19. DEBES DEJAR DE DUDAR
E n el cuarto día de camino hacia el castillo, el amanecer rompió bajo un cielo plomizo cargado de nubes densas que parecían querer aplastar la tierra.
El bosque que rodeaba el campamento de los vampiros respiraba humedad y los envolvía una niebla espesa.
Pese a que el barro del camino amortiguaba el sonido de sus pasos, la tensión en sus rostros delataba la preocupación por ser descubiertos antes de tiempo y caer en una emboscada.
Thyra avanzaba en cabeza, con la espalda erguida y la mirada fija al frente.
A su lado corría Oskar, atento a cualquier cambio en el entorno.
Tras ellos, Nîga mantenía el paso, flanqueada por el general Gudrun y el príncipe Thorkell.
Detrás, las patrullas de la casa Parêzvanan cerraban la marcha, como una muralla viva de protección.
Nadie los veía, pero eso no significaba que no se mantuvieran alerta.
La imponente fortaleza emergió una vez más entre los árboles, logrando que la piel de Gudrun se erizara al recordar cuánto sufrimiento habían infligido los suyos entre aquellos gruesos muros de piedra.
Miró hacia arriba y vio cómo el viento agitaba con fuerza los estandartes.
Dado el número reducido del grupo, no habían enviado a ningún emisario para notificar su llegada.
No se sorprendió al no ver señales de bienvenida, pero sí por la ausencia de alarma.
Antes de cruzar el claro para encauzar el camino que conducía a las puertas, los errantes bajaron el campo de fuerza. Una docena de sombras, que la general reconoció al instante, aparecieron de la nada.
―¡Deteneos! ―advirtió uno de los «No Muertos» mientras los otros los amenazaban desenvainando las espadas frente a ellos.
Nîga abandonó su posición tras Thyra y Oskar y se situó al frente. Tomó la palabra, encarando al vampiro sin vacilar.
―Dagmar, ¿es que he cambiado tanto que ya no me reconoces? ―dijo con voz firme al primero de Bêwestan.
El capitán se cuadró ante ella e inclinó la cabeza con respeto. Los demás bajaron las armas y lo imitaron.
―Perdonad, general ―se disculpó.
―Anuncia que los príncipes Thyra y Thorkell de la casa Ragnarsson, el general Gudrun de la casa Strøm y yo pedimos audiencia inmediata con Helmet, Dorek y Gunnar.
―Por supuesto. Sheikh y Badirkhan se adelantarán para avisar a nuestro señor de vuestra llegada. El resto os escoltaremos con gusto.
―Te lo agradezco, Dagmar ―respondió Nîga mientras los demás se limitaban a asentir.
El trayecto hasta el castillo transcurrió en silencio, aunque las miradas sorprendidas de los vampiros del campamento, al ver de nuevo a los errantes junto a su general, resultaban imposibles de ignorar.
Al cruzar el patio de armas, apenas tuvieron que esperar unos instantes antes de ser conducidos al gran salón.
Helmet ya los aguardaba allí, de pie, hierático, con las manos apoyadas en el respaldo del trono.
A su derecha se encontraba Lys. Detrás, Xwînxwar, Wêranker, Qiloçker y Bêwestan permanecían inmóviles, atentos a cualquier gesto.
Dorek y Ønske aguardaban a un lado, con sus imponentes rostros azulados y sombríos. Gunnar había llegado poco después, flanqueado por sus generales, Einarr e Yrsa, con el gesto duro de quien no confía en nada que no pueda dominar.
Los errantes y la vampira avanzaron hacia ellos, conscientes de las miradas que los escrutaban, aunque sin percibir una amenaza abierta.
Nîga fue la primera en acercarse. Thyra se colocó a su derecha, con Oskar, Thorkell y Gudrun a solo un paso de distancia. El resto permaneció atrás, cubriendo la retaguardia.
Helmet los observó con una amabilidad impropia de él. Cuando habló, su voz sonó extrañamente cuidadosa.
―Princesa Thyra, príncipe Thorkell, general Gudrun y general Nîga. ―Su mirada se deslizó por cada rostro―. Sed todos bienvenidos.
Lys frunció apenas el ceño. Algo no encajaba en la forma de hablar de su esposo, pero se abstuvo de comentar nada.
Todos lo saludaron con un gesto de cabeza, incluida Nîga, quien, para poder llevar a cabo la misión, dejó a un lado el odio que sentía por él.
―Helmet, hemos regresado tan pronto por deseo expreso de la Elegida ―anunció―. Ella se encuentra inmersa en otra misión. Os envía sus saludos y una petición. ―Miró a cada uno de los líderes, deteniéndose por último en el Drăgoi, dejando claro que iba dirigida a todos.
Un murmullo bajo recorrió el salón. Helmet sintió la mirada de Nîga clavarse en lo más hondo de su ser.
Su «hija de sangre», a quien nunca imaginó que sería su propia descendiente, se mantenía con los hombros hacia atrás, la mandíbula en tensión y los ojos gritando abiertamente que deseaban venganza.
La actitud desafiante de la Yekem le resultó a Lys intolerable.
Miró de reojo a Helmet, sorprendida de que su esposo aún no la hubiera reprendido por semejante insolencia.
Pero él ni siquiera se inmutó; estaba demasiado centrado en la joven que lo observaba con aquella expresión de reproche, sin el menor intento de disimulo.
Nîga sabía que debía controlarse. Aquella osadía podía salirles demasiado cara.
