17. ¡YA BASTA! #2
Al final del corredor encontró la puerta que le había dicho aquella sirvienta: la que usaban los criados para sacar los desperdicios y recibir las mercancías. Justo la que precisaba.
Se armó de valor y se acercó al quicio para asomarse.
El patio de servicio estaba a rebosar. Había cinco carros cargados de hortalizas, piezas de caza y barriles de lo que supuso era cerveza.
Decenas de hombres iban y venían descargando mercancías, y otros tantos se dedicaban a cortar leña.
Un fuerte olor a ceniza y madera la distrajo un instante.
Sacudió la cabeza y se aventuró al exterior.
El aire frío de la mañana le despejó la mente al momento.
Después de tantas semanas en cautiverio, miró hacia el cielo por puro instinto y vio parte de las torres recortando su silueta contra un firmamento encapotado que auguraba tormenta.
No le importaba si caía el diluvio universal del que hablaban las Escrituras; iba a marcharse de allí a toda costa, aunque tuviera que llevarse por delante a todos aquellos apestosos ingleses.
Rodeó el patio, notando las manos extrañamente más frías. Todo su cuerpo temblaba, pero no se dejó vencer por el pánico. Solo pensaba en llegar a las caballerizas, situadas al otro extremo, junto a la puerta norte.
Apretó el paso y notó un cosquilleo en la nariz.
Desde lejos ya percibía el olor a heno y cuero.
Una última esquina, un último tramo descubierto.
Inspiró hondo y cruzó con decisión, sin correr aún.
Correr antes de tiempo sería delatarse. Pasó junto a un pozo y un banco vacío.
Ninguno de los soldados se fijó en ella.
El poco tiempo que había pasado en aquella infernal cocina había empapado su cabello y empeorado el aspecto, ya terrible de por sí, de las pobres ropas de Ava.
Cuando la techumbre de madera de las caballerizas apareció ante ella, la tensión cedió y el nudo que le oprimía el pecho se aflojó un poco.
Empujó la puerta lateral y se coló dentro.
El interior estaba en penumbra, iluminado apenas por una lámpara y la tenue claridad que se filtraba por las rendijas.
Los caballos resoplaron al percibirla, pero no relincharon.
Entonces, aceleró el paso. Sonrió para sí. Había salido de las cocinas sin que nadie la detuviera. Había cruzado piedra, sombra y caos hasta allí. Ahora solo quedaba montar y desaparecer antes de que alguien notara su ausencia.
Alguien no. Alistair.
El príncipe, pese a que parecía caminar con paso firme, en verdad, estaba tratando de retrasar aquella conversación.
De hecho, llevaba dos largos días evitando aquel pasillo.
Dos días bordeándolo como si las piedras lo juzgaran cada vez que se marchaba.
Notaba un extraño cansancio en los hombros y una irritación constante bajo la piel que sabía muy bien a quién se debía.
―Vamos a mi alcoba, Landon. En cuanto entre, espera unos instantes y luego llama con la excusa de que el Drăgoi me reclama.
―Me parece bien. Y creo que no deberías demorarlo más; por lo que he oído, tu esposa está a punto de prenderle fuego al castillo si no vas a verla.
Alistair frunció el ceño.
―¿Estás dándome una orden?
―Jamás se me ocurriría tal cosa. Solo te doy mi apoyo. ―Señaló la puerta con la mirada―. No es propio de ti esquivar… responsabilidades ―ironizó.
Aquel comentario le sentó peor de lo que esperaba. No porque fuera impertinente, sino porque quizás era demasiado cierto. Mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir.
―No la esquivo ―replicó fingiendo entereza, aunque sabía que mentía―. He tenido otros asuntos más urgentes.
Youngblood decidió no insistir, sino que se limitó a apartarse lo justo para dejarle paso.
―Te daré un tiempo prudencial.
El príncipe lo observó un instante y luego giró el picaporte.
―Pero no tardes demasiado.
Cuando abrió la puerta, no pudo evitar soltar un resoplido. Como siempre, la normanda estaba mirando por la ventana. Ya estaba cansado de esa actitud. En realidad, ya no sabía si la prefería sumisa o desatada como una fiera. Cerró tras de sí y se dispuso a enfrentarse a ella.
―Herleva ―dijo con determinación para que se volviera.
Ella no lo hizo.
―¡Herleva! ―repitió Alistair, perdiendo la paciencia.
Al no obtener respuesta, sintió cómo la ira tomaba posesión de su cuerpo en un parpadeo. Cruzó la habitación en un suspiro, la sujetó por los hombros y la obligó a mirarlo.
―¿¡Dónde está!? ―gritó enloquecido al ver a aquella muchacha.
―¿Quién? ―balbuceó Ava, aterrada.
Al oírlo vociferar como un poseso, Youngblood, espada en mano, entró sin llamar.
―¿Alistair qué ocurre?
―¡La muy zorra me ha desobedecido y se ha escapado!
Sin perder un instante, miró a Ava a los ojos y la obligó a decir lo que había ocurrido. En cuanto terminó de contar la artimaña que había empleado su querida esposa, la liberó del trance. La muchacha, aturdida, no entendía cómo había acabado vestida con las ropas de su señora.
