Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 20. YA NO
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20. YA NO

A l amanecer, los tres líderes se reunieron de nuevo en el salón del trono.

Los errantes aguardaban una respuesta, y ellos ya habían tomado una decisión la noche anterior.

Esa elección cambiaba todo cuanto conocían; sin embargo, Helmet no terminaba de aceptar la idea de emprender la marcha sin más.

Dejar el cabo suelto de la coronación de Edmund le removía las entrañas.

La idea de que Alistair tratara de recuperar el trono en el último momento lo mantenía descentrado.

No comprendía por qué esa posibilidad lo inquietaba tanto, pero algo en su interior, una voz persistente que no sabía de dónde venía, le empujaba a impedir que un Ursu alterara el curso de la Historia.

Un vampiro no podía ocupar el trono de Inglaterra, y él no lo iba a permitir.

Tras hablarlo con Lys antes de abandonar su alcoba, tuvo claro cuál debía ser el siguiente paso.

Solo esperaba contar con el respaldo de Gunnar y Dorek; de lo contrario, marcharían sin él hasta que aquel asunto quedara zanjado.

En el salón, el líder de la casa Kveld caminaba de un lado a otro, impaciente, con las manos entrelazadas a la espalda.

Ønske lo observaba en silencio, sentada junto a una de las chimeneas; le agradaba el calor que desprendían las llamas.

Gunnar, fiel a su hosca naturaleza, ocupaba una silla al otro lado, con la espalda rígida y la mandíbula tensa.

―No me gusta ―gruñó el Mosul―. Nada de esto me gusta. Sé que ya está decidido, pero trasladar nuestros ejércitos al campamento errante es exponernos demasiado. ¡Eso no podéis negármelo!

―Eres tan insistente que me están entrando ganas de degollarte ―replicó Dorek―. ¿No te das cuenta de que es peor no hacerlo? Lo sabes igual que yo. ¡Igual que Helmet! Si permanecemos separados, caeremos uno a uno.

―¿Pero os parece bien estar bajo la tutela de Eirik? ―Gunnar negó con la cabeza―. No me pidas que olvide quién es y a cuántos de los míos ha aniquilado durante todos estos siglos.

―Yo tampoco olvido lo que ha hecho, pero tú también has acabado con cientos de los suyos…

―Eso es irrelevante.

―Basta, Gunnar ―intervino Helmet―. Todos somos asesinos. No debemos centrarnos en el pasado, solo en que nuestro objetivo es derrotar a Mørket.

El nombre bastó para sellar un silencio que, en cierto modo, resultó liberador. En ese momento, un sirviente anunció a los errantes. El grupo atravesó el salón con las patrullas Parêzvanan cubriéndoles las espaldas.

Nîga se mantuvo en un segundo plano. Había pasado toda la noche reviviendo la vida de Helmet. Su pérdida. Su dolor. Aquella lucha interna la estaba desgastando y, antes de bajar, le había pedido a Thyra que fuera ella quien se dirigiera a los tres líderes.

―Helmet, rey Gunnar, Dorek ―comenzó la errante, saludando a cada uno con un leve gesto de cabeza―.

En nombre de los míos y en el mío propio, os agradezco vuestra amabilidad por habernos dado cobijo bajo el que ahora es vuestro techo.

Es… Supongo que esta situación es tan compleja para vosotros como para nosotros.

―Se detuvo un instante―. Desde que nací, me inculcaron a fuego que debía odiaros.

A todos. ―Miró a Nîga y curvó los labios con suavidad―.

Errantes, vampiros y skyggene hemos vivido demasiados horrores, y estoy segura de que no os ha resultado fácil haber tomado una decisión.

Me gustaría aclarar que, aunque parezca que os haya instado a olvidar todo lo vivido, no es así.

Lo que verdaderamente os pedí ayer es que, pese a lo vivido ―recalcó―, avancemos juntos en la misma dirección.

No será sencillo, pero respondedme a esto: ¿en la vida… qué lo es?

Los tres líderes intercambiaron miradas mientras Lys observaba a Ønske, que no le quitaba ojo a Bêwestan.

―Princesa Thyra, agradezco de veras vuestras palabras ―se dirigió Helmet a ella.

Dorek asintió; Gunnar, en cambio, se ciñó a mirarla―.

Aunque ayer tomamos una decisión unánime, hoy me he dado cuenta de que esa resolución es inviable hasta que la coronación del nuevo rey quede satisfecha.

Yo y los míos esperaremos aquí la llegada de Edmund de Mercia.

Las circunstancias que rodean al heredero no me dejan otra opción.

Gunnar se volvió hacia él con un gesto de sorpresa.

―¡Eso es inmiscuirse en el curso de la Historia!

―Exactamente ―respondió el Drăgoi―. Y ya es hora de hacerlo en favor de los humanos, no de Mørket.

―Estoy contigo, Helmet. ―Dorek avanzó un paso hacia él y encaró a Gunnar―. Solo quedas tú, Mosul. ¿Aceptarás esperar aquí o prefieres marcharte ya al campamento?

―Sé que me arrepentiré de tomar esta decisión, pero me quedo. No porque lo merezcáis, sino porque alguien debe poner orden.

