18. LO SÉ
A lana se despertó al amanecer con una necesidad apremiante de visitar a su familia para hablar con ellos sobre lo que tendría que afrontar en pocos días.
Mientras se ajustaba los cordones de las botas, la asaltó la angustiosa sensación de que estaba dejando de formar parte de sus vidas, como si su presencia se desdibujara poco a poco y le fuera imposible evitarlo.
De hecho, apenas recordaba la última vez que había abrazado a Wade, y eso la estaba destruyendo lentamente.
Caminó entre las tiendas hasta llegar a la de los suyos. Al entrar, vio a su madre cepillándose el largo cabello. Su padre se encontraba sentado en el lecho, poniéndose los zapatos.
―Madre, padre… ―Con un nudo en el estómago, avanzó hacia ellos para abrazarlos.
Leala se volvió al oír su voz.
―¡Lana! ―Se puso en pie al instante y, con los brazos abiertos, salvó la distancia que las separaba en un suspiro.
―¡Alana, hija mía! ―logró decir Fairfax, con la voz cargada de emoción.
Tras abrazarlos con fuerza, se sentaron en la mesita colocada a un lado.
Con cariño, sostuvo las manos de ambos con una serenidad que no sentía.
Leala la miraba como si quisiera memorizar cada rasgo de su rostro mientras Fairfax mantenía la espalda recta, fingiendo una entereza que se resquebrajaba en sus ojos.
―Siento de veras no haber podido venir antes. Yo… ―se le quebró la voz―. En cuanto regresen del castillo Thyra y Nîga, tendremos que marcharnos de nuevo. Debemos rescatar a Yngvar y a Erke.
―¿Y has de ir tú otra vez? ―preguntó Leala, muy preocupada.
―Madre, ya no soy tu niña. La Alana que era duerme en mi interior, pero cada vez la oigo menos. Su sangre me protege, pero la de Mørket lucha día y noche por adueñarse de mi alma. Lo siento, lo padezco.
―Hija… ―sollozó, rota―. ¿Por qué te ha tocado llevar esta pesada carga?
―Para que tú no tuvieras que hacerlo. No me importa. Te he salvado. A ambos. ―Miró a su padre y le apretó la mano―. Y a Wade…
Por más que intentó mantenerse firme, una lágrima resbaló por su mejilla. Fairfax se la secó, con el rostro surcado por la pena y la angustiosa preocupación.
―Quedan pocos días para marcharnos ―prosiguió―. Quiero pasar con vosotros y con mi hermano todo el tiempo que sea posible. No sé cuánto tardaremos en encontrar a Abbadon ni cuándo regresaré ―admitió al fin―. Lo único que os pido es que os cuidéis y veléis por Wade.
El silencio que siguió a continuación resultó más revelador que cualquier despedida. Leala cerró los dedos alrededor de los suyos con fuerza, como si así pudiera retenerla, anclarla a aquel instante. Fairfax carraspeó, incómodo, y asintió una sola vez.
―Hija, ÉL guía tu camino. Estoy convencida de que daréis con ellos y podréis traerlos de vuelta ―dijo su madre con voz grave, tragándose la pena y el temor a perderla.
―Eso espero ―susurró Alana, aunque no estaba del todo segura de poder cumplirlo―. Regresaré después, no quiero despertar a Wade.
Leala asintió y la abrazó con una ternura que le desarmó el alma.
Olía a su hogar, a su infancia, a todo lo que dejaba atrás.
Fairfax apoyó una mano en su hombro y, sin pronunciar palabra, expresó cuanto sentía.
Cuando se separaron, Alana notó el peso real de la partida, aunque aún faltara un poco.
Sabía que no era solo una misión: era un puente ardiendo bajo sus pies, tendido entre lo que había sido y aquello en lo que estaba destinada a convertirse.
Salió de la tienda con el pecho oprimido y, tras unos pasos, tomó una decisión: debía buscar al padre León.
Caminó con determinación hacia la tienda de los Sjaman.
Después de que uno de los errantes le indicara dónde estaba, lo encontró inclinado sobre un pequeño arcón de madera tallada, revisando frascos y vendas con la meticulosidad de quien sabe que un detalle puede inclinar la balanza entre la vida y la muerte.
Se detuvo frente a él y le fue imposible no sonreír al pensar cómo habían cambiado sus destinos. Ella tenía en sus manos el de los humanos y León, pese a llevar la muerte en su interior, aún luchaba por preservar la vida de todos cuanto se hallaban en el campamento.
―Padre León ―dijo, esbozando una amplia sonrisa para llamar su atención.
―¡Alana!
El párroco soltó el trapo que tenía en las manos y fue hacia ella para estrecharla entre sus brazos. La joven, desbordada, le devolvió el abrazo sintiendo un nudo en el estómago.
―¿Cuándo has regresado?
―Anoche. Y pronto volveré a marcharme. Esta vez, necesitaré que vengas conmigo.
―¿Yo? Hija, yo no soy un guerrero.
―Pero puedes salvar a uno de ellos con tus conocimientos.
―¿Es por Yngvar?
Ella asintió.
