la puerta, resopló y enfiló el pasillo. Odiaba su vida y sabía que todo el oro del mundo no bastaría para compensarla por tener que soportar a Alistair durante el resto de su existencia.

La coronación de Edmund no tuvo nada de grandioso.

Se celebró con una solemnidad extraña, casi apresurada, como si el obispo quisiera cerrar cuanto antes aquel incómodo tránsito, mientras la nobleza, apiñada bajo la bóveda del gran salón, estaba más pendiente de medir lealtades que de celebrar su ascenso.

Recreándose en el momento, el obispo ungió la frente de Edmund con óleo. Después alzó la corona con ambas manos. Aquella pieza de oro era magnífica. Menos ostentosa de lo que al de Mercia le habría gustado, aunque lo bastante pesada como para recordarle que gobernar Inglaterra no sería tarea fácil.

Alistair, rígido como una sombra clavada al suelo, contempló la escena mientras sentía cómo su futuro se desvanecía ante sus ojos: su tío se arrodillaba, inclinaba la cabeza y recibía lo que debería haber sido suyo.

Cuando se pronunció la última bendición, Edmund se puso en pie y se volvió hacia los nobles.

Entonces alzó el mentón con altivez. Los suyos levantaron las espadas y los vítores no tardaron en llegar, aunque muchos no brotaron con verdadero fervor.

Algunos nobles vociferaron con convicción; otros lo hicieron por mera conveniencia.

Los más prudentes se limitaron a seguir el clamor general, sin entregarse por completo.

Inglaterra cambiaba de manos sin haber terminado de comprender qué había perdido ni qué acababa de aceptar. Una vez más, el grito de «¡Larga vida al rey!» resonó entre aquellas paredes, pero lo hizo sin fuerza, desigual, sin un alma común.

Alistair no aclamó, aunque tampoco apartó la mirada.

Tenía el rostro inmóvil, casi hermoso en su frialdad antinatural, pero por dentro le ardía algo que no se parecía en nada al dolor.

Era mucho peor. Era rabia. Una rabia espesa, negra, humillante.

No por amar el trono con devoción, sino porque se lo arrancaban delante de sus narices para dárselo a otro, mientras él seguía allí, condenado a una existencia monstruosa que no había pedido.

Edmund llevaría la corona. Él, en cambio, tendría que abandonar el castillo antes de que su nueva naturaleza se volviera imposible de ocultar.

Edmund gobernaría a plena luz del día. Él quedaría condenado a la penumbra, a la sangre, a la obediencia, y a soportar a Herleva el resto de su maldita eternidad.

Apretó la mandíbula. No necesitaba mirar a su izquierda para saber que su fiel Youngblood se encontraba a pocos pasos.

Siempre vigilante, silencioso como un animal viejo que conoce bien cuando acecha el peligro.

Daba gracias por que aún siguiera en pie.

Él sería el único que sobreviviría a todos los que allí vociferaban por el nuevo rey. Pensarlo le arrancó una fugaz sonrisa.

A su lado, inmóvil, estaba Helmet. El vampiro rezumaba aquella serenidad irritante que solo poseen los seres que llevan siglos viendo caer reinos. Alistair se preguntó cuántos habría devorado en todo ese tiempo y cuánto tardaría en volver a verlo. Esperaba no tener que hacerlo jamás.

Miró alrededor, completamente asqueado. Comprobar que el nuevo rey era aceptado con tanta facilidad le revolvía las entrañas.

Aceptado.

Así de fácil.

Tan fácil como apartarlo a él, encerrarlo en una nueva condición en la que se veía obligado a guardar silencio. A obedecer. A desaparecer con docilidad para no empañar el curso de los humanos.

Decidió que se marcharía aquella misma noche o cometería el asesinato que le devolvería lo que nunca debió dejar de ser suyo.

Cuando la ceremonia concluyó, los grandes señores comenzaron a dispersarse en corros discretos.

El murmullo se extendió bajo las vigas de madera y entre los pilares de piedra.

Unos se acercaron a Edmund. Otros se retiraron con prudencia.

Nadie se detuvo junto a Alistair más de lo imprescindible.

Ya no sabían muy bien qué era. Príncipe, sí.

Pero también algo que escapaba a todo orden conocido.

Custodiada por dos soldados, Herleva se retiró a su alcoba, mientras él era incapaz de apartar la vista del lugar donde su tío había recibido la corona.

―Debería estar muerto ―susurró.

Helmet esbozó su inconfundible sonrisa.

―Bueno, vos ya lo estáis.

Alistair soltó una risa apagada.

―Buena apreciación.

―Os comprendo mejor de lo que creéis, pero sed prudente. Tenéis toda la eternidad por delante.

El inglés se volvió hacia él con la mirada furibunda.

―Respóndeme a esto: mi tío acaba de quedarse con lo que me correspondía mientras yo debo esconderme como una criatura maldita. ¿Cómo pretendes que me quede algo de cordura?

El Drăgoi unió los labios y elevó una comisura.

―Lo creáis o no, la cordura no os servirá de mucho ―dijo al fin.

―¿Lo he perdido todo y te burlas de mí?

―No. Aunque eso ya no importa.

Aquella respuesta solo consiguió enfurecerlo más.

―¿Ah, no? Mi padre está muerto. El trono le pertenece a mi tío. Debo abandonar el castillo. Y, por si fuera poco, tendré que soportar a mi devota esposa noche tras noche, hasta el fin de los tiempos ―escupió esas últimas palabras con desprecio―. ¿Eso no es perderlo todo?

Helmet le sostuvo la mirada sin pestañear.

―Lo creáis o no, lo que realmente habéis perdido es la ilusión de haber tenido alguna vez elección. Vuestro padre selló vuestro destino al condenaros a la vida eterna. Como muchos otros, no pudisteis elegir y ahora tendréis que soportar lo que os espera.

Alistair volvió a mirar al frente.

―No necesito un sermón.

―No es un sermón ―replicó el hijo de Mørket con voz grave―. Es un recordatorio.

―Ya sé lo que soy.

―No. Sabéis en qué os habéis convertido. No es lo mismo.

Aquella precisión lo irritó.

―Deja de hablarme como si fueras mi dueño.

Helmet entornó los ojos.

―Para nada. Tu dueño y señor es Abbadon. Yo solo estoy aquí para asegurarme de que entendéis cuál es ahora vuestro lugar.

Alistair dio un paso hacia él.

―¿Mi lugar? ¿Apartado de mi propia vida? ¿Viendo cómo otros se quedan con lo que era mío porque no debo intervenir en la Historia?

Una sombra cruzó el rostro del Drăgoi, tan leve que casi pareció no existir.

―Es nuestro deber.

El príncipe soltó una carcajada amarga.

―Eso es mentira y lo sabes. Por lo que ha llegado a mis oídos, lleváis siglos manipulando reyes, sembrando guerras y arrasando pueblos enteros cuando no convenían a los planes de Mørket, tu padre. No me hables de límites cuando vosotros jamás los habéis respetado.

En ese momento, Youngblood se acercó a ellos mientras Helmet sopesaba qué responderle a Alistair.

―Nunca he dicho que seamos inocentes ―replicó con una frialdad que helaba la sangre―. De todos modos, vos no podéis intervenir. Menos aún de la manera que deseáis.

―¿Y si matara a Edmund? ―preguntó el inglés en un susurro.

Youngblood alzó la cabeza de golpe.

―Ni lo pienses ―le advirtió el Drăgoi.

Pero Alistair ya no lo escuchaba. Tenía la vista fija en el vacío, como si aún viera a su tío arrodillado ante el altar.