19. DEBES DEJAR DE DUDAR #2
―La llama de la Creación vive en mí. ―Alzó la barbilla. Los que siempre habían sido sus enemigos la observaron con atención―. Alana, Nîga y yo somos Su instrumento. Os aseguro que ha llegado el momento de actuar. Si ya teníais la decisión tomada, mantenedla. No os pedimos un acto de fe ciega.
Thyra hizo una breve pausa antes de continuar.
―Rey Gunnar, sabéis que ahora mismo nuestras vidas están en vuestras manos y, aun así, confío en vos. En todos vosotros. En la palabra que le disteis a Alana. Puedo asegurarlo porque sé que podéis oír mi corazón: late tranquilo, puesto que también creo en el pacto.
Los tres líderes y sus generales aguzaron el oído. Un suave golpeteo, firme y constante, les confirmó que lo que decía era cierto.
El carraspeo de Gudrun a su espalda le dejó claro que, pese a todo, tanto él, como Oskar, Thorkell y los suyos estaban listos para desenvainar las espadas si la situación empeoraba.
Ella negó con la cabeza sin mirarlos y les hizo un gesto leve con la mano.
Esa actitud solo conseguiría empeorar la situación.
―Ahora, si os parece bien, vamos a retirarnos al bosque ―agregó la princesa, dando así por concluida la reunión―. Hemos recorrido una gran distancia sin apenas descansar y estamos exhaustos. Os ruego que lo penséis y mañana nos informaréis de vuestra decisión.
Helmet reaccionó al instante.
―No ―dijo con una autoridad que resonó en cada piedra―. De ningún modo dormiréis al raso. El castillo posee aposentos suficientes para que descanséis entre sus muros. Se os cederá un ala entera para que los vuestros puedan velar por vosotros, aunque no sea necesario.
Nîga lo observó con atención. No había gratitud en sus ojos, pero sí reconocimiento.
―Es un comienzo.
Un silencio más ligero se impuso entre ellos. Helmet inspiró hondo, aferrándose a un gesto aprendido, pese a no necesitar ese aire. Sabía que no podía seguir aplazándolo y decidió afrontar una conversación que tenía pendiente con ella.
―Nîga, antes de irte a descansar, si es posible, me gustaría hablar contigo en privado.
La vampira sabía que tarde o temprano ese momento llegaría. Thyra la miró y ella acabó asintiendo. Nunca había sido una cobarde, y él no iba a poder quebrar su voluntad. Ahora menos que nunca.
―Helmet, primero tenemos que aclarar qué vamos a decidir antes de que amanezca ―se quejó Gunnar.
―Tienes razón ―aceptó a regañadientes. Se volvió hacia la quinta Yekem ―. Nîga, cuando acabemos, Bêwestan te avisará. ¿Te parece bien?
Ella dudó un instante, pero acabó por aceptar.
―De acuerdo.
Helmet le hizo un gesto a Xwînxwar, que salió del salón al momento para avisar a los sirvientes de que prepararan las habitaciones. Poco después regresó. Los ingleses acompañaron al grupo al primer piso.
Mientras tanto, Dorek comenzó a discutir con Gunnar porque la errante tenía razón: ¿a qué venían ahora esas dudas si ya habían decidido de antemano hacer lo que ella les proponía?
Tras confirmar de nuevo que la princesa no estaba desencaminada respecto a la influencia de la sangre de Ketî en ellos, tomaron una nueva decisión: los tres ejércitos marcharían hacia el campamento de Eirik con el grupo errante sin esperar a que el tío de Alistair llegara al castillo.
Aunque los suyos ya le habían informado de la llegada del emisario con la carta de Edmund, y el propio Alistair se lo había confirmado después, ese seguía siendo un asunto humano.
A ninguno le importaba esa coronación, y Helmet ya no pensaba rendir cuentas a Mørket.
Subiendo las escaleras camino de sus habitaciones, Lys tuvo un mal presentimiento.
Se retorció las manos mientras se preguntaba a qué venía que quisiera hablar con Nîga en privado.
¿Acaso pretendía castigarla otra vez en su presencia?
No estaba interesada en presenciar cómo Bêwestan la flagelaba para hacerla gritar hasta la extenuación.
Desde que había llegado a esas tierras, las torturas habían dejado de interesarle.
En cuanto entró en la habitación, lo tuvo claro.
―Lys… ―dijo Helmet nada más el guerrero cerró la puerta.
Ella se giró hacia él.
―No sé qué buscas trayendo aquí a Nîga, pero si pretendes que contemple cómo Bêw la castiga, no pienso quedarme.
―Ese no es el motivo, créeme.
―¿Ah, no?
Helmet sintió que el pasado le mordía la garganta, pero no podía seguir callando.
―No. Quiero hablar con ella porque Nîga es… es mi descendiente.
El mundo se detuvo para Lys, que fue incapaz siquiera de parpadear.
―¿Qué… qué has dicho?
―Ella desciende de mi sangre humana ―continuó Helmet―. De mi hija Ashti.
Lys dio un paso atrás. Se llevó la mano al pecho como si, de pronto, le faltara el aire.
―¿Cómo es eso posible? ¿Y cómo puedes estar seguro?
―Me fue revelado la primera vez que Alana me tocó.
Ella y Nîga estaban en el castillo; aún ignoro por qué.
No he tenido la ocasión de preguntárselo.
