Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 24. ¡UN COMBATE!
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24. ¡UN COMBATE!

X erab miró a los suyos un largo instante antes de continuar el camino. Con Khalûn situado a su derecha, avanzó por el bosque, sabiendo que, al salir de esa espesura, la morada de su padre se vería a lo lejos.

Una marea de sentimientos encontrados lo forzó a reducir ligeramente la marcha.

Por un lado, estaba la costumbre. Los incontables años en los que lo había servido y venerado.

Por otro, esa necesidad casi dolorosa de dejar atrás las matanzas y la conquista de territorios lo estaba llevando a un punto de obsesión que ni él mismo comprendía.

La mueca de extrañeza de su general lo obligó a apartar esos pensamientos.

Continuaron hasta que, por fin, alcanzaron la gran explanada. Un ejército sin igual se extendía a los pies de Piatra Morții. Sonrió para sí. Su padre no había perdido el tiempo. Había duplicado sus filas, quizá triplicado.

Instintivamente, volvió la mirada hacia su primero.

―Esto no es bueno ―susurró Khalûn.

―¿Y cuándo lo es? ―respondió con ironía.

Los guerreros de Ketî los reconocieron y los escoltaron hasta la misma entrada de la roca.

Su cuerpo reconoció el lugar antes incluso de que la mente terminara de asumir dónde estaba.

Durante un breve instante, casi imperceptible, algo muy antiguo se tensó en su interior con la misma obediencia de siempre.

Aun así, pese a esa sensación familiar que ahora comenzaba a pesarle más de lo que esperaba, no se detuvo.

Aunque había descendido a aquella gigantesca caverna miles de veces, la piedra caliente, el aire asfixiante e incluso la forma en que el sonido de sus botas se deformaba a cada paso reforzaron su convicción de no volver a pisar aquel maldito lugar.

La idea de que había recorrido esa galería demasiadas veces avivó su determinación: debía seguir con su plan.

Estar siempre al servicio de su padre ya no era una opción.

Se imaginó el gesto que mostraría al descubrir que esta vez el resultado no sería el esperado.

Con total seguridad, ya le habrían informado de su llegada y estaría aguardando con impaciencia conocer el desenlace de la campaña mientras decidía hacia dónde marcharían los suyos, con suerte, al siguiente amanecer.

Recorrió el último recodo pensando en Kemet y en los cuerpos que había dejado atrás, en las órdenes que había cumplido sin cuestionarlas durante siglos.

Sin saber de dónde había surgido aquella sensación, sintió asco de sí mismo.

Todo el dolor que había infligido seguía ahí, acumulado en cada rincón de su cuerpo, adherido a él como una segunda piel que ya no podía arrancarse, pero que tampoco iba a seguir justificando ni aceptando.

Lo único que importaba era lo que venía ahora, y afrontaría las consecuencias de enfrentarse a él.

Khalûn caminaba detrás, en silencio, sin intentar siquiera buscar su mirada.

No era momento de mostrar debilidad ni camaradería alguna.

Sabía dónde estaban y lo que implicaba dejar ver el más mínimo atisbo de unión o aprecio por sus compañeros ante El Caído.

Eran guerreros, asesinos, aniquiladores. Y eso era lo único que debían ser.

Pese a todo lo vivido, un nudo de preocupación se le arremolinó en las entrañas. Mientras los suyos se desviaban hacia una caverna contigua para alimentarse, Xerab y él avanzaron hasta la principal. Él con la certeza de que no saldrían de allí de una pieza.

Mørket ocupaba aquel trono de piedra como si no hubiera existido nunca otro lugar para él. Elevado sobre una plataforma natural, parecía que la propia montaña lo hubiera moldeado a propósito para sostener su imponente envergadura.

Las paredes, cubiertas de antorchas que ardían sin consumirse, proyectaban una luz inestable que se mezclaba con los regueros de lava que descendían por las grietas de la roca.

Todo iluminaba la caverna con un resplandor vivo y sofocante, más cercano a la promesa de un castigo que a cualquier otra forma de calor.

Xerab avanzó hasta detenerse a una distancia media, lo bastante cerca como para no parecer temeroso, pero sin concederle esta vez la cercanía a la que lo tenía acostumbrado.

Mantuvo la espalda recta mientras alzaba la mirada hacia él, sin inclinar la cabeza, sin pronunciar palabra, consciente de que cualquier gesto innecesario sería interpretado como una forma de sometimiento que ya no estaba dispuesto a ofrecer.

Como parte de su propia naturaleza, como algo inscrito en la sangre que corría por sus venas desde el mismo instante en que había abierto los ojos, no mostró emoción alguna al encontrarse frente a él; sin embargo, por primera vez desde que tenía memoria, percibió con claridad una tensión, una resistencia que se le instaló en la base de la nuca, en la mandíbula y en cada músculo que, pese a su voluntad, parecía querer reconocer aún la autoridad de quien lo había creado.

Incluso yendo en contra de lo que era él mismo, no la aceptó.

―Has tardado más de lo que esperaba ―dijo Mørket al cabo de un momento―. En cuanto te alimentes, marcharás hacia el norte. Estoy formando un nuevo ejército…

Xerab no apartó la mirada.

