Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 16. ¿SOY UNA CARGA? #3
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16. ¿SOY UNA CARGA? #3

Helmet no levantó la vista de inmediato. Terminó de firmar el pergamino que tenía entre manos, dejó la pluma y entonces sí, lo miró.

―Youngblood.

―Drăgoi.

Los dos se miraron con la esperanza de sonsacar cualquier detalle, por muy insignificante que fuera, del otro. El silencio entre ambos se alargó apenas un parpadeo.

―Bien, vos diréis ―comenzó el «No Muerto».

El capitán midió sus palabras antes de pronunciarlas.

―Os agradezco que me hayáis concedido esta audiencia. Llevaba un tiempo queriendo hablar con vos porque me preocupa algo que no puedo ignorar.

Helmet entrelazó los dedos sobre la mesa y dibujó su enigmática sonrisa.

―Continuad.

―El príncipe Alistair… ―se detuvo―. Esos recuerdos que han desaparecido de su memoria…

―¿Desaparecido? ―lo cortó el vampiro, sin mostrar emoción alguna en el rostro―. Capitán, creía que ya habíamos aclarado ese punto.

―¿Eso pensabais? Pues a mí no me queda nada claro.

De hecho, me sorprende que haya olvidado a una persona crucial en su vida: la doncella que cambió su destino.

Todo lo relacionado con la joven con la que lo desposé y a la que vos sí conocéis.

Me refiero a Alana Shaw, quien parece haberse esfumado sin más de su memoria.

Os aseguro que no se trata de una confusión por lo sucedido en la batalla ni por ese amor hacia su esposa con el que tratasteis de convencerlo.

No, Helmet. Estoy seguro de que alguien ha alterado su memoria de alguna manera y me gustaría saber quién ha tenido la osadía de cometer tal aberración.

El líder Drăgoi no mostró sorpresa. Tampoco desinterés. Solo lo observó con esa calma desesperante de un ser que ha vivido de todo y ha salido victorioso de los peores horrores que el inglés podría llegar a imaginar.

―¿Alterado? ―repitió el vampiro con parsimonia.

―Borrado. Hecho desaparecer. Podéis llamarlo como os plazca. ―Respiró hondo, como antaño, como tantas veces―. Estoy convencido de que ha sido la muchacha.

―¿La tal Alana? ―dijo con hastío, fingiendo apatía.

―Sí ―respondió el capitán en un tono áspero.

Helmet negó lentamente mientras cruzaba y descruzaba los dedos, como si estuviera pensando.

―Jamás he oído nada parecido ―agregó, eludiendo lo que acababa de confirmar una vez más.

―¿Estáis seguro? ―insistió―. ¿Acaso un vampiro no puede robarle la voluntad a otro? Abbadon lo hizo con él en el campo de batalla.

―No confundas el poder de la sangre con el sometimiento de la voluntad. Todos los nuestros pueden robar la razón a los humanos, pero no a otro igual. Solos los creadores pueden obligar a sus criaturas, aunque no al resto.

―Pero ha tenido que ser ella ―volvió sobre lo mismo Landon―. Ella le salvó la vida dos veces. Los desposé. Yació con él. ¿Cómo es posible que no la recuerde? Si los vampiros no tienen ese poder, entonces ¿quién? ¡Maldita sea!

Con parsimonia, Helmet apoyó un codo en la mesa.

―Capitán, comprendo vuestra frustración, pero no puedo daros una respuesta. No conozco a la muchacha tanto como para afirmar algo así. Y vos tampoco deberíais opinar sin conocer los verdaderos motivos por los que el príncipe rechaza haberla conocido.

Youngblood apretó la mandíbula.

―Os aseguro que no hablo por intuición ni me lo estoy inventando.

―No pongo en duda que así lo creáis, pero tenéis que entender que yo no puedo juzgar sin pruebas.

Y me remito a miles de años de experiencia.

Lo que decís no se ha dado jamás, así que solo puedo pensar que, ante las nuevas circunstancias, el príncipe ha preferido erradicarla de su mente antes que sufrir por otra pérdida.

O tal vez… ―Suspiró a propósito―. A veces en la transformación no todo sale como debería ―añadió, sacándose aquella mentira perfectamente creíble de la manga―.

Lamento no poder daros la explicación que necesitabais.

Landon asintió. No había obtenido lo que buscaba, así que solo le quedaba creer la palabra del vampiro o continuar indagando.

La cuestión era que ya lo había intentado entre las filas Drăgoi, Mosul y Kveld, y había obtenido la misma respuesta: un vampiro no podía someter a otro.

Sus últimas esperanzas las había depositado en el segundo hijo del que llamaban Mørket, y este las había borrado con la seguridad de su declaración.

―Está bien ―añadió el inglés al fin―. Le agradezco que me haya recibido. Solo quería que lo supiera.

―Suerte, capitán ―respondió Helmet con templanza.

Youngblood inclinó la cabeza.

―Gracias.

El Drăgoi permaneció inmóvil unos instantes tras la salida de Landon.

Se acercó a la puerta y la abrió de golpe para ordenar a uno de sus guerreros que fuera a buscar a su esposa y también a sus cuatro generales.

Ya podía confirmarles con seguridad aquello de lo que ya había hablado y que, tal vez, levantaría ampollas si llegaba a saberse: que Alana poseía el poder de robar la voluntad a un vampiro.

Ahora solo le quedaba decidir algo bastante más complicado: si compartiría esa información con Gunnar y Dorek o si la ocultaría para no darle la razón a su suegro.