Y aunque cada fibra de su ser le exigía saltar por encima de aquel insignificante trono y destrozar a Helmet con sus propias manos, no podía dar rienda suelta a sus más profundos deseos.
Había algo que se imponía e importaba más que su odio, más incluso que la sed de venganza: su lealtad hacia Alana.
―Bien, qué necesita de nosotros ―dijo al fin el líder Drăgoi.
Su antigua general enderezó la espalda.
―La Elegida os pide que os desplacéis al campamento de los errantes. Eirik os acogerá bajo su protección hasta que llegue el momento de que los cuatro ejércitos regresen al continente para afrontar la guerra.
Dorek y Ønske intercambiaron una mirada y negaron al mismo tiempo. Gunnar, incapaz de aceptar una orden, dio un paso al frente.
―¿Bajo la protección de Eirik? ―escupió―. ¡Eso es ponernos a su merced!
―Lo que nos pide es imposible ―añadió Dorek―. Hemos sellado un pacto, no la rendición. Y eso es exactamente lo que parece.
Thyra apretó la mano de Nîga en un intento por calmarla. Podía oír sus pensamientos y sentir la rabia que la recorría.
Aquel contacto bastó para que la vampira se serenara.
―Estimados aliados, como hija del rey Eirik Ragnarsson, os doy mi palabra de errante de que lo único que la Elegida os pide es la unión de los cuatro ejércitos.
Nadie sufrirá daño alguno. Este paso es inevitable si queremos avanzar.
Ella nos aseguró que ya lo habíais hablado mucho antes de que llegáramos al castillo.
Un lema. Una voz conjunta. Una idea capaz de destruir una montaña: «Un pueblo. Un ejército. Un alma».
Los tres líderes se miraron.
―¿Tenéis un espía entre nosotros? ―Gunnar se llevó la mano al cinto, dispuesto a luchar si fuera necesario.
―ÉL no es un espía. ―Su voz tronó por todo el salón―. ÉL es el cielo y la tierra, las estrellas y el firmamento. ¡Cuida tu lengua, Mosul! No estamos aquí como enemigos, sino ofreciéndoos nuestro hogar desde el corazón y sin reservas.
Nîga se volvió hacia Helmet. Caminó hasta quedar a varios palmos de él. Qil, Bêw, Xwîn y Wêr se movieron al instante, cerrando filas en torno a su líder.
―Me lo debes, Helmet ―exigió Nîga―. Como tu descendiente. ¡Como tu maldita sierva! ―Cerró los ojos un instante―. Por mucho que todos neguéis lo evidente, este paso es necesario para ser uno solo.
El Drăgoi sintió que algo primigenio se agitaba en su interior, pero lo dejó a un lado.
―Un pueblo ―continuó Nîga―, un solo ejército y una única alma.
Thyra tiene razón. ÉL os oye ―añadió con la misma sonrisa enigmática que le había visto dibujar en el rostro miles de veces―.
Nos siente y está esperando que todos cumpláis vuestra palabra.
Esa que os habéis dado en secreto, a puerta cerrada.
Esa en la que estáis empezando a creer, aunque dudéis una y otra vez.
Helmet abrió los ojos de golpe mientras Dorek los clavaba en Nîga.
―¡Confiesa de una vez, Drăgoi! ―Tragó para formular la siguiente pregunta―. ¿Quién te ha dicho esas palabras?
Ella no titubeó.
―Alana.
Gudrun cruzó la mirada con Xwînxwar. Asintió una sola vez. Todo era cierto.
El Drăgoi sintió cómo el mundo se deslizaba bajo sus pies.
Y aún no había empezado lo peor. Permaneció inmóvil mientras no dejaba de preguntarse cómo podía saberlo.
¿Cómo había visto lo que los líderes habían pactado en secreto unos pocos días atrás?
Abrió la boca y la cerró de nuevo. Por primera vez en siglos, no supo qué decir.
Nîga se apartó un paso, dándole espacio. Dejó de lado el impulso de venganza y se aferró a lo único que importaba en ese momento: cumplir la misión que le había sido encomendada.
―Debes dejar de dudar. ―Volvió a tensar la mandíbula y alzó el mentón―. Todos vosotros. Ella ya os ha mostrado la Verdad. Es la sangre de Mørket la que os atrae una y otra vez hacia la oscuridad. No es vuestra voluntad, sino la suya.
Gunnar apretó los puños. Dorek entrecerró los ojos.
Helmet echó hacia atrás la cabeza e inspiró, buscando un aire que no necesitaba.
―¡Esto es una locura! ―gruñó el líder Mosul de nuevo, poniéndose en pie―. ¿De verdad os vais a plantear lo que nos están pidiendo? No sé vosotros, pero yo no voy a aceptar órdenes de una errante ―agregó con un tono despectivo.
Thyra dio un paso al frente.
―Rey Gunnar, no os estoy dando una orden, os ofrezco, en nombre de mi padre, nuestro propio hogar.
Tal vez ya no quede ningún resquicio de humanidad dentro de vos, pero espero que sí tengáis algo de cordura.
No entiendo vuestra reticencia cuando sabemos por la Elegida lo que ya habéis decidido.
Os lo ruego, no os dejéis arrastrar por la ponzoña de Mørket.
Thyra inspiró, notando cómo el miedo le recorría el cuerpo. No lo apartó, pero tampoco se abandonó a él. Lo sostuvo y avanzó para afrontar al vampiro.