―Y por Erke. No puedo ver el futuro, pero me ha sido revelado que vendrás conmigo y llevarás contigo las Lágrimas de los Ángeles.
En ese instante, Unne entró en la sala y se quedó paralizada al oír cómo hablaban de ellas.
―Elegida… ―la saludó, inclinándose.
―Unne.
―¿Vos conocéis…?
Alana le repitió lo que le habían mostrado o lo que había sentido, de alguna manera, dentro de sí. La errante asintió a todo cuanto escuchó y se marchó de inmediato para informar a los ancianos.
―Puede que no hagan falta, León, pero si Abbadon decide usar una daga de acero dojehî contra él, será su final si no llegamos a tiempo.
El sacerdote la observó en silencio, comprendiendo la gravedad de aquellas palabras.
Unne le había relatado todo lo que se sabía sobre el acero dojehî : forjado en los fuegos del Infierno, no dejaba margen para el error.
Solo las Lágrimas podían revertir una herida semejante y, aun entonces, el tiempo se convertiría en un enemigo implacable.
―Acato Sus designios ―respondió con firmeza, inclinando la cabeza con devoción y respeto―. Te acompañaré y las llevaré conmigo. Rezaré para no verme obligado a usarlas.
La joven también inclinó la cabeza en señal de gratitud. No podían prever las maldades de Abbadon, pero sí prepararse para ellas.
En aquella guerra donde la sombra parecía ir siempre un paso por delante, cualquier precaución podía marcar la diferencia entre perder a Yngvar o traerlo de vuelta. Y, a esas alturas, estaba dispuesta a todo cuanto fuera necesario para volver a tenerlo a su lado.
El viento del norte arrastraba un olor salobre que anunciaba la cercanía del mar.
Xerab lo percibía incluso sin necesidad de respirar.
Era una sensación que le rozaba la piel como un recuerdo antiguo, algo que le susurraba que la libertad se hallaba un paso más cerca, que ya faltaba menos para encauzar el regreso a Venecia y a esa ansiada liberación.
A su alrededor, la columna avanzaba en silencio.
Botas hundiéndose en la tierra húmeda y el leve roce de las armas marcando el ritmo de la marcha.
Khalûn caminaba a su derecha, a la par. Atrás había quedado la obligación de avanzar un paso por detrás, tal y como había hecho durante siglos por obediencia ciega.
Aquella sumisión, ligada a la sangre, ya no pesaba como una cadena invisible.
Xerab lo había liberado, a él y a todos.
Ahora, quienes marchaban a su lado, ante sus ojos, eran sus iguales, aunque sus guerreros le habían jurado que jamás lo abandonarían.
―Si nos esforzamos un poco más, llegaremos antes del anochecer a Plovdiv ―murmuró el general―. La niebla nos acompaña. Será fácil avanzar sin ser vistos.
Xerab permaneció sumido en sus pensamientos, con la mirada fija en el horizonte, donde la noche comenzaba a devorarlo todo.
No prestaba atención a nada en concreto; aun así, era capaz de percibir cada detalle, como si realmente ya estuviera allí: muros de piedra negra, columnas talladas en la roca viva, la gran escalinata que descendía hacia la cámara central.
Piatra Morții. Aquel nombre resonó en su mente con la insistencia de un maldito tambor incapaz de callar.
―No sé si quiero que sea sencillo ―dijo al fin.
Khalûn frunció el ceño.
―¿A qué te refieres?
El líder la casa Neacșu se detuvo. La columna entera se congeló tras él sin necesidad de una orden. Era un reflejo aprendido a golpe de siglos.
Se volvió despacio, observando los rostros que lo seguían.
Sus guerreros ya no evitaban su mirada, sino que la sostenían con una mezcla de respeto y esperanza.
De pronto, ninguno mostraba el semblante sombrío por la fatiga de obedecer.
Todo lo contrario: percibía empuje y sonrisas contenidas.
Regresaban a su hogar, porque eso era Venecia para todos.
―Sé que todos deseáis volver a Véneto. Creedme, yo el primero. Pero, conforme nos acercamos, la idea de que llevamos demasiado tiempo huyendo no deja de torturarme ―añadió, más para sí que para los demás.
―¿Acaso has cambiado de opinión? ―preguntó el general, dando un paso al frente―. No huimos, Xerab. Buscamos la libertad.
―No ―replicó el hijo de Mørket. Aquella palabra cayó sobre el optimismo de sus guerreros como una maldita losa―. Es una huida. Ahora lo veo claro.
Su silencio tensó el ambiente. Un viento helado sopló con saña, arrastrando hojas secas y polvo por el camino.
Xerab cerró los ojos un instante. Dentro de él había una voz que gritaba, que clamaba por lo que su general acababa de nombrar: libertad.
Una palabra simple que se abría paso a grandes zancadas, pero que sostenerla en el tiempo no sería posible si lo hacían como ladrones en la noche.
No. Debía enfrentarse a su padre y exigirle ante todos que rompiera el vínculo.
―No puedo seguir huyendo de él ―confesó, con la cabeza alta―. No tiene sentido. Espero que lo entendáis.
Khalûn pronunció su nombre y la oscuridad se enraizó en sus corazones casi al instante.
―Mørket.