Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 22. PARTIMOS AL ALBA #2
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22. PARTIMOS AL ALBA #2

Thyra se volvió hacia su hermana y sintió que se le cerraba la garganta.

Apenas lograba asimilar que su pareja designada fuera un vampiro, pero el modo en que Asvoria se aproximó al exgeneral Ursu, cómo entrelazó sus dedos y la intensidad con la que ambos se miraban la devolvieron al instante en que Oskar le confesó su amor antes incluso de su sjelevenner .

ÉL no se equivocaba. Si había decidido unirlos, era porque así debía ser.

Dejó escapar un suspiro y caminó hasta situarse junto a Alana.

―Vampiros, tvillinger, skyggene, errantes…

―comenzó Thyra con la firmeza de quien asume el peso de la guerra y está dispuesta a cargarlo hasta las últimas consecuencias―.

Aquí y ahora se acaban las dudas. Somos un único pueblo.

―Volvió a clavar la mirada en cada uno―.

¿Me oís? En Su nombre, y porque así está escrito.

¡Guerreros, preparaos! ¡Partimos al alba!

Aquella orden no solo sorprendió a la Elegida, que se quedó inmóvil un instante, sino a todos los presentes. Con esas palabras unificaba las cuatro razas y ponía de manifiesto que ya no había vuelta atrás.

Bêwestan fue la primera en responder.

―Al alba, princesa. ―Inclinó la cabeza, acatando su decisión.

Qiloçker la imitó sin vacilar.

―¡Al alba! ―repitieron los demás.

La reunión se dio por concluida y muchos abandonaron la tienda para preparar la partida. Thyra susurró algo al oído de Oskar y se apresuró a reunirse con Alana y Nîga.

―No sabía que podías tener tanto… arrojo ―se burló la vampira.

―¡Cierra la boca, descarada! ―protestó la errante.

―¿Has sido tú o…? ―susurró la inglesa.

―He sido yo, Alana. Yo creo en nosotros. En esta extraña unión que me ha dado una hermana vampira ―dijo, ofreciéndole la mano; Nîga se la estrechó sin vacilar― y una humana. ―Brindó la otra a Alana.

―No sé cuántas veces voy a tener que repetirlo: ya no soy humana, Thyra ―la corrigió.

―De acuerdo. Pues eres una joven buena y valiente. ¿Te parece mejor así?

―¿Buena? No lo creo. Estoy dispuesta a matar, y eso sé que me cambiará para siempre. Ya no sé lo que soy, solo lo que debo hacer.

―Entonces intentaré recordarte quién eras, la muchacha que yo conocí antes de que todo empezara.

―Esa muchacha ya no existe ―se lamentó.

―No. Ella sigue dentro de ti.

―¿Tú crees?

―Alana, yo no pude conocerte antes de… ―Nîga se interrumpió al recordar, con amargura, que fue ella quien la transformó en vampira―. Pero puedo decirte, sin miedo a equivocarme, que eres el alma más pura que he conocido. Por eso ÉL te eligió.

―Os quiero a las dos. Dejemos esto atrás. Quiero despedirme de mis padres y de Wade.

En ese momento, el padre León se acercó. No se había pronunciado en la reunión, pero necesitaba aclarar algo con Alana antes de partir.

―León… ―lo saludó Nîga.

Thyra y la Elegida asintieron al verlo.

―Alana, he de hablar contigo.

Ella les sonrió a ambas y se despidieron.

―Bien, padre, ¿qué necesitas?

―Nada, solo confirmarte que tengo lo que me pediste.

―Deberás protegerlo con tu vida ―afirmó la inglesa―. No sé si nos veremos obligados a luchar, pero procura mantenerte al margen, a menos que no quede otra opción.

―Así lo haré. ¿Te has despedido de tu familia?

―Iba hacia allí. Padre…

―¿Sí…?

―No veo el camino completo. Apenas alcanzo a distinguir el siguiente paso. Me aterra equivocarme, confundir señales o incluso tomar decisiones que alteren el resultado que ÉL espera.

―ÉL no te pide que temas, te pide que confíes. Si yerras, es porque así debía ser.

―Eso no tiene sentido, León.

―No busques ni exijas sentido a Su camino, Alana. Solo avanza hasta que el final se revele.

―¿Y si no llego a tiempo? ―susurró, con los ojos brillantes, angustiada solo de pensarlo.

En realidad, aquella pregunta escondía su mayor temor: la posibilidad de perder a Yngvar.

―No puedo responderte a eso, pero te aseguro que haré todo lo que esté en mi mano para evitarlo.

Alana le sonrió. No pudo reprimirse y lo abrazó. Tras despedirse, caminó hacia la tienda de sus padres. De nuevo debía decirles adiós, y cada vez le resultaba más difícil alejarse de ellos.

A medio camino, Borg la detuvo. Necesitaba hablar con ella. No comprendía por qué no había sido elegido para acompañarlos en el rescate de Yngvar. La joven lamentó sinceramente que no fuera con ellos, pero nada podía hacer al respecto. Aquella decisión no estaba en sus manos.

