17. ¡YA BASTA!
L andon abandonó la alcoba del Drăgoi con un regusto amargo en la boca.
Si el vampiro no le había mentido, solo le quedaba aceptar la segunda opción.
Desde luego, esa parecía ser la más plausible.
Mientras avanzaba a grandes zancadas por los corredores del castillo, se repetía que Helmet no tenía motivos para ocultarle esa habilidad, si incluso él mismo ya era uno de los suyos.
No. Por mucho que le pesara, la explicación debía de ser la más simple; sin embargo, su instinto le decía que continuaba faltándole una pieza.
Resistiéndose a aceptar que en su conversión hubiera fallado algo, buscó otras opciones.
Sin duda, aceptaba que Alistair estuviera aún confuso por las circunstancias en las que murió su padre.
Hasta podía llegar a entender que hubiera terminado enamorándose de la normanda.
Al fin y al cabo, estaba unido a ella para siempre.
Aunque, después de su transformación, no sabía hasta qué punto seguía siendo válido ese matrimonio si ahora ambos eran vampiros.
Poco importaba que no tuviera valor bajo las leyes de los hombres: Herleva le pertenecía tanto como él, pues ambos estaban unidos a su antiguo pupilo por la sangre.
Continuó su camino hasta que un sirviente lo detuvo para informarle de que el príncipe lo esperaba en la sala de reuniones.
Sin perder tiempo, cambió de rumbo. Inevitablemente, la joven inglesa volvió a colarse en su mente.
Por muchas veces que había intentado hablar con Alistair sobre la muchacha, él rechazaba siquiera reconocer su existencia y le exigía que no continuara con sus preguntas.
¿Negaba haberla conocido para que la normanda no se enterara de lo ocurrido entre ellos?
¿Acaso podría importarle que ella lo supiera o, más bien, no quería darle otro motivo para discutir con su esposa?
Además de todo eso, un detalle crucial no dejaba de atormentarlo: si Alana había podido salvarlo dos veces de la muerte, ¿no podría revertir su nueva condición?
Llevaba días haciéndose esas preguntas y, dado que el príncipe se negaba a nombrarla, no conseguía disipar sus dudas. Tal vez aquel fuera un buen momento para sacar el tema. Tras pasar dos largas jornadas alejado de Herleva, con suerte, su mente estaría algo más lúcida de lo habitual.
Llamó dos veces a la puerta y la abrió.
―Mi señor ―dijo, saludándolo con una leve inclinación de cabeza. Después cerró.
―Has tardado más de lo que esperaba ―respondió sin inmutarse, con los ojos fijos en el horizonte.
―Estaba alimentándome ―mintió sin saber por qué.
―Por fin ha llegado la misiva de mi tío. Me ha confirmado que estará aquí en poco más de una semana para tomar posesión del trono. Será coronado rey de Inglaterra.
―Es lo mejor, Alistair.
Landon se acercó a la mesa y retiró una silla. El príncipe se dio la vuelta y clavó sus ojos en él.
―¿Eso crees? ―soltó con un tono de indignación mal disimulado.
Youngblood le mantuvo la mirada y se sentó.
―¿Creer? Yo ya no creo en nada, mi señor. Y si tuviera que creer en algo, no sabría en qué.
El joven sonrió. Pese a todo, Landon seguía siendo un soldado, y estaba claro que no le temía en absoluto.
―Ni yo ―acabó diciendo.
En ese instante, el capitán vio una oportunidad de aclarar el tema de la muchacha de una vez por todas.
Si su tío estaba, como quien dice, a punto de llegar al castillo, quizá ese fuera el mejor momento para intentar encontrar a Alana y confirmar si poseía el don de revertir la misma muerte y devolverles la vida, libres del yugo de la ponzoña de Abbadon.
―Bueno, ahora que lo dices, tal vez pudiera creer en la joven de Felsted. Ella os salvó la vida dos veces. ¿No habéis pensado que tenga la capacidad de…?
―¡Ya basta! Sigues insistiendo en hablar de esa muchacha y te juro que no sé de quién hablas.
―¿Cómo es posible? ―respondió elevando el tono.
―¿Osas alzarme la voz? ―gritó el príncipe, fuera de sí.
Indignado por su negativa, el capitán acabó poniéndose en pie.
―¡Maldita sea, Alistair! ¡Esa muchacha es nuestra única esperanza! No finjas que no la recuerdas. ¡Me obligaste a desposarte con ella solo para mancillarla! Tu padre la metió en las mazmorras con una Drăgoi y luego escapó…
Youngblood prosiguió enumerando todo lo que había ocurrido con ella, pero el heredero seguía sin creerle.
Ante sus continuas negativas, Landon acabó dándose por vencido.
El ostracismo de Alistair solo podía deberse a la explicación que le había planteado el Drăgoi: su masiva pérdida de sangre antes de ser transformado en vampiro quizá fuera el motivo de aquellas lagunas.
No era que la hubiese olvidado solo a ella; había borrado todos esos días.
Por mucho que le doliera, no existía la opción de que otro ser le había robado la memoria o la voluntad.
Simplemente, antes de morir, esa parte de él se había esfumado.
