Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 23. NOS EMPUJA AL ABISMO
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23. NOS EMPUJA AL ABISMO

A lana caminó hacia la proa con un ritmo lento, como si cada paso le pesara más que el anterior.

No era cansancio físico; era otra clase de carga, una que el descanso no lograba aliviar desde hacía semanas.

Una vez más, miró al horizonte, que llevaba contemplando desde antes de que la luz comenzara a imponerse.

Apenas había dormido. No podía. Cada vez que cerraba los ojos, el balanceo del barco la hacía confundir las paredes de su camarote con otro lugar.

Con otra ciudad. Con otro latido. Uno antiguo.

Lejano. Desconocido y familiar al mismo tiempo.

La visión no estaba clara, y el rostro que su mente le mostraba aún no tenía nombre.

Siguió avanzando mientras la madera húmeda cedía ligeramente bajo sus botas.

Se detuvo al llegar al extremo del navío y apoyó las manos en la borda.

El viento le apartó el cabello del rostro con brusquedad, obligándola a entrecerrar un poco los ojos.

No retrocedió. Permaneció allí, enfrentándose a la línea incierta donde el mar y el cielo se confundían.

Desde la popa, algunas miradas se posaron en su figura. No necesitaba volverse para saberlo. Sentía las dudas de cada uno de aquellos que habían decidido seguirla, su confianza y también su miedo.

Inspiró hondo. La sal le raspó la garganta. Calais los aguardaba, y más allá alguien, a quien le era imposible nombrar sin que le doliera el corazón y el alma, la esperaba con desesperación.

Thyra, que la observaba desde cierta distancia, le susurró unas palabras a Oscar al oído antes de acercarse a ella.

Empezaba a comprender que, aunque Alana aparentara serenidad, lo que la envolvía no era paz, sino aceptación.

La lucha no se libraba afuera, sino bajo su piel…

y estaba segura de que la estaba consumiendo por dentro.

―¿Has podido dormir algo? ―dijo la princesa en voz baja.

La inglesa no apartó la vista del horizonte.

―Casi nada.

En ese momento, Nîga subió a cubierta. Las buscó con la mirada y avanzó sorteando las gruesas cuerdas que los marineros soltaban con premura.

Al llegar junto a ellas, se apoyó en la borda, de espaldas al mar, y las observó un instante como si pudiera descifrar en sus rostros lo que aún no se habían atrevido a decir.

―¿Has podido dormir algo? ―preguntó lo mismo que la errante.

Thyra y Alana sonrieron al mismo tiempo por su elección de palabras.

―No mucho.

―Has tenido una visión mientras dormías ―dijo con seguridad.

La inglesa asintió despacio.

―Así es. No ha sido clara, pero sí he podido sentirla en mis carnes, en los huesos…

―Se llevó la mano al antebrazo y lo recorrió de arriba abajo―.

He visto una ciudad sobre las aguas, envuelta en sombras.

Allí vislumbro un rostro que no para de perseguirme.

No lo reconozco, y aún no se me ha revelado quién es. Aunque…

―No te detengas ―la animó Thyra.

―Por muy extraño que parezca, percibo una conexión muy fuerte entre él y yo ―añadió la Elegida―.

Siento que algo se ha resquebrajado en su interior, pero no es cualquier herida.

Es una profunda y dolorosa que se va abriendo conforme avanzan los días.

A pesar de todo el mal que ha sembrado esa alma, un hilo invisible lo mantiene aferrado a la vida con una obstinación que no encaja con lo que es.

Lo he visto debatirse entre el peso de su sangre y el deseo de librarse de ella.

―¿Crees que es un vampiro? ―susurró Nîga, incrédula.

―No lo sé. No puedo asegurarlo.

―Si es un vampiro ―prosiguió la Drăgoi―, dudo mucho que quede algún vestigio del hombre que fue. En nosotros no sobrevive nada.

La joven la miró y el brillo en sus pupilas fue suficiente.

―Difiero ―dejó entrever una sonrisa―. Sin embargo, tengo la sensación de que él es la clave para llegar hasta Yngvar y Erke.

Thyra colocó su mano en la de ella.

―Creo que deberías esperar a tener una visión más clara.

―Pienso lo mismo ―afirmó Nîga.

―No queda otra; aún no sé qué debemos hacer. De momento, lleguemos a puerto. Estoy convencida de que ahí se me dará una respuesta.

El segundo día en el mar amaneció muy distinto.

El aire cambió de pronto. Se volvió más denso, más cargado, como si algo invisible estuviera acumulando fuerza sobre sus cabezas.

Los marineros lo notaron antes que nadie.

Dejaron de bromear, miraron el horizonte con ojos llenos de preocupación y comenzaron a recoger aparejos sin que el capitán tuviera que dar la orden.

El cielo, que hasta entonces había sido una enorme manta gris plomiza, empezó a ennegrecerse sobre ellos.