Al atardecer del segundo día, la comitiva divisó por fin las luces del puerto. Richborough emergía junto al mar, con su silueta recortada contra la negrura de las nubes que cubrían el cielo. El murmullo del oleaje y el olor salobre les llegó con el viento, mezclado con el crujido de las amarras.

Descendieron hacia los muelles procurando no llamar la atención más de lo imprescindible, aunque una partida armada, por reducida que fuera, nunca pasaba desapercibida del todo.

Tras averiguar qué embarcaciones pensaban zarpar antes del alba, Oskar se ofreció a acompañar a Annikan y a Seren a la taberna para cerrar el trato.

Al cruzar el umbral, se abrieron paso entre marineros ebrios que hablaban de demonios surgidos en la noche para robar la sangre a los desprevenidos.

Finalmente dieron con el patrón del navío que les habían señalado.

El capitán alzó la vista de su jarra de ale cuando la enorme sombra del errante se proyectó sobre la mesa, al amparo de las antorchas que apenas lograban domar la oscuridad del lugar.

―Nos han informado de que zarpáis hacia Calais antes del anochecer. Los míos y yo precisamos pasaje en vuestra nave.

El hombre negó sin siquiera levantarse. Tomó la jarra y apuró su cerveza.

―No zarpo hasta el alba.

Annikan se acercó a la mesa sin apartar la mirada del capitán.

―Zarparéis ahora.

No hubo amenaza en su tono, solo una determinación que no admitía réplica. Dejó una bolsa sobre la mesa, convencida de que el sonido del metal al caer bastaría para sellar el acuerdo.

Al percibir la urgencia del grupo por partir, el capitán trató de sacar aún más provecho del trato y exigió más monedas de manera velada.

―El mar está revuelto.

―Basta con que la nave se mantenga a flote ―replicó la gemela, dejando otra bolsa casi del mismo tamaño.

El cálculo cruzó por los ojos del hombre y sonrió. Sé limpió la boca con la manga de la camisa y se puso en pie.

―¿Nos vamos?

Mientras los hombres se afanaban en dejar el barco listo, el grupo aguardó sin dispersarse. Nadie bromeó ni dijo un comentario fuera de lugar. Permanecieron alerta, con la mirada fija en los alrededores, como si incluso allí, en tierra firme, algo pudiera salir de entre las sombras.

Asvoria contempló el agua oscura, recordando la terrible travesía que habían tenido años atrás para llegar al puerto.

―¿Tienes miedo? ―le preguntó Bălan en voz baja.

Ella tardó un momento en responder.

―No. Pero tampoco me creo invulnerable.

Él asintió. Conocía bien lo traicionero que podía volverse el mar.

―Mejor así.

Desvió la vista hacia el horizonte y formó una mueca de disgusto.

―¿Qué ocurre? ―quiso saber la errante.

―No será una travesía sencilla.

―¿Tratas de asustarme? ―replicó, dibujando una tenue sonrisa.

―No.

Una fina línea se dibujó en la frente de Asvoria. Esta vez no sonreía. Él advirtió al instante que algo no iba bien.

―No tienes de qué preocuparte. Te protegeré con mi propia vida ―aseguró el vampiro, sin dejar de mirarla.

―Quizás sea yo quien termine salvándote. Ante todo, soy una errante, una guerrera. Y sé luchar mejor de lo que crees.

Él acabó sonriendo.

―Entonces procuraré no enfadarte. No quisiera descubrirlo de la peor manera.

―Haz por no colmar mi paciencia y todo irá bien.

Ambos intercambiaron media sonrisa antes de encaminarse hacia la popa. A unos pasos de ellos, Nîga permanecía apoyada en la borda, con la vista fija en las aguas. Bêw se inclinó hacia Qil para susurrarle algo al oído. Después, se dirigió hacia su hermana Drăgoi.

―Espero que estos apestosos humanos sepan lo que hacen. El mar no perdona descuidos ―murmuró Bêw con la esperanza de poder empezar una conversación.

―Y, con suerte, puede tragarse a los traidores ―replicó Nîga.

El intercambio fue breve, pero suficiente para darle a entender a Bêwestan que aún era pronto para un acercamiento.

Cuando el barco se separó del muelle, las luces de Richborough comenzaron a diluirse hasta convertirse en un temblor lejano.

En cuanto la costa quedó atrás, Alana apoyó las manos en la borda y mantuvo la mirada en la oscuridad abierta ante ellos.

Calais los aguardaba. Y más allá, en alguna parte, Abbadon retenía a Yngvar y a Erke.

Nîga se situó a su lado.

―Ya no hay vuelta atrás.

La Elegida no apartó los ojos del horizonte.

―Nunca la hubo.

Detrás de ellas, los suyos comenzaron a agruparse sin que nadie lo ordenara. No era confianza ciega, pero sí una decisión firme: no apartarse unos de otros. La nave se internó en la noche y, con ella, sus caminos quedaron unidos de un modo que ya no podría deshacerse jamás.