Helmet mostró su compleja sonrisa antes de contestar.

―Si os parece bien, princesa, partiremos después de la coronación. Edmund y su ejército estarán aquí en cinco o seis días. Estoy convencido de que, antes de diez, ceñirá la corona de Inglaterra.

―De acuerdo ―aceptó Thyra―. Entonces, en aproximadamente un par de semanas, avanzaréis hacia Richborough. Tres jornadas de marcha; quizá requiráis una más. No os preocupéis, los nuestros os aguardarán en el bosque para conduciros al campamento.

Nîga bajó la mirada al suelo e inclinó la cabeza.

Su mundo interior estaba en plena lucha.

¿Debía perdonar a Helmet? ¿Podría llegar a hacerlo algún día?

Incluso en ese momento le era imposible mirarlo sin sentir en el alma el dolor que le había visto padecer.

Tensó los hombros y decidió centrarse en Thyra.

―Os garantizo que allí estaremos ―aseguró el líder Drăgoi.

Bêw dio un paso al frente y se dirigió a él.

―Te ruego que me permitas partir con ellos ―dijo con firmeza―. Necesito hablar con la Elegida de algo a lo que… a lo que no puedo dejar de darle vueltas.

―¿Estás segura de querer marcharte tú sola? ―le preguntó Helmet, cayendo una vez más en la trampa de la duda.

―Confío en Nîga. Con eso me basta.

―Yo la acompañaré ―afirmó Qiloçker, adelantándose un paso al frente.

Helmet asintió, consciente de que todo avanzaba con una rapidez vertiginosa. No es que fuera incapaz de adaptarse al cambio; simplemente, jamás imaginó que aquella situación pudiera llegar a plantearse.

―¿Os parece bien, princesa?

Ella miró a Nîga. Solo conocía parte de su historia con Bêwestan, pero no iba a aceptarla en el grupo sin su consentimiento.

La joven vampira sopesó su respuesta. Por mucho que deseara apartarla de su vida, necesitaban a todos y cada uno para vencer.

Sostuvo la mirada de quien tantas veces había empuñado el látigo contra ella y, muy a su pesar, acabó asintiendo.

―Solo me queda añadir que… ―la errante se tensó― que tal vez, cuando lleguéis al campamento, nosotras ya nos habremos ido. Hemos de cumplir una misión vital en el continente. Por supuesto, mi padre os recibirá y os garantiza que seréis bienvenidos en nuestro hogar.

―¿La Elegida no estará en vuestros dominios cuando lleguemos? ―A Gunnar esa información le cayó como un jarro de agua fría―. ¿Cuánta fe nos estás pidiendo, niñ… princesa? ―rectificó en el último momento.

Ella no se inmutó.

―La que ÉL os pide, no yo.

El rey Mosul resopló.

―Por todos los malditos demonios que se arrastran en Piatra Morții, ¿quieres callarte de una vez, Gunnar? ―se quejó Dorek.

―¡A mí no me hables así, skyggene! ―escupió con desprecio, señalándolo con el dedo.

―¡Por todos los infiernos, padre! ¿¡Podemos avanzar de una vez o seguimos dándole vueltas a lo mismo!?

No era la primera vez que Lys se lo pedía, pero sí sería la última.

―Os aseguro que mi padre y todos los errantes os protegerán con su propia vida ―prosiguió Thyra, ignorando aquel arrebato―. A todos vosotros. Solo me queda por decir aquello en lo que ya creemos firmemente: «Un pueblo. Una raza. Un alma».

―«Un pueblo. Una raza. Un alma» ―repitió Helmet con verdadera convicción.

Dorek asintió y Gunnar acabó cediendo con un gesto seco de cabeza. En esta ocasión, él no dudo en acompañarlos al patio de armas para despedirse de ellos.

Lys, a su lado, observó el rostro de Nîga antes de que partieran. Había dolor en su mirada, pero también algo distinto que no pudo identificar: ¿duda o reconocimiento?

El grupo volvió al bosque, camino de Felsted.

Thorkell no entendía para qué lo había enviado su padre a aquella misión si lo único que había hecho era permanecer en silencio.

Todo había girado en torno a su hermana pequeña y a la vampira.

Miró a Oskar y se sorprendió al ver que le devolvía una sonrisa amable.

No parecía molesto, al menos no de manera visible.

Mientras corría, observando cómo aquella pareja de vampiros avanzaba a su lado sin una sola protesta, se preguntó qué le incomodaba más: no haber sido él quien negociara con ellos y con el skyggene o que su falta de dones lo condenara a quedarse al margen.

Porque, para él, un errante sin don no valía nada. Y él no tenía ninguno.

Al atardecer, en cuanto los pocos tvillinger supervivientes desembarcaron en el que durante más de cincuenta lustros había sido su hogar, Velkan respiró hondo.

Traian alzó la vista hacia el cielo, que comenzaba a cerrarse sobre sí mismo.

Las nubes bajas teñían de plomo las torres, los puentes y los húmedos tejados, y el canal principal devolvía un gris apagado que parecía oscurecer el ánimo de quienes cruzaban sus márgenes.

No hubo trompetas ni saludos solemnes por su regreso.

Solo pasos cansados y capas manchadas de barro y sangre seca.