―No voy a hacerlo, padre ―lo interrumpió sin titubear.

Ketî no respondió; se limitó a observarlo con detenimiento, con la fría atención de quien detecta un cambio inaceptable en algo que siempre había respondido sin cuestionarlo.

―No es una opción ―afirmó finalmente.

El líder de la casa Neacșu lo miró de nuevo, sin ceder.

―Lo es. Te lo aseguro.

El Señor de la Oscuridad no reaccionó de inmediato, pero en la forma en que mantuvo la mirada fija sobre él, sin parpadear ni moverse, como si estuviera midiendo algo que no terminaba de encajar con lo que tenía delante, quedó claro que aquella respuesta no había sido interpretada como una simple negativa, sino como una desviación intencionada de su deber.

Un deber que jamás tenía que cuestionarse.

Elevó el mentón y chasqueó una vez la lengua, un gesto que sin duda Abbadon había adoptado para imitarlo y ganarse su beneplácito.

―Así que no has regresado para informarme ―dijo finalmente con una calma que no suavizaba la situación, sino que acentuaba la sensación de que, como siempre, parecía ser capaz de leerle la mente.

Subió el labio inferior y esbozó una sonrisa extraña.

―¿Hasta dónde crees que puedes sostener lo que acabas de decir? ―añadió como una amenaza directa.

Una vez más, Xerab mantuvo los ojos fijos en él sin variar la postura, consciente de que cualquier gesto, por mínimo que fuera, podía entenderse como una vacilación que no estaba dispuesto a conceder.

Dejó que el silencio se alargara lo suficiente para que su respuesta no sonara a reacción, sino a algo que llevaba tiempo decidido.

―Sabéis que, desde que me creasteis, os he obedecido con fe ciega. Gozo del inmenso privilegio de ser vuestro tercer hijo, pero jamás ocuparé vuestro trono.

―Soy inmortal, hijo ―sonrió―. Ni tú ni ninguno de tus hermanos ocupará nunca lo que me pertenece. ―Dio varios golpecitos con el índice sobre el reposabrazos.

―Lo sé y, si os soy sincero, no lo quiero.

―¿No…? ¿Y qué es lo que quieres? Tu rostro me dice que estás a punto de pedirme algo. ¡Suéltalo de una vez! ―Su voz tronó en cada rincón del interior de la montaña.

―He venido a dejar de obedecer ―dijo sin elevar la voz― y a que lo aceptes. Me lo he ganado con creces. Mucho más que Helmet o incluso Abbadon.

En realidad, no hubo desafío en su tono, ni siquiera un mínimo rastro de rabia por haber aceptado cometer horrores en su nombre durante siglos. Tampoco rencor en sus palabras ni en su rostro, porque había abrazado su destino sin cuestionárselo. Hasta ahora.

Mørket descendió del trono con una lentitud premeditada, no porque sintiera calma, sino por lo contrario: algo en Xerab había llamado su atención de un modo que no terminaba de comprender.

Y eso resultaba inaceptable. Percibía en su hijo un matiz distinto, una alteración sutil que no encajaba con lo que siempre había sido, y en su mente se reafirmó la idea de que no pensaba tolerarlo.

A medida que acortaba la distancia entre ambos, fijó la mirada en él con una intensidad nueva, más atenta, como si tratara de identificar el origen de ese cambio antes de aplastarlo.

Cuando por fin se detuvo frente a él, impuso su envergadura, alzándose más de una cabeza por encima de Xerab, que aun así sobrepasaba ampliamente los seis pies.

―¿Me estás demandando la libertad?

―Así es, padre. Para mí y para todo mi ejército. Acepta mi petición. Ya ha llegado el momento de que encuentre mi propio camino.

Ketî volvió a esbozar una sonrisa. Esta vez siniestra.

―Aceptar tu petición implica que tienes algo que ofrecer a cambio ―respondió, avanzando un paso más―. Y tú no tienes nada.

Xerab soportó la incómoda cercanía sin retroceder, notando de nuevo cómo esa tensión que le nacía en la base de la nuca y descendía por la mandíbula seguía ahí, intacta, recordándole lo que había sido y lo que, en otro momento, habría seguido siendo sin cuestionarlo.

―No he venido a ofrecer nada ―replicó―. He venido a pedir lo que merezco. Lo que los míos se han ganado con creces: ser libres. Tienes a miles de guerreros sirviéndote. Ya no me necesitas. Ni yo a ti.

Desde su colosal altura, Mørket lo observó con mayor detenimiento, inclinando levemente el rostro, como si aquella respuesta hubiera alterado el orden natural. Algo no terminaba de encajar con lo que conocía y esperaba de un siervo. Y, para él, Xerab no era más que eso.

Durante unos instantes no dijo nada, dejando que el silencio y la tensión hicieran mella en su hijo sin necesidad de recurrir a la fuerza.

―Has cumplido cada orden que te he dado ―continuó al fin―, has llevado mi voluntad más allá de donde ningún otro habría llegado, ni siquiera tus hermanos; has destruido todo aquello que se te ha señalado sin preguntar, y ahora pretendes decidir que todo eso ha terminado.

¿Por qué? ¿Acaso te resulta incómodo seguir haciéndolo?

El líder Neacșu no desvió la mirada.