Una de las razones por las que quiero hablar con ella es esa.
Ella es sangre de mi sangre y no quiero perderla.
En cierto modo, es mi nieta. Nuestra nieta, Lys.
―¿Lo sabías? ―preguntó con una calma aterradora―. ¿Lo sabías y no me lo dijiste?
Helmet cerró los ojos un instante, preguntándose por qué no lo había hecho. ¿Miedo a perderla? ¿A que no lo perdonara por haber amado como humano? Lo ignoraba. Solo sabía que no había sido capaz de confesárselo.
―Quise hacerlo muchas veces, pero nunca era el momento adecuado ―respondió, consciente de que era una excusa pobre.
―No puedo creer que me lo hayas ocultado durante tanto tiempo. ¿Y… y eso qué significa ahora? ―tartamudeó aturdida, incapaz de procesar lo que le estaba diciendo―. ¿No pretenderás que forme parte de nuestra familia? Ella es una Yekem , de acuerdo, pero no es de mi sangre.
―Pero sí de la mía.
Helmet tuvo la intención de acercarse a ella, pero Lys levantó la mano para impedirlo.
En ese momento, llamaron a la puerta. El guerrero la abrió y Nîga entró con el rictus severo.
Aunque la rabia le corría por las venas, se obligó a contenerse para no lanzarse a su cuello sin más.
Antes debía saber a qué venía esa encerrona.
Había acudido para aclarar lo que estuviera corroyéndole las entrañas a aquel malnacido, y estaba dispuesta a enfrentarse a él hasta las últimas consecuencias.
No iba a permitir que intentara hacerla cambiar de opinión para que regresara a las filas Drăgoi.
Para eso tendría que acabar con su existencia y, a esas alturas, estaba convencida de que, si no la mataba él, ella no dudaría en acabar con quien había sido su tirano durante milenios.
―Bien, Helmet. ¿Para qué me has hecho llamar? ―comenzó con tono seco.
Lys se fijó en la joven y luego en Helmet. Sintiendo que su mirada directa e implacable lo estaba atravesando, decidió afrontar la ira de su esposa con Nîga delante.
―Eres sangre de mi sangre, mi descendiente directa. Esto cambia muchas cosas entre nosotros…
Lys soltó una risa breve, sin humor. El líder Drăgoi volvió el rostro hacia ella un instante.
―Que te quede claro: tú y yo no somos nada. ―Nîga lo señaló con el dedo, dejando claro lo que pensaba.
―Puedes negar la verdad, pero no hacerla desaparecer.
―Incluso si fueras mi verdadero padre, jamás podría perdonarte lo que me hiciste.
Él guardó silencio un momento, sopesando sus palabras.
―No me enorgullezco de mis actos ―acabó diciendo.
Ella soltó una carcajada forzada.
―¿Enorgullecerte? ¡Has sido un monstruo!
Me convertiste en esta aberración. ¡Me castigaste por negarme a cumplir tus órdenes cuando no tenías ningún derecho a arrebatarme la vida!
―dijo elevando el tono―. Puede que ahora te sientas muy satisfecho diciéndote que no debiste comportarte así conmigo, pero eso no borra los siglos de sufrimiento que he soportado bajo tu yugo.
Puede que creas que vas a tocarme el corazón con tus excusas, que pienses que voy a apiadarme de ti porque Mørket hizo contigo lo mismo que tú hiciste conmigo.
Ahórrate las mentiras que pretendías decirme. ¡No pienso seguir escuchándote!
Nîga se volvió y avanzó hacia la puerta. Helmet comprendió al instante que no podía dejarla marchar. Le apoyó la mano en el hombro, pero ella intentó zafarse. Aquel contacto detuvo en seco el tiempo para ambos.
De pronto, la alcoba desapareció ante sus ojos.
El mundo entero se resquebrajó y los arrastró de golpe a una tosca aldea, al pie de unas montañas nevadas.
Como si una fuerza invisible tirara de ellos con violencia, salieron despedidos hacia el interior de una choza.
Una mujer joven, de cabellos oscuros y mirada clara, estaba amasando pan.
Nîga no pudo reaccionar ni resistirse, pero algo le susurró que ella era Hetaw, la esposa de Helmet.
A su lado, una preciosa niña de apenas cinco o seis años jugaba con una muñeca hecha de paja: Ashti.
Otro tirón más brusco la llevó a presenciar cómo la muerte se ceñía sobre ellos. Mørket y otros que no podía distinguir corrían de un lado a otro, violando y masacrando. Hombres y mujeres corrían despavoridos, tratando de salvar a sus hijos. Ketî encontró a Helmet y se ensañó con él.
Una nueva sacudida los lanzó hacia delante en el tiempo.
Vieron a madre e hija escapar. La aldea que las acogió.
Las manos de un hombre bondadoso que les ofreció refugio.
Un muchacho. Amor. Un nacimiento. Una hija más.
Un legado sellado en sangre. Y, muchas generaciones después, a ella misma, la noche que cambió su vida para siempre.
Cuando el vínculo se rompió, ambos cayeron de rodillas. Helmet temblaba y Nîga tenía los ojos llenos de lágrimas.
―Nunca imaginé… ―dijo, sobrecogida.
Él la miró con el horror de la pérdida en sus ojos y no pudo evitar que se le empañaran. Lys se acercó a él y se arrodilló a su lado.
―¿Qué os ha pasado? ―preguntó, contrariada.