Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 19. DEBES DEJAR DE DUDAR #3
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19. DEBES DEJAR DE DUDAR #3

―He visto su vida ―susurró Nîga a duras penas, mirando sus manos apoyadas en el suelo―. Ambos la hemos visto. Mørket… Mørket le… ―Fue incapaz de acabar la frase.

Él alzó la vista hacia Lys y asintió. Después se volvió hacia Nîga. Por primera vez en su existencia deseó abrazarla, pero se contuvo.

―Mírame, Nîga ―le pidió.

Ella levantó la cabeza y clavó la mirada en él. Incapaz de ponerse en pie, echó el cuerpo hacia atrás y se sentó sobre los talones.

―Sé que no puedo borrar lo que te hice ―se lamentó el líder Drăgoi―, pero sí asegurarte que jamás volverá a suceder ―añadió, sintiendo en el corazón el peso del dolor de las vidas que había arrebatado.

―Eso no puedes garantizármelo. Él te controla y tú a mí. A todos nosotros.

―Lo sé, pero Alana está de nuestra parte. ―Esbozó una pequeña sonrisa, sintiéndose un poco más ligero.

Recuperando parte de la humanidad que la princesa errante le había recriminado a Gunnar que le faltaba, pasó el brazo por los hombros a Lys y la atrajo hacia sí.

Depositó un beso en su frente y la ayudó a ponerse en pie.

Después, le ofreció la mano a Nîga. Ella dudó un instante, pero terminó aceptándola.

―No te pido que me perdones, solo que no quieras apartarte de mi lado. Eres parte de nuestra familia ―dijo, mirando a su esposa.

Nîga abrió la boca y volvió a cerrarla. La Mosul no dijo nada, pero tampoco la rechazó de plano.

―Necesito asimilar todo esto. No sé por qué he podido ver tu pasado solo con tocarte, como hizo Alana contigo. Ha sido desconcertante, y no estoy preparada para seguir hablando. ¿Lo entendéis?

―Tampoco es fácil para mí ―respondió Lys.

Nîga asintió.

―¿Quieres que te acompañe a tu alcoba? ―preguntó Helmet con la esperanza de prolongar la conversación.

Ella negó despacio.

―Te lo agradezco, pero prefiero ir sola.

Él permitió que se marchara sin saber bien qué acababa de pasar allí. En cuanto pudiera hablar con la Elegida, trataría de aclarar cómo la vampira contaba ahora, de pronto, con su mismo don.

Nada más salir, Nîga se topó de frente con Bêwestan, que la había estado esperando.

―¿Todo bien? ―preguntó Bêw.

―Todo lo bien que cabe esperar con Helmet ―respondió dando una evasiva. No estaba dispuesta a volver a contarle nada.

―Nîga, me gustaría hablar contigo…

―No. No es ni el momento ni el lugar.

―Solo quería decirte que lamento de veras haberte encerrado en las mazmorras.

Ella la miró y sonrió de la misma manera que su líder.

―Ya me lo has dicho. Ahora voy a descansar. ―La dejó con la palabra en la boca antes de enfilar el pasillo.

―¿Y ya está? ¿No vas a decirme nada más? ―le recriminó Bêw.

Nîga se detuvo tras varios pasos. Frunció los labios y la miró con la sombra del rencor oscureciéndole el alma.

―No acepto tus disculpas ni voy a perdonarte nunca. La ponzoña de Helmet corre por mis venas y yo no soy Alana. Tranquila, lucharé a tu lado para derrotar a Mørket. Pero, cuando termine la guerra, si aún sigo en pie, no quiero volver a verte. ¿Queda claro?

Esta vez no se detuvo. Avanzó por el pasillo hasta su alcoba. En cuanto entró, cerró la puerta y se apoyó en ella. Unos golpes al otro lado le hicieron perder los nervios. Agarró el pomo y abrió de golpe.

―¡Déjame en paz! ―vociferó.

Thyra soltó un grito por el susto y dio un par de pasos atrás. En un instante, los Parêzvanan, Oskar y Gudrun estaban a su lado para protegerla.

―¿Qué ha pasado? ―le preguntó a Nîga al ver que sus ojos se le empañaban y el mentón comenzaba a temblarle.

La princesa miró a los suyos y negó con la cabeza. Empujó con suavidad a la vampira y cerró tras ella. No volvió a preguntar; esperó a que la Drăgoi encontrara el valor necesario para contarle qué había ocurrido.

―Alana tenía razón… ―empezó Nîga entre sollozos―.

