24. ¡UN COMBATE! #2
―Ese no es el motivo. Sabes que he destruido reinos enteros en tu nombre. Ya he aniquilado suficientes almas para satisfacerte. Ahora exijo ser dueño de mi propio destino.
Khalûn apretó la mandíbula y continuó como llevaba haciendo desde que había pisado la caverna del trono: con la mirada fija en el suelo, sabiendo que las palabras de su señor los conducirían a la hoguera.
Mørket chasqueó de nuevo la lengua y avanzó un paso más, reduciendo cualquier distancia simbólica que pudiera quedar entre ambos, hasta situarse lo bastante cerca como para que, en otro momento, ese simple gesto hubiera bastado para imponer una obediencia inmediata.
―Tú no puedes decidir cuándo termina ―dijo con autoridad, sin elevar la voz―. Mírate, hijo. Incluso ahora sigues siendo incapaz de moverte sin esperar que sea yo quien te lo permita.
Xerab sintió esa presión con más claridad, como si cada palabra activara en su interior ese mecanismo antiguo que llevaba demasiado tiempo funcionando sin interrupciones.
Durante un instante fugaz, tan breve que apenas tuvo forma, el impulso de ceder apareció con la misma naturalidad con la que lo había hecho siempre.
No se movió. No podía.
Su padre lo había paralizado con una simple orden mental. Y aquello le resultó insoportable.
―¡Libérame ahora mismo! ―exigió sin poder moverse.
Su general se tensó y cerró los puños, pero no dijo ni hizo nada. Eso empeoraría la situación aún más.
―Mmm… No ―se recreó en pronunciar esa palabra―. Y voy a darte una lección que, créeme, no podrás olvidar durante el resto de tu existencia. ―Se dio la vuelta y regresó al trono.
―¡Un combate! ―gritó Xerab fuera de sí―. ¡Lucharé contigo!
Mørket mostró los dientes superiores, despreciando su desafío.
―No seas necio. No eres rival para mí, y yo no puedo morir. Sería una lucha poco atractiva y efímera. ―Entrecerró los ojos un instante antes de liberar su voluntad.
Al sentir que podía volver a moverse, el líder Neacșu avanzó un par de pasos hacia el trono, sin miedo y con el mentón alzado.
―Eso lo sé, padre, pero puedo intentarlo ―dijo sin pensar, con la rabia masticándole las entrañas―. Si consigo herirte con mi hoja, me dejarás libre. Si no, jamás tendrás que volver a imponer tu voluntad sobre mí. Te obedeceré hasta el fin de mis días sin cuestionar una sola orden.
Mørket ladeó la cabeza con parsimonia y lo evaluó en silencio, buscando un atisbo de vacilación.
No lo encontró.
―¿Osas desafiarme? ―escupió como un insulto.
―No me das otra opción. ¡Lucha conmigo! ―gritó ante todos.
Instintivamente, los guerreros de su padre se llevaron la mano a las armas, pero Mørket alzó la suya para detenerlos mientras una leve sonrisa cruzaba su rostro.
―Tus agallas no te servirán de nada, aunque tu insolencia merece el castigo que vas a recibir.
―Lucha conmigo, padre. ¡Me lo debes!
―¡Tú a mí no me das órdenes!
―¡Lucha conmigo! ―insistió, conociendo las consecuencias.
El joven vampiro sabía que aquellas palabras sellaban la condena de él y los suyos. Aun así, a esas alturas, la extinción resultaba preferible a la esclavitud perpetua.
Miró a su padre y comprendió que no iba a aceptar tan fácilmente.
Un dios no lucha con un ser inferior. Sin saber por qué, alzó la vista hacia la bóveda de la caverna, cerró los ojos un instante y rogó por ser libre.
No supo a quién se dirigía. Ni siquiera podía llamar plegaria a aquello.
Solo lo repitió una y otra vez hasta que vio cómo Ketî se removía en el trono.
Volvió la cabeza hacia Khalûn, esbozó una leve sonrisa y vocalizó una única palabra a modo de despedida: «Gracias». Después, enderezó la espalda y esperó que su muerte fuera rápida.
―Debería despellejarte ahora mismo ―dijo Mørket en un tono más conciliador, para sorpresa de todos.
Xerab inclinó la cabeza en señal de respeto.
―Lo sé, padre, pero quiero ser libre ―agregó sin ceder―. No sería tu hijo si no luchara por conseguir lo que considero mío.
―¿Eso crees? ¿Piensas que eso te hace como yo?