Cabizbajo ante aquella explicación, que le pareció la más acertada, cedió a la evidencia.
―Si de verdad no recuerdas todo lo que sucedió, no pasa nada ―dijo Landon para dar por terminada la conversación.
―No pasa nada porque nunca ha existido ―apostilló el príncipe con un tono más suave.
El viejo capitán asintió y volvió a sentarse.
―Tienes razón. He debido de confundirme. Morir no fue fácil y puede que me haya afectado a la memoria.
El príncipe sonrió con cierto pesar. Al fin y al cabo, ¿quién podía saber con certeza lo que la ponzoña le hacía al cuerpo y a la mente?
―No pasa nada ―repitió, condescendiente―. Ahora he de ver a Herleva. No quiero perderme su cara cuando le confirme que no va a ser reina de Inglaterra porque mi tío viene a ocupar «mi trono».
―Estoy seguro de que le va a encantar la noticia ―bromeó Landon.
Se puso en pie y abrió la puerta. Alistair salió de la estancia convencido de que su mentor había perdido un poco la cabeza al convertirse en vampiro. A solo un paso de él, Youngblood pensaba exactamente lo mismo.
Herleva bajó la cabeza y caminó torpemente con la bandeja que le había arrancado de las manos a Ava.
Como cada amanecer, le había arrebatado la voluntad a la sirvienta para alimentarse de ella; sin embargo, esa mañana había sido diferente.
El olor que desprendían sus manos a hierba, a flores y a pan recién hecho la habían llevado al límite.
Debía escapar. Si permanecía un instante más en aquella sucia alcoba, la obligaría a atarle con gruesas cuerdas y, acto seguido, a que le cortara el cuello para morir de una vez.
Solo quería salir para respirar aire que no estuviera viciado, pero el rastrero de Alistair le había mentido descaradamente.
En vez de aparecer a la mañana siguiente, tal y como le prometió, se había ocultado como un maldito cobarde.
Ya no podía más. Iba a perder la poca cordura que le quedaba y eso no estaba dispuesta a permitirlo.
Por eso, tras alimentarse, la había obligado a vestirla con sus harapientas ropas y a peinarla como lo haría una sirvienta.
El resultado era espantoso, pero eso era lo único que se le había ocurrido y tendría que valer.
Mientras avanzaba por los pasillos, tratando de hacerse invisible y, sobre todo, de no perderse, vio a un par de jóvenes que llevaban lienzos limpios y varios cubos de agua.
Decidida a salir de allí como fuera, se acercó a ellas mostrando su cara más amable e inocente.
―¿Podéis ayudarme? ―se dirigió a ambas―. Hoy es mi primer día y me he perdido. ¿Cómo llevo esto a las cocinas? Y… ¿por dónde se va a las caballerizas? El príncipe me ha pedido que dé la orden de que ensillen su caballo.
―¿Eres nueva? ―dijo la más joven de las dos―. ¿Tú sabías algo de esto? ―le preguntó a la otra, quien negó con la cabeza―. Yo tampoco. Desde luego, no voy a quejarme, porque buena falta nos haces. Cuando acabes, trae tres cubos de agua fresca. Verás, a las cocinas se va por…
La chica le describió las escaleras que debía tomar y el camino exacto para llegar a las caballerizas. También la aconsejó no levantar la mirada del suelo cuando se acercara a los soldados.
La normanda la escuchó con mucha atención y, tras decir un simple «gracias», se marchó a toda prisa escaleras abajo. Por suerte, pudo escabullirse.
En cuanto cruzó el umbral, mostrando una entereza que no sentía, dejó la bandeja en una de las mesas y se acercó al arco que separaba la cocina principal del pasillo de servicio, fingiendo colocar verduras en uno de los enormes cestos.
De pronto, fue consciente de cómo el calor de los fogones comenzaba a pegarle la fina tela del vestido a la espalda.
El aire estaba cargado de humo, grasa y especias.
No sabía que a esas horas hubiera ya tanto movimiento: pinches cruzando con bandejas, pucheros hirviendo, órdenes que iban y venían.
El caos era tal que nadie aún había reparado en ella.
Con el corazón desbocado, esperó el momento propicio para desaparecer.
Este no tardó en llegar: una de las cocineras le alzó la voz a una muchacha que había derramado parte de una olla.
Herleva apretó los labios y aprovechó el altercado para robar un cuchillo, que se escondió en la manga.
Después se deslizó hacia la puerta lateral.
Aunque lo deseaba, no corrió. Sabía que así podría llamar demasiado la atención, por lo que avanzó con la mayor naturalidad que sus nervios le permitían mientras se repetía que debía ser invisible.
El pasillo de servicio era estrecho y olía a piedra húmeda.
Las antorchas estaban separadas por demasiados pasos y la luz dejaba franjas de sombra donde cualquiera podía ocultarse.
La joven normanda avanzó pegada a la pared, contando mentalmente las puertas: despensa, bodega, escalera secundaria.
Escuchó voces más adelante y se detuvo. Dos muchachos subían con jarras.
Esperó a que pasaran y siguió su camino, controlando la respiración que ni siquiera necesitaba.