22. PARTIMOS AL ALBA
E n cuanto los presentes vieron entrar a los tres, guardaron silencio.
Eirik, aunque estaba poniendo todo de su parte, se tensó de inmediato ante los dos Drăgoi.
La Elegida no cambió la expresión de su rostro, procurando no restar importancia a la incomodidad del rey.
Entendía lo difícil que les estaba resultando aceptar que sus acérrimos enemigos compartieran ahora su techo, pero había llegado el momento de avanzar y no quedarse anclados en el pasado.
Buscó con la mirada a quienes esperaba ver juntos y se tranquilizó al encontrarlos uno al lado del otro.
Ya solo faltaba cerrar algunos flecos y podrían partir.
Antes de llegar a ese punto, se obligó a pedirles a Thyra y a Nîga que le relataran, y esta vez con mayor detalle, todo lo ocurrido en el castillo.
Temía haber pasado algo por alto, pero ambas confirmaron lo ya dicho: que Helmet, Gunnar y Dorek partirían hacia el campamento en el plazo de dos semanas, tras la coronación.
―Alana, ya no podemos demorarlo más ―exigió Nîga, que estaba cerca de tomar la decisión de ir ella sola a rescatar a Erke.
―Lo sé. Partiremos mañana.
La Drăgoi cerró los ojos un instante y dejó escapar un suspiro de alivio. Eirik, sin apartar la vista de ella, asintió. Después, se volvió hacia la Elegida.
―No temáis. Cuando lleguen, recibiré a Helmet, Dorek y Gunnar en calidad de aliados. Será como ÉL ha decidido. Podéis confiar en mí. Estarán bajo la protección de los míos hasta vuestro regreso.
Qil, que hasta ese instante no había reparado en la presencia del Ursu, sintió un hormigueo en las manos y una fuerte presión en el pecho, como si su corazón, inerte, quisiera romperle las costillas.
―¿Qué hace él aquí? ―vociferó, llevándose la mano al cinto.
Sin atender a si era oportuno o no, avanzó hasta el centro de la tienda y señaló al vampiro que había sido enemigo de los Drăgoi durante más tiempo del que le importaba recordar.
―Eirik, por todos los infiernos, ¿es que no has reconocido a Bălan? Perro rastrero, ¿en qué agujero te has escondido todos estos años si se suponía que estabas muerto?
Su voz atravesó toda la estancia. Bêw lo miró con incredulidad; jamás habría imaginado volverlo a ver.
―¿Qiloçker… Bêwestan…? ―vocalizó despacio, como si buscara sus nombres en la memoria. Podía sentir su odio, pero el vampiro que Qil ansiaba destruir ya no existía.
Alana miró a los Drăgoi sin rastro de duda en los ojos y les explicó que Bălan no era ya el mismo que había servido a Abbadon.
El vínculo que lo unía a él había quedado destruido en aquel campo de batalla donde Rău lo degolló y abandonó a su suerte.
Había pasado de ser Bălan a Eierløs y, de nuevo, a Bălan.
Tras mostrarle quien era en realidad, como había hecho con el resto, no dudó en unirse a su causa.
La inglesa no suavizó los hechos. Todos habían perdido a alguien a manos del bando contrario; todos cargaban con cientos de vidas sobre sus espaldas.
Pero si seguían aferrados a esa deuda de sangre, las guerras pasadas los consumiría antes siquiera de comenzar.
No podían permitirse fracturas internas cuando Mørket estaba a punto de reunir un ejército que haría casi imposible derrotarlo.
Lo pasado no se borraría, pero debía quedar atrás.
Ahora solo existía una prioridad: rescatar a Yngvar y a Erke.
Todo lo demás, el rencor, la culpa y el dolor, tenía que desaparecer.
―Ya no soy ese Bălan, Qiloçker. Puedes creerme.
―Cuando me lo demuestres ―respondió el de Helmet.
El exgeneral Ursu bajó la cabeza, aceptando su desconfianza, pero dejando implícito con aquel gesto que así sería.
La Elegida asintió a sus palabras y continuó, sin detenerse en lo ya dicho, llevando la conversación hacia lo que realmente importaba.
―Eirik, necesito que mandéis llamar a Annikan y a Seren. Ambas poseen una información crucial y son imprescindibles para la misión.
Thyra la miró extrañada. Apenas le había hablado de sus dos mejores amigas, y ella las había nombrado como si las conociera. Su padre las convocó a la reunión, que cada vez resultaba más compleja de seguir.
En cuanto entraron, las gemelas se quedaron estupefactas al ver a Qil y a Bêw. Todo estaba cambiando con tal rapidez que apenas lograban asimilarlo.
La inglesa no dio tregua y se dirigió a ellas:
―Justo antes de celebrarse el sjelevenner de Thyra y Oskar, regresasteis de una misión. Necesito que compartáis cuanto averiguasteis.
―¿Mi rey? ―pidió permiso Annikan, volviéndose hacia Eirik. Él asintió, otorgándole su conformidad―. Nuestra misión era confirmar si Xerab aún seguía en Venecia. El Neacșu y los suyos han desaparecido sin dejar rastro.
―Sospechamos, remitiéndonos a épocas pasadas, que lo más probable es que se encuentre en campaña hacia el este ―añadió Seren―. No sería la primera vez que Mørket ordena arrasar pueblos emergentes con cierta proyección. Tal vez Xerab regrese en las próximas lunas, pero no podemos asegurarlo.
