Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 17. ¡YA BASTA! #4
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17. ¡YA BASTA! #4

―¿Por qué no me dejas morir? ―dijo con el alma destrozada.

Dejó caer los brazos a los costados y bajó la cabeza, rendida. Pese a ello, Alistair la observó con desconfianza, consciente de que aquella calma repentina era más peligrosa que cualquier arrebato.

―¿Es eso lo que quieres? ―preguntó, con la voz más baja de lo que pretendía.

―No ―respondió ella―. Quiero vivir, pero no a tu lado.

La joven se movió con una rapidez inesperada.

No fue hacia la puerta, sino hacia el príncipe.

Sus manos se cerraron en la tela de su camisa y tiraron con fuerza, desequilibrándolo lo justo para golpearle la frente con la suya.

El impacto fue bestial. Alistair retrocedió medio paso, más sorprendido que herido, y ella aprovechó ese instante para empujarlo contra la mesa.

La madera crujió y cedió bajo su peso hasta hacerse añicos. Herleva no dudó: giró sobre sus talones y corrió hacia la puerta.

La ira impulsó a Alistair con mayor velocidad y la alcanzó antes de que sus dedos rozaran el pomo.

―Está claro que no puedo fiarme de ti ―susurró junto su oído, aferrándola contra su cuerpo.

―¡No vuelvas a tocarme! ―gritó ella, encarándolo.

―¡Te estás comportando como una niña malcriada!

―¡Y tú como un maldito tirano!

Él la sujetó por los hombros para apartarla, pero Herleva le lanzó el codo al cuello y consiguió liberarse de nuevo. Mientras sus pechos subían y bajaban por pura inercia, el aire entre ambos se llenó de esa corriente que precede a la tormenta. Voluntad contra voluntad.

―Mereces que te azote hasta que pierdas la razón, pero no voy a hacerlo.

Ella alzó las cejas, sorprendida.

―¿Te has vuelto aún más cobarde? ―lo retó, pero se arrepintió nada más decirlo.

El príncipe estudió la reacción de su rostro y dibujó una sonrisa al ver que la había sorprendido.

―No, ahora soy un verdadero hombre.

―¿¡Un hombre!? ―se mofó―. ¡Lo que eres es una aberración!

―A estas alturas, ya no lo pongo en duda, pero no olvides que tú también, querida mía.

Aquellas palabras se clavaron entre ellos. Herleva retrocedió hasta la cama sin apartar la vista de él. Acabó sentada y sus dedos se cerraron en la colcha, como si aquello pudiera anclarla al suelo.

Mientras Alistair seguía cada uno de sus movimientos, el impulso de golpearla se desvaneció sin más.

La verdadera razón era que algo en su interior lo había forzado a desistir.

Las palabras de Alana afianzaban su condición.

Él ignoraba que, por mucho que lo intentara, jamás podría ponerle una mano encima más allá de lo que ya había hecho.

―No soy tu propiedad ―dijo ella despacio―. No soy tuya.

Él la miró con rabia. Había algo en esa frase que le removía más de lo que quería admitir.

―Herleva…

Alistair dio dos zancadas, tiró de ella y la sujetó por la cintura antes de que pudiera reaccionar. Sin pensarlo, la besó. La normanda se revolvió y le mordió el labio con furia.

―¡Maldita mujer!

―¡Suéltame ahora mismo!

―No.

―¡Te odio!

―Lo sé.

Ignoró su mirada asesina y la sujetó con más firmeza, impidiéndole apartarse.

Volvió a inclinarse sobre ella y esta vez no hubo duda ni vacilación; fue un gesto áspero, cargado de furia y de una necesidad que no lograba explicar.

Sus labios reclamaron los de ella con una intensidad que no era ternura, sino imposición, una mezcla de orgullo herido y de ese mandato invisible que lo empujaba a no soltarla jamás.

No era solo su derecho como príncipe ni la autoridad de quien le había dado la eternidad.

Era algo más oscuro y profundo: una orden que no había nacido de él y que, aun así, le ardía por dentro como si fuese propia.

Cada vez que intentaba apartarse, esa voz silenciosa regresaba: ámala por encima de todo .

Y él obedecía, incluso cuando esa obediencia le resultaba insoportable.

La agarró por la nuca, obligándola a alzar el rostro, y la besó de nuevo con una violencia que rozaba la desesperación.

No buscaba su consentimiento, buscaba silenciar la guerra que libraba en su interior.

Porque, aunque la hubiese convertido por rencor y venganza, aunque su traición aún le pesara, algo más fuerte que su voluntad lo encadenaba a ella.

Esa era la ironía que más lo enfurecía: no podía odiarla sin amarla al mismo tiempo. Y eso lo estaba destrozando.

Cuando terminó, dio un paso atrás y se quedó allí, observándola. Herleva lo miraba con un aborrecimiento tan limpio que resultaba casi luminoso. No había miedo en sus ojos, y eso lo enfureció aún más.

―¡No vuelvas a besarme jamás! ―gritó ella, desgañitándose.

Alistair dibujó media sonrisa y caminó hacia la puerta. Antes de abrirla, se dio la vuelta.

―Lo haré una y mil veces, hasta que sientas por mí lo mismo que yo siento por ti. Ya no me importa si es brujería o si el maldito Destino ha impuesto su voluntad sobre mí. Al final serás mía… y acabarás suplicando lo que ahora aborreces. Dulces sueños, princesa.

Se dio media vuelta y la dejó allí, sola con su silencio y la ira estrangulándole la garganta y el alma.