Alana lo sintió en la sangre incluso antes de que cayera la primera gota. Aquel rostro que la había acompañado desde el alba anterior regresó durante un instante: apenas una línea de mandíbula, unos ojos que no alcanzaba a distinguir. Siempre a punto de revelarse. Siempre incompleto.

A media tarde, el viento giró con fuerza, como si quisiera impedir que avanzaran.

Y eso fue justamente lo que ocurrió. Las velas se tensaron hasta crujir como si fueran huesos forzados.

Cuando la tormenta estalló, lo hizo sin medias tintas.

El mar se levantó en oleajes bruscos que golpearon el casco con una violencia que hizo gemir la madera.

La lluvia descendió en cortinas densas, empapándolo todo sin piedad.

La nave se inclinó peligrosamente hacia estribor, y varios de los suyos tuvieron que aferrarse a lo primero que encontraron para no caer.

―¡Recoged trapo! ―rugió el capitán.

Nubes negras, bajas y densas, engulleron la poca luz que quedaba. El primer trueno estalló demasiado cerca, y el temor se propagó por la cubierta sin necesidad de palabras. Vampiros, errantes y humanos trabajaron codo con codo para mantenerse a flote.

Thyra, con el cabello pegado al rostro por la impía lluvia, alcanzó a Alana antes de que una ola rompiera contra la borda.

―¡Hay que bajar a cubierta!

―¡Debo ayudarlos!

Oskar, Bălan y Soren, que se encontraban en el otro extremo del barco, corrieron hacia ellas.

―¿Dónde está Asvoria? ―gritó el exgeneral.

―¿Y Nessa? ―preguntó el otro vampiro.

Nîga, empapada ya por el aguacero que comenzaba a caer como si el cielo se hubiera rasgado, llegó hasta ellos como pudo.

―¡Alana, baja a cubierta, ellos se encargarán!

―¿Has visto a Asvoria y a Nessa? ―insistió el ex-Ursu.

―Las he obligado a bajar. ¡Ahora salvemos a Alana!

Aquella orden despertó en todos el instinto de protección hacia la Elegida. Pese a ser la más fuerte a bordo, ninguno dudó en que ella era la única que debía sobrevivir en el caso que el resto pereciera.

A regañadientes, la inglesa aceptó adentrarse en las entrañas del barco.

―¡Esto parece obra de Mørket! ―gritó Nîga detrás de Thyra mientras se sujetaba como podía a la barandilla para bajar los escalones―. Esta tempestad nos retrasará por lo menos un día ―vociferó para que su voz se oyera por encima de los truenos.

A duras penas, las tres lograron descender la escalera y corrieron a resguardarse junto a las otras errantes.

Las cuatro tenían el rostro demudado por el fuerte vaivén.

El padre León, cerca de ellas, mantenía los ojos cerrados mientras aferraba el bolsillo de su chaqueta, intentando proteger lo que guardaba en su interior.

La tormenta fue un suplicio. Azotó el barco hasta que perdieron toda noción de cuanto los rodeaba.

El mar se alzaba en muros oscuros. El casco crujía bajo cada embestida.

Pese a que ambos bandos ayudaron a los humanos para lograr mantenerlos a flote, más de uno creyó que no volverían a ver tierra.

Ninguno pudo pegar ojo en toda la noche.

Cuando por fin comenzó a amainar, la luz del amanecer cayó sobre un mar exhausto y una tripulación que lo estaba aún más.

El barco continuaba balanceándose de forma irregular, pero los rostros de los marineros ya no formaban en sus frentes líneas marcadas de inquietud.

Habían perdido mucho más tiempo del previsto.

Todos lo sabían, aunque nadie lo mencionó en voz alta.

La última noche antes de alcanzar tierra se extendió larga y espesa. Algunos intentaron descansar, otros permanecieron en cubierta, incapaces de entregarse al sueño tras horas de tensión.

Alana volvió a situarse en la proa. El cielo se había despejado, pero la oscuridad era más profunda tras la tormenta que los había retenido a propósito el día anterior. Estaba segura y no le quedaba más remedio que aceptar que todo debía ocurrir a su debido tiempo.

Miró las aguas. Estas apenas reflejaban la luz de unas pocas estrellas que habían logrado abrirse paso entre los restos de nubes.

Cerró los ojos un instante. De pronto, el mar y el barco desaparecieron.

Sintió piedra bajo los pies. Piedra antigua, húmeda, asentada sobre agua que golpeaba de forma constante contra sus cimientos.

Escuchó campanas lejanas cuyo sonido no parecía del todo humano.

Entonces, una torre se alzó ante ella, más nítida que cualquier otra revelación que hubiera contemplado jamás.

El rostro que tanto la perseguía había dejado de ser una sombra.

Esta vez lo vio con claridad: era el tercer hijo de Mørket, Xerab.

Inmersa en la visión, pudo percibir que no había crueldad abierta en sus rasgos, pero tampoco quedaba en él rastro alguno de inocencia.

