Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 21. ES COMO DEBE SER
68%

21. ES COMO DEBE SER

A l final de la tarde, bajo un cielo encapotado que presagiaba tormenta, el grupo continuó corriendo sin descanso.

Una vez más, Thyra encabezaba la marcha junto a Nîga.

A solo un paso detrás de ellas se encontraban Oskar, Thorkell y el general Gudrun.

Más rezagados, Qiloçker y Bêwestan mantenían una distancia prudente.

Las dos patrullas Parêzvanan cerraban la formación, siempre vigilantes.

Bêw aceleró el paso por primera vez cuando el sendero se estrechó entre dos hileras de abedules.

―Nîga ―la llamó con voz baja.

La general la ignoró a propósito, pero en su rostro se dibujó una expresión más sombría.

Bêwestan insistió.

―Shhh… Nîga, solo quiero…

―No ―la cortó sin mirarla.

El rechazo fue definitivo. La princesa se volvió hacia ella y negó con la cabeza como advertencia. La cuarta Yekem apretó los labios y bajó la mirada. Retrocedió unos pasos y volvió a colocarse junto a Qil, aceptando que, de momento, debía darse por vencida.

Lo intentó de nuevo un poco más tarde, cuando se detuvieron para encender un fuego y descansar un poco.

―No he venido a discutir ―dijo Bêw, con las palmas en alto, tratando de que confiara en su palabra.

Nîga giró apenas el rostro para mirarla.

―Y no vas a hacerlo porque no quiero hablar contigo. Solo estás aquí porque has pedido hablar con Alana ―respondió mientras se ajustaba las correas de su chaqueta.

Un incómodo silencio se extendió un instante entre ambas.

―No he venido solo por ella.

―No me interesa lo que creas que tengas que decirme. Vuelve con Qiloçker o le pediré a Thyra que os eche de aquí ―la amenazó antes de darse la vuelta y marcharse.

―Está bien… ―acabó cediendo.

Bêwestan permaneció inmóvil, comprendiendo que cualquier intento de reconciliación tendría que esperar. Aquella herida entre las dos no iba a cerrarse con una conversación a mitad de camino. Aún no.

Abbadon y los suyos habían pasado gran parte de la noche yaciendo y alimentándose en los lupanares que encontraron en la ciudad.

Ahora, de madrugada, contemplaba lo ocurrido con otros ojos.

Mientras avanzaban en silencio por el sendero que los alejaba de Brujas, repasaba una y otra vez la conversación con los gemelos, que no había salido como esperaba.

Sus guerreros marchaban detrás, murmurando en voz baja, evitando encontrarse con su dura mirada.

Para el líder Ursu, la derrota ya era humillación suficiente como para permitir que nadie la cuestionara.

Sin embargo, por mucho que la actitud de sus vampiros estuviera a punto de empujarlo a saltarles a la garganta, debía admitir que el enfrentamiento con Velkan y Traian no había hecho sino abrir una fisura en su autoridad.

Y eso, más que las bajas o la sangre derramada, era lo que realmente lo estaba desquiciando.

Los necesitaba más que nunca, pero los gemelos habían dejado clara su postura: no volverían a luchar hasta que su ejército se recuperara.

«¿Dónde demonios te has metido Xerab?», se repitió sin descanso.

Si lograba dar con él, tal vez cambiarían las tornas.

El problema era que su hermano se había desvanecido de Venecia sin dejar rastro, como si la ciudad lo hubiera engullido.

Y con él, la última posibilidad de una alianza.

Solo veía una salida, pero se negaba a nombrarla.

Erke caminaba a su derecha, envuelto en un silencio sepulcral.

Que ahora Abbadon depositara su confianza únicamente en él era una ventaja que no pensaba desaprovechar.

Miró a Rău de reojo y esbozó media sonrisa, un gesto casi imperceptible, lo justo para que el antiguo general la advirtiera.

Era su manera de recordarle su caída en desgracia: de primer general a simple capitán.

Por supuesto, Rău aún no lo había encajado.

Aunque seguía mostrando obediencia ciega, la humillación ardía bajo la superficie, abrasándole las entrañas.

Erke le hizo un leve gesto con la cabeza a Abbadon, se aproximó y bajó la voz para que solo él pudiera oírlo.

―No quedan muchas opciones ―dijo, dando voz, sin saberlo, a los pensamientos de su creador.

El jefe Ursu no respondió de inmediato.

―Los tvillinger no moverán un dedo hasta que sus fuerzas estén reestablecidas ―continuó―. Y vuestro hermano Xerab no aparece por ninguna parte. Insistir sería desperdiciar fuerzas.

Abbadon apretó la mandíbula.

―No necesito que me enumeres lo evidente.

―No lo hago ―replicó Erke con calma―. Solo quiero señalaros, sin la intención de ofenderos, que, a veces, retroceder es avanzar.

Su líder lo encaró con una expresión que logró que el general lamentara haber hablado.

―¿Qué demonios estás insinuando?

Erke tardó un momento en responder. El suficiente para procurar que la idea pareciera haber nacido en la mente de su amo y no en la suya.

―Con toda humildad… ―bajó la cabeza y la mirada un instante antes de volver a clavar los ojos en él―, solo intento deciros que en vuestros dominios nadie cuestionará vuestra autoridad.

Durante un instante, todo quedó en suspenso.

