17. ¡YA BASTA! #3
Forcejearon con una violencia torpe y desordenada, sin elegancia ni cálculo alguno.
En sus corazones solo existía el deseo voraz y desgarrador de matar al otro.
En realidad, ambos querían escapar de esa prisión invisible que jamás dejaría de tener barrotes.
Pero, por mucho que se empeñaran en alejarse el uno del otro, el Destino, cínico, los había unido para siempre.
Harto de que no dejara de revolverse entre sus brazos, el príncipe intentó inmovilizarla empujándola contra la pared.
Ella no se detuvo; al contrario, siguió forcejeando con una intensidad que iba más allá de la fuerza física.
Su cuerpo reaccionaba por puro instinto, pero lo que realmente la movía era la humillación que le ardía en la garganta.
Alistair apenas tuvo margen para reaccionar cuando Herleva, tirando de los restos de la neófita que aún palpitaban en su interior, inclinó la cabeza y le hincó los colmillos en el hombro.
Él soltó un siseo entre dientes y la apartó de un tirón.
La herida empezó a cerrarse casi al instante, pero aquel gesto lo encendió aún más.
La normanda lo miró con un odio que le caló hasta los huesos. Sabía que no podría huir, pero al menos le dejaría claro que aún no la había doblegado. Todavía no.
―¡No me importa lo que me hagas, jamás te obedeceré! ―escupió, desesperada.
Alistair sintió que algo se quebraba dentro de él. Aquel maldito impulso de amarla le impedía acabar con ella. Quizá no pudiera hacerla desaparecer, pero sí castigarla. Y eso era exactamente lo que iba a hacer.
Miró alrededor y la rabia terminó de adueñarse de él.
Sus soldados aguardaban expectantes, como si esperaran que la doblegara de una vez, mientras varios vampiros los observaban con medias sonrisas que rozaban la burla, divertidos por aquella escena que consideraban poco más que un espectáculo.
Aquello bastó para que la poca calma que aún conservaba se desvaneciera por completo.
―¡Todos fuera!
Su voz retumbó en el vestíbulo y no necesitó repetirlo. En cuestión de pocos instantes, el lugar quedó vacío. Solo permaneció Youngblood, que bajó la mirada al suelo, consciente de que lo que estaba a punto de ocurrir no sería de su agrado.
―Si no me obedeces por las buenas, será por las malas ―dijo entre dientes.
Dio un paso al frente antes de que Herleva pudiera apartarse.
La rabia le nublaba el juicio y, aun así, cada movimiento fue preciso.
Cerró la mano en su cabello y tiró de ella hacia atrás con brusquedad.
Buscaba hacerle daño; buscaba someterla.
Recordarle que aquella guerra tenía un único vencedor: él.
Herleva soltó un quejido ahogado al verse obligada a retroceder. Sus dedos intentaron zafarse de su férreo agarre, pero no lo consiguieron. Landon permaneció inmóvil a unos pasos, aún con la mirada baja, consciente de que intervenir sería cruzar una línea que no le correspondía.
Alistair, sin importarle los insultos ni los alaridos que desgarraban la garganta de su esposa, la arrastró escaleras arriba y luego por el corredor, sin mirar atrás.
Cada paso resonaba en la piedra como una condena.
No era solo ira, sino hartazgo. Una amarga verdad le oprimía el pecho: tendría que soportarla durante siglos.
Compartir la eternidad con alguien que había intentado traicionarlo y a quien, contra toda lógica, no podía dejar de amar lo indujo a perder totalmente el control.
Abrió la puerta de su alcoba de una patada y la empujó hacia el interior.
La soltó entonces, no porque sintiera hacia ella la más mínima clemencia, sino porque ya estaba donde debía estar.
Encerrada. Bajo su voluntad. Y, aunque la contradicción le mordía el alma por dentro, también bajo ese vínculo que lo condenaba a no apartarla jamás de su lado.
El eco de sus gritos continuaba rebotando en las paredes cuando él cerró de un portazo, dejando a Youngblood al otro lado de la puerta. De pronto, la habitación se redujo a ese espacio mínimo que compartían.
―¡Jamás vuelvas a hacerlo! ―le advirtió, señalándola con el dedo.
―¿O qué? ―se atrevió a contradecirlo―. ¿Me arrastrarás otra vez hasta esta maldita alcoba?
Alistair no respondió. No porque le faltaran palabras, sino porque no quería reconocer que esa era exactamente su intención. Y su silencio lo dejó claro.
La normanda retrocedió un paso. Luego otro. Midió la distancia hasta la puerta y sus hombros se tensaron al hacer el cálculo. Él lo percibió al momento.
―Ni se te ocurra.
―No puedes retenerme para siempre.
―Puedo. Ahora elige: o me obedeces o te obligaré, durante el resto de tus días, a hacer cuanto me plazca. ―Su tono no dejaba lugar a dudas de que estaba dispuesto a hacerlo.
Ella cerró los ojos un instante y, movida por un impulso feroz, se lanzó hacia el ventanuco y rompió el cristal. Atrapó un fragmento y se lo llevó a la garganta.
―No me das otra opción.
Alzó aquella esquirla y se la hundió en la carne. Alistair, que no esperaba aquella reacción, sintió como si aquel filo le atravesara el pecho.
―¡No! ―gritó horrorizado, extendiendo la mano de forma instintiva, intentando alcanzarla.
El efecto fue inmediato. El cuerpo de ella se congeló. Sus ojos se abrieron con incredulidad. Intentó mover los dedos. No pudo. El odio que le cruzó el rostro fue más punzante que cualquier arma. No le había robado la mente; solo la voluntad de seguir rasgándose la carne.
―Déjame hacerlo ―susurró con la voz rota.
Alistair tragó saliva. Se acercó a ella en un suspiro y le arrebató el cristal. La sangre se detuvo al instante y la herida comenzó a cerrarse.
Pese a que quería castigarla, todo en él le decía que debía protegerla y amarla a toda costa. Sin más, la orden que la había obligado a detenerse se desvaneció, pero el daño ya estaba hecho.
En cuanto recuperó el control, ella retrocedió como si él quemara.