Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 24. ¡UN COMBATE! #3
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24. ¡UN COMBATE! #3

El siguiente ataque fue aún más directo, esta vez en el abdomen. Lo forzó a caer de rodillas, con el cuerpo plegado sobre sí mismo mientras el dolor ascendía como una ola que le cerró la garganta y le nubló la vista, dejándolo suspendido en ese punto en el que la conciencia comienza a desvanecerse.

Estuvo a punto de ceder. Lo sintió con una claridad que le desgarró el alma.

Pero no podía abandonarse a la derrota sin más, no sin desangrarse hasta la última gota, no sin que todas las fuerzas hubieran dejado su cuerpo.

Sabía que su padre estaba jugando con él.

Una y otra vez sentía cómo le arrebataba la voluntad y, en el último momento, se la devolvía.

Aquello debía terminar. O luchaban en igualdad de condiciones o él mismo se rajaría la garganta.

Alzó la cabeza y volvió a mirarlo. Se obligó a ponerse de nuevo en pie sin saber de dónde sacaba las fuerzas.

―¿Temes que te gane? ―escupió con rabia.

―¿Ganarme? ―se mofó El Caído, bajando el mentón.

―¡Sí! ¡Deja de someterme y dame una oportunidad! ¿O es que me tienes miedo?

―Tú lo has querido.

Sin cambiar la expresión, Mørket lo golpeó de nuevo y volvió a lanzarlo contra el muro lateral. Un espasmo terrible le arrancó un sonido seco, involuntario, mientras la sangre brotaba de la herida que le había causado solo con sus manos. Tras caer al suelo, no podía moverse. Apenas si podía pensar.

Cuando logró enfocar de nuevo, lo vio acercarse. Esta vez llevaba la espada en la mano; la suya había quedado a su lado y estaba a solo alargar el brazo.

Ver la victoria en su rostro le removió el fuego de su espíritu. Su padre ya se sabía vencedor, y comprendió que no tendría otra oportunidad.

No podía resistir mucho más y menos vencerlo.

Pese a lo aturdido que estaba, oyó con claridad una voz en la mente. Esa voz le repetía dos palabras con insistencia: «¡Flanco derecho!». Desde el suelo no tenía muchas opciones, así que decidió hacerle caso a aquella voz, sabiendo que lo siguiente sería abandonar este mundo.

Solo le quedaba un intento y todo acabaría. De pronto, la idea de desaparecer le resultó demasiado atractiva como para no intentarlo.

Se incorporó a duras penas y avanzó cojeando. Aún le quedaban arrestos, pero la desigualdad era tan evidente que los guerreros de su padre ya ni lo miraban. Sabían lo que ocurriría a continuación.

Consciente de que aquello no era un ataque, sino lo último que le quedaba, murmuró para sí: «Si hay algo al otro lado, permíteme caer un poco más tarde».

Sin concederse un solo instante, se lanzó contra él con la espada en alto. Mørket lo interceptó con suma facilidad, sujetándolo por el cuello y levantándolo del suelo con un solo brazo, manteniéndolo suspendido mientras sus pies dejaban de tocar la roca.

―Esto es lo que eres, «hijo». ¡Nada! Ahora acepta tu destino. Me obedecerás hasta que decida separarte la cabeza del cuerpo.

Xerab trató de responder, pero el agarre brutal de su padre no se lo permitía. Desafiante hasta el último momento, no apartó la mirada.

Khalûn, al otro lado de la caverna, cerró los ojos. No quería presenciar la derrota de su señor. En ese instante de agonía, mientras la presión en su cuello aumentaba y la oscuridad comenzaba a cerrarse sobre los bordes de su visión, volvió a oír aquella voz: «¡Flanco derecho!».

Mørket entendió esa pérdida de tensión como rendición absoluta, así que reajustó la presión apenas un instante.

Fue suficiente. Xerab giró el cuerpo con las pocas fuerzas que le quedaban y alzó la espada desde un ángulo torpe, mal ejecutado, pero dirigido al único punto posible: su flanco derecho.

El filo rasgó sus ropas y la sangre brotó libremente. Apenas fue una fina línea, pero había logrado herirlo.

Mørket, colérico por lo que implicaba, lo soltó de golpe.

El joven cayó al suelo sin poder sostenerse, completamente agotado y con el cuerpo incapaz de responder.

―¡Maldito traidor! ―gritó Mørket, con el fuego recorriéndole de arriba abajo.

Arrodillado, Xerab apoyó las manos en la abrasadora piedra, intentando recomponerse. Por primera vez, se sintió reconfortado al sentir su sofocante calor. Poco a poco, volvió a ponerse en pie.

El silencio que envolvió la caverna valía más que mil reinos. Su padre lo observaba como si fuera a matarlo allí mismo, pero sabía que no lo haría. Le había dado su palabra y su soberbia jamás le permitía desdecirse.

Miró a Khalûn y sonrió abiertamente. No solo había logrado lo imposible, había cambiado el destino de todos los suyos.

Después, se volvió hacia su padre.

―No soy un traidor, soy tu hijo. Ahora cumple lo prometido.

―Tú y los tuyos sois libres. Pero no creas que esa libertad que tanto ansías no se verá empañada por la desgracia. Yo mismo me encargaré de que así sea.

―No esperaba menos de ti. Padre.

―Xerab.

Giró sobre sus talones y le hizo un leve gesto a Khalûn. Ambos notaron cómo el aire se enfriaba a medida que abandonaban la caverna del trono.

―Ve a por los nuestros. Partimos ahora mismo.

―Sí, Xerab.

Mientras él cruzaba las galerías rumbo al exterior, su general reunió a los guerreros con una urgencia feroz.

Regresaban a Venecia. Y, por primera vez, lo hacían sin llevar ningún tipo de cadenas.