21. ES COMO DEBE SER #2
Volvió a bajar la cabeza, sin más opción que obedecer. Eligió a cuatro guerreros y reanudaron la marcha en sentido contrario al resto.
Tras verlo partir, Abbadon sintió que el tablero recuperaba parte de su orden.
De pronto, se sintió más ligero. Su castillo lo aguardaba.
Sus tierras. Su trono. Allí decidiría el siguiente movimiento.
Y en la próxima luna, o quizá poco después, reclamaría aquello que acababa de decidir que sería suyo.
La imagen de la joven regresó a su mente, más nítida, más insistente. Repitió su nombre en silencio: «Herleva…». Una nueva obsesión para enterrar y dejar atrás la primera derrota.
Sonrió apenas al imaginarla sometida a su voluntad.
No la tomaría con prisa. O tal vez sí. Si se resistía, resultaría aún más satisfactorio quebrar esa resistencia.
Siempre encontraba un perverso interés en ver cómo terminaban cediendo.
Cuando por fin la tuviera ante él, cuando comprendiera que no quedaba nadie a quien acudir, ni siquiera a Alistair, entonces daría rienda suelta a todo lo que ya empezaba a desear.
Tres días después, el grupo fue interceptado por una patrulla Parêzvanan, que les dio la bienvenida. Ninguno de los guerreros comentó que dos Drăgoi más se hubieran sumado a ellos.
Avanzaron en silencio hasta que el campamento se hizo visible entre los árboles.
Los dos de Helmet intercambiaron una breve mirada y redujeron el paso al mismo tiempo, casi sin advertirlo, maravillados por lo que veían sus ojos.
Aquello no era un conjunto caótico de chozas, como llevaban siglos creyendo.
La disposición era precisa. No estaban situadas al azar; obedecían a una lógica defensiva y formaban un entramado concebido hasta el mínimo detalle para resistir un ataque.
Las rutas internas permitían desplazamientos rápidos y coordinados.
Las patrullas se relevaban sin dejar ángulos muertos.
Incluso los puestos avanzados, apenas perceptibles, cubrían los flancos con disciplina férrea.
Resultaba evidente que aquello no había surgido por casualidad, respondía a un orden bien trazado. Por primera vez, comprendieron que los errantes no solo sabían resistir y sobrevivir: eran guerreros perfectamente organizados.
Qil recorrió las lindes con la mirada, calculando distancias, puntos ciegos y posibles brechas. No encontró ninguna evidente.
Bêw guardó silencio, pero llegó a la misma conclusión. Durante años habían considerado a los errantes un grupo errático, guiado más por impulso que por estrategia. Aquello desmontaba esa idea por completo.
Eirik ya había sido avisado en cuanto avistaron al grupo y salió de la tienda principal acompañado por la Elegida, Brina, Vang y Vidar. El rey saludó a los suyos con un leve gesto de cabeza; después, su atención se detuvo en Nîga y terminó clavándose en Qiloçker y Bêwestan.
Se tensó al instante. Por mucho que intentaba asumir que su campamento acabaría acogiendo a quienes habían sido sus enemigos durante milenios, no pudo evitarlo, y aquello solo era el principio.
Alana percibió su lucha interna y se colocó a su lado.
De pronto, el aire a su alrededor se impregnó de una fragancia similar a las rosas y el peso de sus hombros pareció aliviarse.
A Eirik, sin embargo, le resultó imposible apartar la vista de los Drăgoi.
―Os juro que jamás pensé veros en mi hogar sin haberos hecho prisioneros antes ―ironizó, mirando a Qiloçker y Bêwestan.
Qil no pudo evitar esbozar una sonrisa.
―Veo que pensamos igual, Eirik ―dijo, ofreciéndole el antebrazo.
El errante lo tomó con firmeza, sellando el saludo sin añadir palabra.
Sostuvo su mirada unos instantes más, como si calibrara el peso real de aquel gesto.
Alana, asimilando que aún tendría que esperar un poco más para partir, se volvió hacia él y le dedicó una leve sonrisa, agradeciendo lo que acababa de ocurrir sin necesidad de expresarlo.
Él asintió, aceptando que así serían las cosas de ahí en adelante.
La Elegida, decidida a no demorar más la conversación, se dirigió a Thyra y a Nîga:
―¿Y bien? ¿Qué han decidido?
―Partirán del castillo en el plazo de dos semanas, tras la coronación de Edmund de Mercia ―confirmó Nîga.
