18. LO SÉ #2
Su líder asintió. No era miedo lo que sentía, nada más lejos.
El miedo era una emoción humana, cálida, breve.
Lo suyo era distinto: una opresión fría, un conocimiento absoluto de la fuerza que lo había creado y que podía destruirlo con la misma facilidad.
Pero también era agotamiento. Un cansancio infinito que ya no le cabía en el pecho y del que estaba seguro de no poder aguantar mucho más tiempo.
―Cada paso hacia Venecia me aleja de algo que sé que debo hacer ―continuó―. Y cuanto más me distancio, más intensa es la llamada.
―¿La llamada de su sangre? ―murmuró su primero.
―No, amigo mío ―dijo, negando con lentitud―. La llamada de la libertad. Y todos la merecemos.
El general guardó silencio. Sus dedos se cerraron sobre la empuñadura de la espada sin ser consciente de ello.
Xerab lo observó y, por primera vez en mucho tiempo, vio en él no solo al soldado, sino al compañero que siempre había permanecido a su lado.
Al hermano de guerra dispuesto a entregar la vida por él.
―Hemos servido durante siglos ―añadió el líder Neacșu―. Hemos asesinado y arrasado pueblos enteros porque así se nos ordenó. Hemos destruido porque así lo quiso mi padre. ¿Y para qué?
―Para sobrevivir ―respondió Khalûn, aunque la palabra le sonó vacía incluso a él mismo.
―No. Para perpetuar su voluntad.
La columna seguía inmóvil. Algunos comenzaron a alzar la cabeza; otros cruzaron miradas breves, inquietas. Xerab inspiró hondo por mera costumbre y dio un paso atrás, como si aquel único gesto lo apartara del camino que llevaba a Venecia.
―No puedo huir de mi padre ―declaró―. Ni quiero hacerlo.
El general lo estudió en silencio. No encontró vacilación en sus ojos. Tampoco ira. Solo una claridad que no había visto en él desde hacía siglos.
―¿Qué estás diciendo exactamente? ―preguntó al fin.
―Que regresamos.
El murmullo de rechazo ante su orden fue inmediato. Xerab alzó la mano y el sonido murió al instante.
―Regresamos a Piatra Morții ―repitió―. Necesito hablar con él.
―Hablar con tu padre… ―Khalûn dejó la frase suspendida en el aire.
―Decirle la verdad.
El general también retrocedió un paso, como si aquella idea fuera intolerable.
―Él se tomará esa verdad como una afrenta.
―Lo sé.
―Lo más probable es que acabe con todos nosotros.
―Lo sé.
―O que nos despelleje por diversión durante siglos.
Xerab mantuvo los ojos fijos en él.
―Lo sé.
No había desafío alguno en su voz, aunque tampoco resignación.
Era una aceptación rotunda. Khalûn comprendió que no se trataba de valentía ni de locura.
Tal y como le había dicho antes, era necesidad.
Una necesidad que, de no satisfacerse, lo consumiría desde dentro y los arrastraría a todos con él, quisiera o no.
―¿Y qué pretendes decirle? ―preguntó su primero.
Xerab miró a los suyos. A todos. Uno por uno.
―Que no obedeceré más. Ni yo ni ninguno de vosotros. Le exigiré mi libertad y la de todos.
De pronto, el viento se detuvo. O quizá fue solo la percepción de quienes lo escuchaban con el corazón encogido.
Sin duda, aquella empresa era la más difícil a la que su señor se enfrentaría jamás, pero el tono que empleó, con la convicción de que era eso o morir, hizo que la idea de no volver a verse arrastrados a la sumisión absoluta prendiera en sus pechos como una chispa en un campo seco.
Khalûn lo observó un instante, frunciendo los labios como muestra de incomodidad.
―No aceptará.
―No lo hará.
―Entonces… moriremos.
Xerab asintió con serenidad.
―Entonces moriremos. Pero libres.
El general cerró los ojos un momento. Vio los siglos desfilar como sombras: ciudades ardiendo, ríos teñidos de rojo, órdenes cumplidas sin cuestionarlas. Y vio también los rostros de los suyos, siempre detrás, siempre obedeciendo.
―No quiero seguir matando sin sentido ―prosiguió Xerab―.
No quiero que los humanos avancen porque nosotros los empujamos hacia el abismo.
Que caminen por sus propias decisiones. Que se hundan o se alcen por su voluntad, no por la nuestra.
Tienen derecho a su libre albedrío, aunque mi padre lleve luchando milenios por lo contrario.
Khalûn lo miró de nuevo. Algo dentro de él cedió.
―El tiempo de huir se ha terminado ―dijo despacio.
Xerab no sonrió, aunque sus hombros se relajaron ligeramente.
―Así es.
El general se volvió hacia la columna.
―Guerreros, ¡ya habéis oído!
―No, Khalûn ―lo interrumpió―. Pueden decidir. La libertad que deseo empieza aquí, entre nosotros. Si alguno no está de acuerdo, puede desertar y unirse a las filas de mi padre. Nadie lo juzgará ni sufrirá represalias por ello.
Uno de los guerreros situados al final avanzó entre sus compañeros, que le abrieron paso, sorprendidos de que se atreviera a dirigirse a su líder.
―¿Tienes algo que decir, Razvan? ―preguntó el general.
―No puedo hablar por los demás, pero sí por mí.
Prefiero que me degolléis ahora mismo y poner fin a esta existencia antes que volver a hincar la rodilla ante vuestro padre.
No elegí esta vida ni pedí matar a mis semejantes sin importarme la maldad de mis actos.
Odio como mi humanidad ha desaparecido conforme me alimentaba de ellos.
Jamás he cuestionado una orden, pero hoy voy a hacerlo: ¡libertad o muerte!
Se volvió hacia la columna y, sin dudar, gritó:
―¿Qué me decís, Neacșu? ¿Estáis conmigo? ¿Libertad o muerte? ―Elevó la espalda hacia el cielo.
Los guerreros se golpearon el pecho y se llevaron una mano a la garganta mientras de ellas brotaba un rugido al unísono. Aquello fue el detonante para que Xerab mirara a Khalûn con una amplia sonrisa cargada de orgullo. Luego avanzó unos pasos, situándose frente a los suyos.
Dejando a un lado la debilidad que le provocaban los rayos del sol, se apartó la capa y dejó que la luz del día lo envolviera con un manto claro. Sus ojos azul cárdeno ahora brillaban con una luz distinta: determinación absoluta.
―Hermanos ―comenzó―. Hemos vivido demasiado tiempo bajo una voluntad que no era la nuestra. Hemos servido, obedecido y matado sin preguntar por qué. Yo os he guiado por ese camino, pero eso se ha terminado.
Su general asintió, el resto permaneció inmóvil.
―No somos bestias. No somos armas. Somos algo más. Y ese algo ha permanecido dormido durante siglos dentro de nosotros. Yo lo siento ahora. Aquí. ―Se llevó la mano al pecho―. Es la necesidad de decidir por mí mismo. De elegir. ¡De ser libre!
Algunos alzaron la vista, otros tensaron la mandíbula, conscientes de que aquella rebelión acabaría con ellos; pero era preferible a seguir viviendo como esclavos.
―Regresaremos a Piatra Morții. Le diré a mi padre que no le serviremos más. Que jamás volveremos a matar en su nombre. ¡Que dejaremos de ser sus sombras!
Un murmullo firme de aceptación recorrió la formación de un extremo a otro.