22. PARTIMOS AL ALBA #3
Dos días después, el estandarte de Wessex se divisó mucho antes de que el ejército alcanzara las murallas.
El sonido acompasado de cascos y acero anunció la llegada de Edmund con una solemnidad que el castillo no recordaba desde la muerte del rey.
Alistair aguardaba en el patio, erguido pese a la ira que sentía en su interior.
A su lado, Helmet permanecía inmóvil, observándolo todo sin intervenir.
Las puertas se abrieron y la columna penetró en el patio de armas. Edmund desmontó con gesto grave. La guerra había dejado surcos en su rostro, pero su mirada conservaba firmeza.
―Sobrino ―saludó con voz baja.
Alistair inclinó la cabeza.
―Tío… Lamento que hayáis tenido que regresar en circunstancias tan amargas.
El silencio que siguió fue denso. Edmund buscó en el semblante del príncipe algún atisbo de duda.
―He leído vuestra misiva una y otra vez, y aun así me cuesta dar crédito a lo ocurrido ―dijo al fin―. Vuestro padre cayó con honor, de eso no tengo duda.
El nombre del rey quedó suspendido entre ambos. Alistair apretó los dedos con una serenidad forzada, mientras el impulso de golpear a su tío le ardía en la sangre.
―Mi padre es irremplazable ―soltó sin apartar la mirada―. Y os aseguro que murió con honor. Entremos en el que pronto será vuestro hogar.
Aquella declaración sonó más a advertencia que a cortesía. Alistair ignoró a Helmet, aunque le fue imposible no percibir la curvatura felina de su sonrisa mientras avanzaba un paso por detrás.
Al llegar a la sala del trono, la tensión se hizo palpable.
Por derecho de nacimiento, el sillón le pertenecía al príncipe, pero su renuncia había alterado el orden natural de la sucesión.
Por supuesto, Edmund no dudó en sentarse en el lugar que su sobrino le había cedido para su sorpresa y la de todos los suyos.
―Bien ―dijo el de Mercia―, nunca imaginé estar aquí sentado; sin embargo, no podemos dejar a Inglaterra sin rey.
El tono y la expresión de su tío hicieron que Alistair deseara su muerte. El vampiro pareció leer sus pensamientos, puesto que se acercó a su lado y le susurró para que solo él pudiera oírlo:
―Haz lo que me has prometido.
El príncipe miró al Drăgoi con rabia. Apretó la mandíbula y le hizo un gesto al «No Muerto» para que los suyos arrebataran la voluntad a los consejeros presentes.
Entonces, Alistair se acercó a su tío.
―Estoy herido de muerte. No morí en la batalla con mi padre, pero me queda poco tiempo de vida.
Me han examinado varios curanderos y ninguno puede salvarme.
Voy a morir y quiero pasar mis últimos días junto al mar.
No te opondrás a mi marcha. Es más, me desearás una muerte tranquila y me recordarás como el verdadero rey de Inglaterra.
Helmet frunció el ceño y carraspeó.
―¿Alistair…? ―dijo con un tono de advertencia.
El joven soltó un improperio y retocó su discurso.
―Estoy herido de muerte. No morí en la batalla con mi padre, pero me queda poco tiempo de vida.
Me han examinado varios curanderos y ninguno puede salvarme.
Voy a morir y quiero pasar mis últimos días junto al mar.
No te opondrás a mi marcha. Es más, me desearás una muerte tranquila y me recordarás siempre.
Helmet no apartó los ojos del príncipe. Sabía que Edmund aceptaba aquellas palabras porque algo más fuerte que la lógica lo empujaba a creerlas.
En cuanto Alistair lo despertó del trance y los Drăgoi hicieron lo propio con el resto, Edmund lo miró con pesar.
―Lamento mucho vuestra situación, sobrino.
―Os lo agradezco, tío ―replicó el joven, fingiendo una serenidad que no sentía―. El trono es vuestro. Es lo que mi padre habría querido.
―Jamás quise arrebatároslo ―murmuró el que sería el nuevo rey.
―No me arrebatáis nada, os lo aseguro ―dijo y se mordió la lengua, intentando no sucumbir al deseo de hundir los colmillos en su garganta―. Tras la coronación, abandonaré el castillo.
Su tío tardó unos instantes en responder.
―Si esa es vuestra decisión, la aceptaré.
Alistair retrocedió un paso y, sintiendo cómo si el mismo fuego de las chimeneas del gran salón le abrasara las entrañas, añadió:
―Es mi decisión. Solo os pido que la coronación se celebre sin demora. Después, como acabo de deciros, abandonaré el castillo. No seré un obstáculo.
El de Mercia asintió, convencido de que actuaba únicamente por compasión y no por influencia ajena. El príncipe miró a Helmet, quien le devolvió un leve gesto de aprobación.
―Ahora voy a retirarme a mis aposentos, tío. Iré a anunciarle a mi esposa que, tras la coronación, podremos marchar hacia la costa.
―Como deseéis. Espero tener el placer de conocerla en la cena.
―Por supuesto. Mi rey… ―añadió, inclinando la cabeza.
Se dio la vuelta y salió de la sala del trono con la ira recorriéndole todo el cuerpo.
―Maldito bastardo ―susurró, dejando que las palabras rozaran únicamente los oídos de Helmet.
El vampiro no mostró emoción alguna, pero no pudo evitar preguntarse si detrás de la renuncia que le había impuesto a Alistair también estaba la mano de Abbadon… y no solo la suya.