―Mi señor, yo…
―Vete a las cocinas y no vuelvas a pisar esta alcoba.
―Pero el vestido…
―Es tuyo. ¡Márchate!
―Sí, mi príncipe ―susurró y salió corriendo como alma que lleva el diablo.
Alistair cerró los ojos un momento para tratar de tranquilizarse.
Parecía que el Destino no tenía suficiente con haberlo transformado en vampiro, obligado a asesinar a su padre y contemplar cómo el trono se le escapaba de entre los dedos.
Ahora le exigía perder su valioso tiempo buscando por todo el castillo a una advenediza cuya única intención era hacer lo que le venía en gana.
El estómago se le contrajo con una sensación desconocida y muy peligrosa: descontrol.
―Voy a matarla… ―musitó casi como una plegaria.
―Entiendo tu frustración, pero creo que será mejor dar la orden de buscarla ―propuso el capitán con el semblante serio―. Empezaremos por el bosque colindante y las caballerizas. A no ser que prefiráis reclamarla.
Silencio.
Alistair inspiró hondo y se concentró. Sacudió la cabeza y sonrió con desgana.
―No sé qué quiero, Landon. No sé si es mejor repudiarla o molerla a palos hasta lograr que me obedezca.
―No soy partidario de alzarle la mano a una mujer ―replicó con voz grave, dejando clara su repulsa.
―Eso es lo bueno, amigo mío. Herleva ya no es solo una mujer, es una maldita vampira. Y parece que está dispuesta a hacerme perder la paciencia hasta el fin de sus días. ―Lo miró a los ojos y resopló―. Que así sea. Vamos a las caballerizas. Puedo sentir su presencia desde aquí.
Pasó junto a Youngblood y salió al pasillo. La mente empezó a llenársele de un ruido ensordecedor: pensamientos que chocaban entre sí sin orden ni sentido, imágenes de ella obligando a la sirvienta a ponerse sus ropas, escapando, riéndose de su autoridad. Le ardieron las sienes por el esfuerzo.
Apretó el paso y, mientras bajaba las escaleras seguido por el capitán, sintió una extraña presión en el pecho, como si un hilo invisible tirara de él y lo atrajera hacia ella.
Al llegar al vestíbulo, alargó el brazo y detuvo a Landon poniéndole una mano en el pecho.
―Espera ―susurró. Acto seguido, cerró los ojos sin entender por qué lo hacía.
De pronto, todo su ser comenzó a vibrar por dentro. La estaba llamando sin usar palabras, solo con su voluntad. El impulso fue tan natural como respirar, aunque ignoraba de dónde surgía aquella orden. Ni siquiera lo pensó. Simplemente lo hizo.
En las caballerizas, Herleva tenía ya la mano en la brida de un imponente caballo tordo cuando el cuerpo se le tensó de golpe. Su voluntad se desvaneció y el mundo pareció detenerse a su alrededor. Trató de mover los dedos. No respondieron. Intentó dar un paso. Las piernas se negaron en redondo.
―No… ―musitó entre dientes.
Aquello no era magia. Al menos, no la había sentido como tal. Era una orden directa a la que no podía negarse. Su cuerpo la reconocía, aunque su mente la rechazara de pleno.
Soltó la brida con brusquedad, como si quemara, y dio un paso atrás.
El caballo resopló, inquieto. Ella apretó la mandíbula, furiosa.
Trató de recuperar el control, pero cada músculo de su cuerpo parecía decidir por su cuenta.
No entendía por qué caminaba hacia atrás.
Solo sabía que no podía dejar de hacerlo.
Atravesó el patio trasero sin mirar a nadie y cruzó el pórtico hacia el de armas.
Sin más, aquella presión que le atenazaba el pecho desapareció tan pronto vio a Alistair en mitad del vestíbulo, esperándola. La rabia y el miedo la atravesaron al mismo tiempo. El rostro del príncipe mostraba una oscuridad que jamás había visto. Y supo que iba a pagarlo muy caro.
El cuchillo apareció en su mano antes incluso de que él abriera la boca. No fue consciente de cómo logró sacarlo de la manga. Solo sintió el frío del metal entre los dedos y la necesidad imperiosa de hundirlo en su pecho para salir corriendo.
Él avanzó hacia ella. Entonces, completamente acorralada, Herleva lo amenazó con el cuchillo.
―¡No des ni un paso más! ―vociferó.
Con aplomo, Alistair continuó hasta quedarse a dos palmos.
―No seas ridícula. Sube a tu alcoba…
―¡No! ¡Voy a marcharme ahora mismo y tú no vas a impedírmelo! ―gritó a pleno pulmón.
Se lanzó hacia él sin previo aviso. El pequeño acero silbó en el aire. Él se apartó lo justo, pero la hoja le abrió la camisa y le rozó la piel. La sangre apenas llegó a brotar antes de que la herida empezara a cerrarse.
Herleva volvió a atacar. Esta vez le alcanzó el costado. Él la sujetó del brazo. En respuesta, ella le golpeó con el codo. El cuchillo cayó al suelo y rodó hasta que Landon lo recuperó.