Eirik miró a Alana sin dar crédito.
―Es como debe ser ―le dijo ella.
Tras acordar que lo mejor sería informarles del resto en la tienda principal, Eirik presentó a su esposa y a Vang a los dos Drăgoi. Ambos reconocieron a Vidar.
―Os agradecemos vuestra hospitalidad ―respondió Qil.
―Uno de mis guerreros os acompañará. Se os asignará una tienda a cada uno.
―Con una será suficiente ―rectificó Qiloçker.
Bêwestan apenas atendía a lo que se decía a su alrededor. Solo pensaba en hablar con Alana cuanto antes. Sin dudarlo, avanzó hacia ella.
No llegó a dar tres pasos. Media docena de errantes la rodearon en un movimiento coordinado, acero desenvainado, las puntas firmes a la altura de su pecho en señal de advertencia. Se detuvo en seco. Alana la observó un instante y, sin apartar la mirada de la vampira, alzó una mano.
―Deteneos ―ordenó con suavidad―. Dejadla.
Instintivamente, los errantes buscaron la confirmación de su rey, que asintió una sola vez. Las espadas no bajaron de inmediato, pero retrocedieron lo justo para abrir un espacio.
―Yo… necesito hablar contigo ―dijo Bêw, consciente del cerco que la rodeaba. No había miedo en su voz, pero sí tensión mal disimulada.
―Está bien ―aceptó la inglesa ante la atenta mirada de todos.
―¿Estáis segura? ―preguntó Eirik con cautela.
Nîga y Thyra negaron al unísono. Aunque habían insistido una vez más ante los Drăgoi, los Mosul y los Neacșu en la necesidad de caminar juntos, la desconfianza no desaparecía de un día para otro.
Ambas temían que la general, bien por un impulso de rechazo al pacto o por negarse a obedecer las órdenes del rey errante, decidiera actuar por su cuenta.
O peor aún, que cumpliera órdenes de Helmet para acabar con su vida.
―No temáis. Ella debía venir porque ÉL así lo ha dispuesto.
―¿Cómo dices? ―preguntó Nîga, dando voz a la duda de todos.
―Que nada ocurre por azar. Todo irá bien, confiad en mí.
Sin que nadie pudiera oponerse a que las dos se quedaran a solas, las vieron apartarse hacia la línea de robles que protegía el flanco oeste del campamento. Poco a poco, el murmullo de los demás quedó atrás.
De pronto, Bêw se sintió extrañamente incómoda. Alana lo notó con solo mirarla.
―Siéntete libre de decir lo que piensas. No voy a juzgarte.
―No hace falta, ya lo hago yo por vos. ―Ambas sonrieron―.
Desde que llegué a estas tierras, algo ha cambiado dentro de mí ―logró decir al fin―.
No sabía qué era y comencé a desesperarme.
Ya no encajaba en mi piel, en lo que había sido hasta entonces.
Fue como si me la hubieran arrancado y lo que quedó al descubierto ya no era yo, sino otra.
Bêw, sobrecogida por lo que acababa de revelar, se detuvo un instante. Alana no dijo nada y le dio tiempo para que continuara.
―Fui la primera en llorar ―añadió la vampira, con una ironía amarga―. Pero supongo que eso ya lo sabéis, ¿me equivoco?
La inglesa negó despacio y la «No Muerta» sonrió con cansancio.
Sus ojos brillaron, pero no apartó la mirada.
―Ese cambio me devolvió algo que no había sentido desde mi transformación: amor, dolor.
Me pregunté sin descanso qué demonios me ocurría porque no era capaz de entenderlo.
Ningún vampiro lloraba, hasta que vi que Qil también podía.
Tras lo sucedido con Helmet, y todo lo que me mostrasteis la noche del pacto, poco a poco, he ido cambiando.
Cuando volví a ver a la princesa y a Nîga en el castillo, algo se despertó dentro de mí.
Algo que no ha dejado de gritarme que debía llegar hasta vos.
Alana no rehuyó su mirada.
―Nada de lo que nos ha traído hasta aquí es casual.
Bêw tensó el rostro, incapaz de ocultar su incomodidad.
―No me habléis de destino.
―No te hablo de destino. Te hablo de propósito. De un fin.
El viento agitó las hojas sobre sus cabezas.
―ÉL nunca os ha dejado de lado a ninguno de vosotros, Delara. Ni siquiera cuando pensabais que vuestra existencia ya no podía ir a peor.
La vampira ensombreció la mirada.