La tierra húmeda amortiguaba sus pisadas, pero las piedras sueltas devolvían un sonido seco bajo las botas.

Yngvar, encadenado y custodiado por dos guerreros, avanzaba más atrás.

Erke no volvió la vista hacia él ni una sola vez.

Sin embargo, cuando el errante perdió el equilibrio al tropezar con una raíz húmeda, él fue quien se giró el primero.

―¡Inútiles, evitad que se caiga de bruces! ―les gritó―. Si queda malherido, os azotaré hasta el amanecer. ¡No permitiré ningún retraso!

Su mirada fue suficiente para que uno de los guerreros lo sujetara por el antebrazo y lo obligara a incorporarse con un movimiento brusco. El joven Knutsen evitó mirarlo. Agachó la cabeza y retomó la marcha.

Rău observó la escena desde unos pasos atrás. Sus labios se curvaron apenas, como si hubiera hallado en aquel gesto la confirmación de algo que solo él parecía comprender.

―Perdonad la interrupción, señor ―se disculpó ante Abbadon.

Él hizo un gesto con la mano, restándole importancia.

―¿Regresar a Tiszavár decías?

―Sí, señor. Allí podríais reorganizar al ejército sin… ―Erke se detuvo un momento―. Podríais decidir sin injerencias externas.

Abbadon dejó escapar una leve exhalación, pensativo.

Volver a su castillo. Volver a su territorio. La idea, que al principio le resultaba amarga y vergonzosa, empezó a adquirir forma de estrategia.

Decidió no considerarlo una huida, sino un repliegue momentáneo para resurgir con más fuerza que nunca.

Erke percibió un resquicio por el que introducir una idea que no había dejado de rumiar y continuó.

―¿Me permitís hablaros con franqueza?

―¿Es que no lo estás haciendo ya? ―respondió el líder Ursu con un tono de reproche―. Prosigue ―agregó con brusquedad.

El general bajó la cabeza en señal de gratitud.

―Rău no solo os ha decepcionado a vos, señor. Pese a nuestras rencillas, es un Ursu. En el pasado, hubiera dado mi vida por él sin dudarlo, pero, con pesar, he de reconocer que no lo merece. No es digno de vos ni de llevar vuestro escudo.

―Tus palabras me complacen ―dijo, curvando levemente los labios―. Tú sí que eres un verdadero general Ursu.

Erke inclinó la cabeza con mayor profundidad y dejó escapar un corto suspiro.

―Gracias, señor.

―Ya no sé qué voy a hacer con él. Es una decepción constante, una deshonra. Me pregunto si debería matarlo y acabar con esta agonía.

―Es una excelente idea, amo. Pero…

―¿Qué? ―Abbadon se giró hacia él, esperando una respuesta.

―Creo que aún podría seros de utilidad, pero lejos de aquí ―añadió Erke, restándole importancia a sus propias palabras―.

En Inglaterra aún quedan muchos de los nuestros.

Sin un líder que los comande, lo más probable es que estén perdidos.

Necesitarán a alguien que los reúna, que los guíe hasta que regresen a vuestras tierras.

Abbadon detuvo el paso y lo miró con el ceño fruncido. Rău. Inglaterra. Las piezas encajaron de golpe. Y con ellas, un nombre que había quedado relegado en el caos de la derrota. Alistair. ¿Cómo había podido olvidarlo?

Recordó el castillo. La batalla. Helmet. Dorek. Gunnar. Y, en medio de aquel torbellino, la figura del joven príncipe asesinando a su padre. Sonrió al imaginar un retorcido futuro. Ahora el príncipe era suyo. Le pertenecía por derecho de sangre. No reclamarlo había sido un error imperdonable.

Sin previo aviso, otro recuerdo irrumpió como un soplo de aire fresco: Herleva, la prometida del heredero. Su rostro apareció en su memoria con una nitidez inquietante. La forma en que lo miraba, aterrada, sin comprender aún la red que ya se había cerrado a su alrededor.

―En la próxima luna reclamaré lo que me pertenece ―murmuró para sí.

Por supuesto, Erke no preguntó. Sabía que el pensamiento había encontrado su cauce y algo le decía que estaba a punto de deshacerse de su peor enemigo.

―Decidido: Rău regresará inmediatamente a Inglaterra ―sentenció Abbadon sin inmutarse―. Reunirá a los nuestros, incluido Alistair, y regresará para crear un nuevo ejército.

Cuando el grupo se detuvo para reorganizarse, el líder Ursu llamó al capitán. Rău acudió con el gesto endurecido al advertir la expresión de satisfacción que se dibujaba en el rostro de Erke.

―Partirás ahora mismo hacia el puerto de Calais ―ordenó―. Te acompañarán cuatro guerreros.

―Con el debido respeto, señor, ¿por qué? ―preguntó con una evidente mueca de desagrado.

―¡No discutas mis órdenes! ―vociferó.

En un parpadeo, Abbadon se colocó a su altura y le asestó un golpe brutal en la sien con el dorso del puño. El capitán se tambaleó, a punto de caer de bruces, pero apretó los dientes y logró mantenerse en pie.

―Sí, señor ―dijo al fin, inclinando la cabeza, mientras imaginaba quién estaba detrás de aquella idea.

―Marcharás a Inglaterra ―repitió su líder―. Reunirás a los nuestros y esperarás al príncipe en el punto exacto donde encontramos a los errantes. Y, Rău, no dejes ni uno atrás.