Helmet me arrebató mi vida, pero Mørket lo destruyó de las formas más terribles que puedas imaginar.

Quiero odiarlo con todas mis fuerzas. ¡Se merece que lo odie con todas mis fuerzas!

―repitió, ahogando un gemido―. Pero ahora, después de lo que sé, no puedo. No puedo… y no sé cómo seguir.

Thyra la abrazó mientras la vampira, entre sollozos, le contaba lo que había visto al tocarlo.

Con un nudo en la garganta, la princesa le acarició el cabello y la espalda, igual que había hecho con Asvoria cuando lo había necesitado.

Nîga estaba destrozada y ella no sabía cómo ayudarla a aliviar su dolor.

―¿Cómo puedo seguir odiándolo si él ha sufrido mil veces más que yo? ―volvió a sollozar.

―No puedo darte una respuesta a eso ―respondió la errante con un tono apenado―. Lo único que puedo decirte es que te des tiempo. No sé qué puede suponer para ti darle una oportunidad…

―¿¡Qué!? ¿¡Una oportunidad!? ¡Jamás! ¡No puedo!

―No lo hagas ―rectificó al instante al ver su reacción―. No lo hagas. ―La abrazó mientras las lágrimas corrían por su rostro―. No tienes que hacerlo. Me tienes aquí. Soy tu amiga… Tu hermana. Siempre podrás apoyarte en Alana y en mí. No lo dudes nunca.

La vampira la miró y curvó ligeramente los labios.

―Una humana, una errante y una vampira. Parece un chiste.

―Lo es. Pero fíjate qué milagro más acertado ―añadió, secándole con el pulgar una lágrima rosada.

―Gracias, Thyra.

―Reza, Nîga. Pide a ÉL que te ilumine. Te ha concedido Su don para que pudieras ver con tus propios ojos la injusticia que Mørket cometió con ambos.

Con todos los vuestros. Mira atrás solo para darte cuenta de que, a veces, el camino está lleno de espinas.

Pero ahora nos tienes a tu lado y estamos dispuestos a despejarlo para avanzar contigo.

Incluso Helmet, aun sabiendo que puede que no le perdones jamás.

―Y quizá nunca pueda hacerlo.

―No lo pienses hoy. Deja que la vida decida. No tenemos más que este instante ―le acarició la mejilla con ternura― y lo único que sé es que estoy feliz de tenerte en mi vida.

Sus palabras hicieron que los ojos de Nîga volvieran a empañarse.

―¿Por qué no me odias, Thyra?

La pregunta le rompió el corazón a la princesa, que vio un dolor profundo en sus ojos.

―Porque he visto tu alma. Sé quién eres de verdad.

―Mi alma es un pozo negro.

―Te equivocas, pero hasta que tú misma no lo veas, no lo creerás. Hoy me quedo contigo.

―¡Ni hablar! ¿Qué diría tu esposo?

―Oskar es un errante de pies a cabeza y sabe que jamás se abandona a quienes nos necesitan y amamos.

―Va a odiarme aún más.

―Sabes que eso no es verdad. Espera un momento, voy a avisarle.

Thyra salió de la alcoba y regresó enseguida.

―Hecho ―dijo con una bonita sonrisa―. Eso sí, no te quejes si te doy una patada mientras duermo.

―Eres una errante muy cargante.

―Y tú una vampira maravillosa ―replicó―. Venga, vayámonos a descansar. Mañana sabremos si vendrán con nosotros al campamento.

―Eso puedo adelantártelo yo: irán.

―¿Te lo ha dicho Helmet?

Ella negó con la cabeza.

―Lo he visto… o lo sé. Al tocarlo, fue como si me hubiera fundido con él de algún modo. No sé explicarlo.

―Tal vez Alana pueda aclarárnoslo.

―Tal vez.

Una joven sirvienta llamó a la puerta. Traía lienzos limpios y varias mantas.

Nîga miró a Thyra; esta asintió y salió de la habitación.

Pese a todo, seguía siendo una vampira y debía alimentarse.

Aunque la princesa sabía que no acabaría con la vida de la muchacha, no pudo evitar lamentar la terrible maldición a la que Ketî la había atado con su sangre y su deleznable ansia de poder.

El libre albedrío concedido a los humanos había despertado en el corazón de Mørket una envidia febril y desatado en él un infierno que aún ardía sin control.

El futuro era incierto; aun así, la errante rezó para que llegara el día en que pudieran destruirlo o, en su defecto, encerrarlo en su maldita montaña para toda la eternidad.