―Jamás tendré tu fuerza ni tu poder, eso es un hecho, pero no puedo dejar de intentarlo. Por mí y por los míos, por todo lo que hemos aniquilado en tu nombre, danos la libertad.
Las llamas de las antorchas se alzaron al mismo tiempo y el fuego bramó como si exigiera que aquel enfrentamiento tuviera lugar. ¿Una señal o una advertencia?
Mørket cerró el puño y golpeó con rabia la piedra ardiente del reposabrazos. Volvió a removerse en el trono antes de hablar.
―Está bien, Xerab. Si logras hacerme sangrar, dejaré que tú y los tuyos os marchéis. Pero si no lo consigues…
El de la casa Neacșu abrió ligeramente los ojos, sorprendido al oír que aceptaba su propuesta. Aguantó su mirada, tragó con fuerza y acabó asintiendo.
―Pero si lo consigo, me marcharé con los míos y no volverás a reclamarme ―añadió con voz clara y resolutiva.
Mørket lo observó con detenimiento antes de responder.
―Si lo haces, serás libre. Lo digo ante todos ―vociferó―. ¡Si mi hijo logra rozarme con su espada, será libre!
―¡Sí, amo! ―respondieron sus guerreros al unísono.
Xerab pensó que lo imposible había cobrado vida. Alguien había escuchado su plegaria ―esta vez sí se permitió llamarla de esa manera― y le concedía una oportunidad. Aun así, sabía que su muerte estaba cerca, aunque también la liberación que tanto ansiaba.
Asintió una vez más y se preparó para la lucha. No quedaba nada por decir. Y quizá tampoco convenía tentar a quien le había otorgado aquel milagro.
―Gracias, padre…
No hubo espera entre la última palabra y el primer puñetazo.
En el mismo instante en que Xerab terminó de asentarse sobre sus pies, Mørket ya había reducido la distancia que los separaba con una velocidad imposible de seguir con la mirada.
Lo que llegó después no fue un ataque en el sentido que cualquier guerrero habría reconocido, sino una descarga de fuerza pura que impactó contra su pecho con tal violencia que lo arrancó del suelo y lo lanzó contra la pared de roca como si su cuerpo no fuera más que un saco vacío, provocando que el poco aire que contenían sus pulmones saliera antes de que pudiera emitir sonido alguno.
El impacto no terminó ahí. La inercia lo arrastró casi cuatro codos contra la piedra caliente antes de dejarlo caer de forma desordenada.
Con la espalda todavía pulsando por la violencia del choque y el pecho incapaz de expandirse, el dolor comenzó a abrirse paso desde el centro del golpe hacia el resto del cuerpo, imponiéndose con una claridad brutal que no dejaba espacio para nada más que para la necesidad urgente de volver a respirar, de ensanchar los pulmones y encajar el pecho, ahora hundido.
―¡Levántate! ―gritó Mørket sin la más mínima piedad.
Aquella orden hizo que Xerab respondiera antes de que su mente pudiera intervenir. No fue obediencia, sino puro odio. Se incorporó con torpeza, apoyándose en una rodilla mientras obligaba a su cuerpo a recomponerse.
Apenas logró ponerse en pie cuando el siguiente puñetazo llegó sin avisar, esta vez dirigido al rostro.
El impacto le giró la cabeza con tal violencia que sintió cómo algo cedía bajo la piel.
La boca se le llenó de sangre, obligándolo a escupirla.
Otro golpe más en las costillas hizo que el mundo se inclinara durante un suspiro antes de que pudiera recuperar el equilibrio. El suelo volvió a recibirlo.
Sin concederle la menor tregua, Mørket comenzó a patearlo.
Xerab, aún en el suelo, rodó por puro instinto para evitar el siguiente impacto, que partió la roca donde había estado su cabeza un instante antes.
Se apartó lo más rápido que pudo impulsado no por la razón, sino por una necesidad que ni él mismo comprendía.
Se puso en pie, mal, inestable, pero lo suficiente para continuar. No lo hizo porque creyera tener una oportunidad, sino porque no tenía alternativa.
El nuevo golpe lo alcanzó en el costado antes de que pudiera acercarse lo suficiente y lo dobló sobre sí mismo.
La fuerza del impacto le recorrió el cuerpo de lado a lado.
Las piernas le cedieron durante un instante, pero logró sostenerse apoyando el peso hacia delante, obligándose a no caer ni a retroceder.
Debía seguir avanzando, aunque cada músculo reclamara lo contrario.
Mørket lo observaba con indolencia. Aquella espera, como si aguardara a que se rindiera de una vez por todas, fue lo que volvió insoportable la situación. No estaba luchando con él, sino humillándolo.