En cambio, había desgaste. Una tensión continua, como la de alguien que ha obedecido demasiado tiempo y comienza a preguntarse por qué.

Aquel conocimiento la atravesó de lleno.

Abrió los ojos de golpe. El mar volvió a estar frente a ella. El barco se balanceaba bajo el viento, ahora más suave. Pero dentro de sí, algo había encajado por fin.

Nîga y Thyra la observaban desde una distancia prudencial. La Elegida había pasado casi toda la jornada en silencio y ambas estaban preocupadas por ella. La errante percibió enseguida un cambio brusco en su expresión y tiró de la vampira para acercarse.

―¿Qué ocurre, Alana? ―preguntó la princesa.

La inglesa tardó un momento en responder. Necesitaba ordenar en su mente lo que acababa de comprender y lo que aquello implicaba para cuantos la acompañaban.

―No vamos solo a rescatar a Yngvar y Erke.

Nîga se volvió hacia ella.

―¿Qué quieres decir?

Alana las miró con determinación.

―Me ha sido revelado el rostro de quien me ha estado persiguiendo desde que partimos. Ya sé quién es. Y sé dónde está.

La errante y la Drăgoi se miraron. Mientras esperaban que la joven inglesa respondiera, el mar golpeó suavemente el casco.

―¿Quién es? ―Thyra la instó a hablar.

―Xerab de la casa Neacșu, el tercer hijo de Mørket.

Las dos se quedaron inmóviles con el rostro lívido.

―Después de Calais ―continuó― iremos a Venecia en su busca.

Nîga formó al momento una mueca de rechazo.

―¡No! ―dijo fuera de sí―. Cualquier retraso es inaceptable. Si los descubren, morirán. ¿Lo entiendes? Han pasado semanas…

―¡Claro que lo entiendo, Nîga! ―la interrumpió Alana―. Créeme, entiendo perfectamente tu frustración, pero es necesario que demos con él antes de que sea demasiado tarde. Si no, perderemos mucho más que una posible ventaja. Perderemos la única oportunidad de que…

―¿De qué? ¡Por todos los cielos! ―la cortó Nîga, alzando la voz.

―Yo opino como ella ―intervino Thyra―. ¿Xerab? Sé que ÉL ve lo que nosotras no vemos, pero no ha existido peor enemigo para los errantes que El Enviado. Creo que nos empuja al abismo. Te garantizo que, si nos encuentra, no veremos otro amanecer.

El rostro de Alana se ensombreció.

―ÉL no nos sacrificará antes de tiempo. Podéis estar seguras. No diré nada más. Cuando llegue el momento, ambas conoceréis el motivo.

Nîga, cansada de tanto misterio, se dejó caer hacia atrás y apoyó los antebrazos en la borda.

―No importa lo que desees o creas, Alana. Xerab jamás será nuestro aliado. Si piensas que sí, estamos en un grave problema.

―Una vez más olvidas que no es lo que yo piense o crea, es lo que ÉL decide ―respondió cortante―. Confiad en el camino que nos traza o volved al campamento. No volveré a justificar lo que me pide.

Aquellas palabras quedaron suspendidas entre las tres. O estaban a su lado, o debían apartarse.

―Nací para protegerte; no podrás deshacerte de mí ―añadió Thyra, suavizando el gesto.

La joven inglesa esbozó una leve sonrisa.

―Y yo para salvarte la vida ―bromeó Nîga.

El peso de lo dicho se disipó entre ellas.

―No creo que vaya a decir esto ―prosiguió la Drăgoi―: si lo primero que debemos hacer es encontrar a Xerab, ¿cuándo podremos ir a por ellos?

―En la visión no solo he visto su rostro, he sentido sus dudas, cansancio y hastío. Se me ha mostrado a un hijo de Mørket que ya no quiere obedecer. Y eso puede cambiarlo todo.

Thyra tensó la mandíbula.

―Alana, eso no lo hace menos peligroso.

―Desde luego que no ―concedió―. Lo hace impredecible.

El sol comenzó a elevarse, tiñendo el agua del color del oro viejo. Nîga dio un paso para acercarse más a ellas.

―¿Es completamente necesario para encauzar nuestro camino para llegar hasta Yngvar y Erke?

Alana no dudó.

―Así es.

―Entonces, vayamos a Venecia ―sentenció la Drăgoi.

El viento arrastró el silencio que quedó después.

Ninguna volvió a decir nada. El mar, ajeno a todo, siguió moviéndose sin descanso bajo ellas.

Las tres miraron al horizonte. Sabían que el rumbo de sus vidas ya no les pertenecía e, incluso así, lo aceptaban.

Porque lo que las aguardaba no dependía de su voluntad, sino de la de ÉL.

Y cuando llegara el momento, ya no habría duda ni marcha atrás.

Menos aún salvación para quienes se interpusieran en su camino.