Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 18. LO SÉ #3
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18. LO SÉ #3

―Puede matarnos ―continuó―. Sí, puede destruirnos.

Pero todos sabemos que hay destinos peores que la muerte.

Y uno de ellos es seguir viviendo sin voluntad.

Quien regrese conmigo lo hará sabiendo que quizá no vuelva a ver amanecer, que tal vez su nombre sea olvidado para siempre.

¡Pero también sabrá que, por primera vez, su paso será solo suyo!

Los guerreros se golpearon en el pecho y pronunciaron un sonido gutural ancestral.

―Libertad o muerte ―volvió a decir Razvan.

Xerab alzó la mirada.

―Libertad o muerte.

―¡Libertad o muerte! ―gritó Khalûn y con él, el resto de los guerreros.

Xerab giró sobre sus talones y dirigió la vista hacia el norte. Piatra Morții lo esperaba. Ya no sentía miedo. Y esta vez no le daría la espalda.

―Entonces volvamos ―dijo.

Por primera vez en siglos, no sintió que caminaba hacia una orden, sino hacia una elección. La mejor que había tomado nunca.

El anochecer cubrió la costa como un sudario cuando el barco atracó en el puerto de Boulogne. Las amarras crujieron al tensarse contra la madera y el casco quedó inmóvil junto al muelle, entre embarcaciones mercantes que descargaban sacos y barriles sin reparar en ellos.

Abbadon descendió primero. Tras él, Erke, Yngvar y Rău, seguidos por las cuatro patrullas Ursu. Abandonaron el puerto tomándose su tiempo mientras se mezclaban con el tránsito de carreteros y pescadores que regresaban a sus hogares.

La campiña francesa se abrió ante ellos con caminos de tierra húmeda, cercas torcidas y casas bajas de madera.

Avanzaron sin antorchas, guiados por la penumbra.

Los campesinos que encontraron no entendieron qué sucedía: un hombre junto a un carro, una mujer con un cesto, un muchacho arreando una mula.

Fueron apartados del sendero en un suspiro.

Yngvar dudó la primera vez. Quería detener como fuera aquella matanza sin sentido. Erke le agarró de la nuca y le forzó a hincar la rodilla en el suelo.

―No se te ocurra moverte, perro ―escupió con verdadera rabia, manteniéndolo con la cabeza mirando hacia abajo.

La noche avanzó y, por fin, se detuvieron en un bosque cerrado, lejos de aldeas y veredas. Abbadon recorrió la arboleda con la mirada antes de dirigirse a ellos.

―General, ¿qué opinas? ¿Brujas o regresamos a mi hogar?

Erke respondió sin vacilar.

―Brujas es un riesgo plausible. Si los gemelos han sobrevivido, se encontrarán allí y podréis exigirles una satisfacción por su incompetencia.

Rău soltó una risa seca.

―Señor, ¿no os dais cuenta? ¡Está buscando una excusa para retrasar la tortura de esta escoria! ―Alzó la vista hacia a Abbadon con fervor―. Parece que tu favorito empieza a oler a errante.

Erke dio un paso al frente.

―Una palabra más y te arrancaré los colmillos.

―Por mucho que trates de disimular, sé que mientes ―replicó el ahora capitán―. Veo la duda en tus ojos, y la duda huele a traición.

El puño de Erke impactó en su rostro sin darle tiempo a reaccionar.

Le partió el labio y lo lanzó contra un tronco.

Rău respondió con una cuchillada corta que le rasgó tela y piel.

El general le hundió la rodilla en el estómago; el aire escapó en un jadeo seco.

Cayeron sobre hojas húmedas y se incorporaron al instante, golpeándose sin cálculo: puños contra pómulos; codos a la garganta; dedos clavándose en costillas, que crujían y volvían a encajar.

Sangre oscura desparramada. Tierra mezclada con saliva.

Erke le estampó la cabeza contra el suelo hasta enturbiar el barro. Rău respondió arañándole el costado. La carne se abrió y se cerró al momento. Ninguno cedía.

Yngvar observaba en silencio. Dudó. Asintió apenas hacia Erke. Él vampiro lo vio y, acto seguido, entró en cólera. Soltó a Rău lo justo para girarse.

―Si vuelves a mirarme así, errante, primero te arranco lo que te hace hombre y después te desuello vivo. ¿Queda claro?

El ahora capitán escupió una bocanada de sangre y sonrió.

Abbadon chasqueó la lengua y alzó la mano. No necesitó más. Ambos se detuvieron, forzando una respiración que no precisaban, solo para contener su furia.

―Brujas ―sentenció su líder, satisfecho por la pelea inesperada que le había ofrecido un instante de entretenimiento―.

Si los gemelos siguen vivos, no tendrán más remedio que continuar siendo mis aliados.

Sus tropas engrosarán nuestras filas, aunque sea a regañadientes.

Y si han caído, tomaremos lo que quede sin pedir permiso.

Nadie osó replicarle. Incluso el bosque y las criaturas que lo habitaban parecieron replegarse en un profundo silencio.

Entre raíces y sombras, alguien en sus filas apretó la mandíbula, aguardando el instante propicio para ejecutar su plan.

Mientras tanto, Yngvar, encadenado, miró al que aún creía su amigo y comprendió que la libertad que Alana le había concedido con Su gracia empezaba a quedar sepultada bajo una oscuridad asfixiante.

Y aquella sumisión hacia Abbadon ya comenzaba a oler igual que la sangre putrefacta.