20. YA NO #2
Callejearon con presteza, deseando cruzar las puertas de su morada.
Después de todo lo que habían perdido en aquel castillo inglés, se habían visto obligados a ocultarse durante días.
Ninguno de los gemelos sabía dónde se había metido Abbadon ni les importaba.
Sus tropas diezmadas eran la prueba de una contienda abocada al fracaso.
No lo vieron venir o no quisieron verlo.
De un modo u otro, ninguno esperaba tener que luchar con los salvajes y despiadados Mosul, y ese fue el infierno al que habían tenido que enfrentarse.
Velkan sintió un escalofrío al ver que su palacio seguía en pie.
Sus muros estaban intactos y, aunque las puertas cerradas ofrecían una engañosa sensación de paz, algo esencial había cambiado.
El corazón del clan latía de forma errática.
Traian, con un nudo en la garganta, sintió el peso de contemplar las estancias desiertas, tan vacías como ahora lo estaban sus almas.
Nunca habían perdido tanto. Principalmente porque jamás se habían embarcado en ninguna batalla sin la certeza de poder vencer. Hasta ese momento.
Ambos líderes miraron a los suyos y comprendieron, al ver la tristeza reflejada en sus rostros, que cada uno estaba contando ausencias.
Había heridas mal cerradas, armaduras abolladas y semblantes endurecidos por noches sin descanso.
Pese a todo, ninguno preguntó cuántos faltaban.
En realidad, nadie se atrevía siquiera a pensar en una cifra.
Sin embargo, el regusto amargo de la derrota quedó eclipsado por la rabia de haber caído, una vez más, en la trampa de confiar en Abbadon.
Velkan cruzó el patio interior con paso firme, aunque por dentro sentía el peso de cada nombre que aún no había sido pronunciado.
Traian, en silencio, avanzó a su lado, observando todo a su alrededor con una atención desmesurada.
Sus ojos recorrían las filas rotas, los gestos de rabia contenidos, las decenas de miradas que se desviaban al cruzarse con las suyas.
Aquello no era miedo. Era agotamiento. Y eso, para los tvillinger, era inadmisible.
Los sirvientes, aún dormidos, se despertaron sobresaltados al oír las voces. La celebración por su regreso se apagó en cuanto conocieron lo sucedido. En silencio, con el ánimo sombrío, se dirigieron a las cocinas para preparar copas de sangre y viandas frías.
―No los hagas formar ―murmuró Traian sin mirarlo―. Hoy no.
Su gemelo asintió levemente y se dirigieron al salón principal, donde las antorchas ya estaban encendidas. El fuego proyectaba sombras irregulares sobre los muros de piedra, como si el edificio mismo respirara pena e indignación al mismo tiempo.
―Señor, lamento no haber tenido su hogar preparado para su llegada ―volvió a disculparse el sirviente.
―No importa, Dusan ―dijo con voz cansada Velkan.
En ese momento entró Baram, el único capitán que había logrado sobrevivir a las espadas skyggene.
―Señor, ¿qué ordenáis? ―preguntó con la mirada un poco perdida.
―Descansad ―respondió Velkan, convencido de que los suyos se lo habían ganado con creces―. Encárgate de los heridos, Baram. Busca a un curandero y págale lo que te pida. Mañana haremos recuento de lo que queda de nuestro ejército. Por hoy, ya es suficiente.
―Gracias, señor.
El capitán salió del salón convencido de que tardarían años en recuperarse.
Pronto sabrían hasta dónde alcanzaba el error de sus líderes, cegados por sus aires de grandeza.
Su gemelo había muerto en la batalla a manos de un Drăgoi, y se sentía más perdido que nunca.
Aun así, quisiera o no, la vida continuaba y debía ocuparse de sus guerreros.
Caminó hacia el patio con la intención de ordenar que buscaran al curandero.
En el viaje de vuelta habían dejado atrás a demasiados compañeros, y estaba decidido a hacer todo lo posible para que no muriera ninguno más.
Traian apuraba un largo trago de su copa cuando Dusan, con el rostro demudado y la piel aún más blanquecina de lo habitual, irrumpió en el salón.
Con la mirada fija, balbuceaba algo ininteligible.
No hizo falta que pronunciara palabra alguna para que los gemelos comprendieran que algo iba realmente mal.
Como si hubieran sido atraídos por una fuerza invisible, los dos dirigieron la vista hacia las puertas abiertas.
La oscuridad se adueñó del salón de forma repentina, como si las teas hubieran perdido vigor al mismo tiempo.
El aire se volvió espeso, distinto. Un escalofrío conocido en la nuca anunció lo que más temían.
Por mucho que lo intentó, al pobre viejo no le dio tiempo a anunciar nada; tampoco habría sido necesario: todos en el palacio sintieron su presencia.
Traian, colérico, dejó la copa a un lado.
Velkan no se movió, pero su mirada se endureció.
Habían percibido su presencia incluso antes de que cruzara el umbral.
Lo que les parecía intolerable era que hubiera regresado a su hogar sin siquiera tomarse la molestia de enviar una misiva.
El vampiro, sin duda, había dejado de ser bienvenido.
Cuando Abbadon emergió al fin de entre las sombras, los gemelos intercambiaron una mirada.
Sin necesidad de palabras, supieron lo que pensaba el otro.
El «No Muerto» caminó despacio, como si aquel lugar le perteneciera por derecho.
A ambos les llamó la atención verlo acompañado únicamente por Erke.
Rău, en cambio, se mantenía varios pasos más atrás, junto a los demás guerreros y a un prisionero cuyo rostro permanecía oculto bajo un tosco saco.
La escena parecía arrancada de una de sus peores pesadillas.
Mientras se aproximaban, sus siluetas quedaron recortadas contra la luz de las antorchas: una estampa elegante y terrible al mismo tiempo.
A diferencia de los tvillinger, los Ursu no mostraban señal alguna de combate o desgaste.
Sus ropas oscuras estaban limpias, intactas.
Incluso el porte de Abbadon era el de quien no contempla la derrota como una posibilidad real, pese a haber sido vencido de forma estrepitosa por su propio hermano.
―Al fin habéis regresado ―dijo el líder Ursu, sin elevar la voz.
Velkan se revolvió en su asiento, tratando de contenerse. Traian, en cambio, permaneció inmóvil en esta ocasión.
―Los que han podido ―escupió Velkan.
Abbadon dejó aflorar una sonrisa apagada, casi indulgente.
―Eso basta por ahora.
Traian giró la cabeza y lo miró de frente por primera vez.
―No ―replicó con voz seca―. Te aseguro que no basta.