―¿Alana? ―preguntó Eirik al advertir el cambio en su semblante, ahora más sombrío.
Ella se mantuvo un momento en silencio antes de dirigirse a él.
―Aún no tengo la respuesta, Eirik ―admitió―. Ya no podemos retrasarlo más. Deberemos afrontar lo que viene con los que somos. Partiremos al amanecer.
Cerró los ojos un momento y dejó escapar un suspiro, como si aguardara una confirmación. Sin más, enumeró quiénes la acompañarían.
―Partirán conmigo Thyra, Nîga, Oskar, Nessa, Asvoria, Bêwestan, Qiloçker, Soren, Bahoz, Ejder, Annikan, Seren y Bălan. De la Søsterskap, Aina, Lambert, Linnae y Kjarr; el padre León y dos patrullas Parêzvanan.
Brina, indignada, dio un paso al frente.
―Asvoria no irá.
La joven levantó la cabeza.
―Madre, ¡no puedes impedírmelo!
―No estás preparada.
―¿Y cuándo crees que lo estaré? ¿Cuando todos hayan derramado su sangre por mí? ―replicó la princesa―. ¡No es a mí a quien deben proteger, sino a la Elegida! ¡Yo misma daré mi vida por ella!
Alana mantuvo los ojos fijos en la reina.
―Por desgracia, ninguno de nosotros está preparado para lo que viene, pero ha llegado el momento, Brina.
Eirik se acercó a su esposa y le pasó el brazo por los hombros.
Ambos sabían que aquella misión era ineludible y que cambiaría a su hija para siempre.
Asvoria los observó sin comprender por qué a ella le imponían tantas trabas cuando Thyra, aun siendo más joven, había participado en varias misiones igual de peligrosas y ninguno había puesto reparos en que se marchara.
―Solo quiero protegerla… ―susurró Brina.
―Ya no está en tu mano ―la Elegida negó con la cabeza―, pero haré cuanto pueda para que todos regresemos con vida.
El rey volvió a atraerla para sí. La errante bajó la mirada y cerró los ojos, aceptando que sus deseos de salvaguardarla no podían interponerse en el plan que ÉL había trazado.
La inglesa miró a Eirik, hizo un leve gesto y prosiguió:
―Bălan, necesito que el resto de los tuyos partan lo antes posible hacia vuestro asentamiento en el suroeste y conduzcan a vuestro ejército al campamento. Cada alma es igual de valiosa, y todas debemos luchar.
El vampiro le devolvió una expresión de incredulidad. ¿Cómo podía saber dónde se encontraban los suyos?
―Enviaré a Vivica, Wadell y Leif.
―Vidar y cuatro patrullas Parêzvanan los protegerán para que puedan llegar a vuestro campamento sin ser vistos ―confirmó Eirik.
El general aceptó la orden y la inglesa asintió, sintiendo sobre sus hombros el peso de cada decisión tomada.
Sabía que Thyra y Nîga se morían por hablar con ella para cuestionar su elección de quienes irían al rescate.
Oía en la mente, como un murmullo sordo, los pensamientos caóticos de los presentes: miedos, reproches, odio, fuertes deseos de venganza…
Un sinfín de emociones que amenazaron con desestabilizarla, pero ella se mantuvo firme.
―Os miro y no puedo creer que volvamos al principio ―dijo con un tono de decepción que logró que todos dejaran esos pensamientos a un lado.
―¿A qué te refieres, Alana? ―preguntó Nîga.
―Olvidad mi petición. Está claro que nada de lo que os muestre servirá si seguís empeñados en imponeros unos a otros. Continuad así. Es justo lo que Mørket necesita: dudas y rencor en nuestras filas. No hay mayor debilidad que un ejército dividido, y este lo está incluso antes de empezar.
La joven Drăgoi, que había compartido tanto con ella, avanzó un paso.
―No, Alana ―replicó―. Yo confío en tu palabra.
No sé qué harán los demás, pero yo estaré a tu lado hasta llegar a la misma Piatra Morții para derrotarlo.
Lo único que te pido es rescatar a Erke.
Pero sabes que pondré mi vida en tus manos cuando llegue el momento.
Vayamos juntas a salvar a Yngvar y después todo encontrará su lugar.
―¿Cómo puedes estar tan segura? ―preguntó Thyra, incapaz de vislumbrar una salida entre tantas dudas reiteradas.
Nîga barrió el interior de la tienda con la mirada, deteniéndose en cada uno con una determinación desafiante.
―¿Rodilla en tierra o libertad? Decidme, guerreros, ¿qué queréis de verdad? ¿Permanecer bajo la sombra de Mørket o romper sus cadenas y luchar juntos para encerrarlo en su montaña por toda la eternidad?
―Yo quiero destrozarlo ―respondió Bălan, situándose frente a ella―, pero antes he de rescatar a mi hermano.
―Se volvió hacia Alana y añadió―: Yo y los míos estaremos a vuestro lado hasta que la guerra termine, Elegida.
Todos os agradecemos que nos hayáis devuelto los recuerdos de quiénes fuimos y eso es algo que Mørket no nos volverá a arrebatar nunca. Antes prefiero dejar de existir.
Asvoria lo miró y sintió verdadero orgullo al oír sus palabras. Caminó hasta situarse a su lado y le ofreció la mano, que él rodeó al instante.
―Contad conmigo ―dijo la princesa.