20. YA NO #3
El silencio que siguió cargó el ambiente de tensión.
Se volvió denso, expectante, como si algo estuviera a punto de explotar.
Desde la puerta, los pocos guerreros tvillinger que aún podían empuñar un arma observaron cómo el Ursu menospreciaba su pérdida sin el menor atisbo de respeto.
La rabia les endureció los brazos y cerraron las manos sobre las empuñaduras, pero un solo gesto de Velkan bastó para contenerlos.
Abbadon los ignoró, al no considerarlos una amenaza real, y clavó la mirada en Traian.
―Necesito vuestro ejército una vez más.
Mientras su hermano permanecía aún sentado, Velkan se puso en pie y avanzó un paso, incapaz de creer que el vampiro tuviera la osadía de exigirles algo así.
―¿Te has vuelto loco? ―estalló, fuera de sí―.
¡Nuestro ejército ha sido aniquilado a las puertas del castillo inglés por tu culpa!
Los pocos que logramos alcanzar el puerto estamos aquí.
Ni siquiera sabemos si quienes escaparon podrán regresar.
Pasarán semanas antes de que sepamos con cuántos tvillinger contamos de verdad.
―No disponéis de semanas ―replicó Abbadon sin inmutarse―. El tiempo se agota.
Traian dejó escapar una breve risa, seca.
―Tu indolencia y desvergüenza no tienen parangón.
Para asombro de todos, Abbadon guardó silencio ante aquella falta de respeto. Por mucho que le costara admitirlo, los necesitaba.
―Y vuestra negativa tendrá consecuencias.
―¿Más que perder a casi la mitad de los nuestros?
―respondió Velkan, que se acercó un poco más, sin desafío abierto, pero sin ceder un ápice―.
El acuerdo queda anulado. No volveremos a marchar a la guerra.
Menos aún cuando los nuestros siguen desperdigados, heridos o perdidos.
Primero debemos reunirlos y restablecer el orden.
Necesitamos saber qué queda en pie antes de tomar cualquier decisión.
Abbadon dio un paso al frente. La tensión se volvió casi tangible.
―Podría obligaros.
Traian alzó el mentón, sin rastro de miedo.
―Ya no.
Durante un instante, nadie se atrevió a respirar.
Abbadon recorrió la sala con la mirada. Vio cuerpos exhaustos, pero también rostros firmes, con una determinación en sus ojos que no había estado allí otras veces. Brujas no eran sus tierras, y los gemelos acababan de dejárselo claro.
―Vuestro desafío os costará caro ―advirtió.
Velkan enfrentó su mirada sin achantarse.
―Tal vez. Pero no será hoy.
El Ursu apretó la mandíbula, sintiéndose ultrajado.
―Os recuerdo quién soy…
―¡No! Somos nosotros los que te recordamos quiénes somos ―lo interrumpió Traian―. Los tvillinger no somos tropas desechables. ¡No somos una reserva infinita que puedas lanzar al fuego sin medir las consecuencias!
El vampiro los observó en silencio. Algo oscuro cruzó su expresión, una sombra de irritación genuina.
―Siempre habéis acudido cuando os he necesitado ―dijo al fin.
―Eso era porque siempre habías podido garantizar la victoria y las bajas eran asumibles, pero ya no ―contestó Velkan.
―¿¡Dudáis de que pueda volver a ganar!?
―Ahora contamos cadáveres ―replicó Traian―, y eso cambia nuestro acuerdo.
―Entiendo.
Abbadon dio media vuelta y avanzó unos pasos, midiendo el espacio mientras intentaba ordenar sus pensamientos. Sus palabras no parecían surtir efecto en los gemelos, y eso era un problema que no había previsto. Sus dedos rozaron distraídamente la empuñadura del arma.
―¿Cuánto tiempo? ―preguntó sin mirarlos―. ¿Cuánto necesitáis para recuperaros?
Velkan intercambió una mirada con Traian.
―El que haga falta ―soltó con altanería―. ¡Mil lunas, si es preciso! Hasta que sepamos cuántos siguen en pie, no cuentes con nuestro ejército.
―Mientras tanto ―añadió Traian―, guardaos vuestras amenazas.
El líder Ursu se volvió bruscamente.
―Cuidado.
―No nos amenaces más ―respondió Traian con frialdad.
Un silencio incómodo volvió a instalarse. Las antorchas crepitaban como si también ellas contuvieran el aliento.
Abbadon los miró largamente, uno a uno. Velkan no apartó la vista. Traian tampoco.
―Muy bien ―acabó diciendo―. Esperaré.
Aquella palabra sonó extraña en sus labios y aún más para quienes la oyeron salir de su boca.
―Pero no olvidéis que esto no ha terminado ―advirtió.
Velkan inclinó apenas la cabeza. Aquel gesto no era sumisión, sino una forma de dar la conversación por terminada. Deseaba que él y sus vampiros se marcharan de una vez.
―Nunca lo está.
Traian miró a su gemelo y asintió despacio. Abbadon se giró sobre sus talones y les hizo un gesto a los suyos, que lo siguieron con rapidez hasta perderse en la noche.
El aire pareció aligerarse en cuanto desaparecieron. Durante unos instantes, nadie se atrevió a hablar. Traian rellenó su copa y se la acabó de golpe.
―Ha sido más fácil de lo que esperaba.
Velkan negó con la cabeza.
―No. Solo ha sido el primer pulso.
Miró a su alrededor, a los tvillinger que los observaban en silencio.
―Reunid a los capitanes ―ordenó―. Empezaremos el recuento esta misma noche.
Los guerreros se irguieron, como si aquellas palabras hubieran reavivado el arrojo que creían haber perdido en aquel campo de batalla.
Pero Brujas no marcharía a la guerra. Y, por primera vez en siglos, los tvillinger dejaban de estar bajo el yugo de Abbadon y decidían el rumbo de su propio destino.