Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 16. ¿SOY UNA CARGA? #2
53%

16. ¿SOY UNA CARGA? #2

La joven princesa se separó del vampiro y les hizo un gesto a los guerreros, que la acompañaron hasta que desapareció dentro de su tienda.

Bălan se alejó con el pecho ardiendo de una manera extraña.

No sabía cómo y por qué ÉL, que lo había abandonado durante tanto tiempo, ahora lo recompensaba con un ángel.

Caminó en silencio entre las tiendas hacia la que le habían asignado, con la certeza de que, por primera vez en su existencia, algo lo había elegido a él.

Y no estaba seguro de si aceptar Su designio lo iba a salvar del Infierno o lo condenaría aún más.

Al amanecer siguiente, Alistair dejó la alcoba de su padre para dirigirse a la sala de reuniones situada en el piso superior.

Llevaba varios días sin pisar la suya con tal de no volver a ver ni discutir con Herleva.

Pese a esa maldita atracción y al impulso constante que lo llamaba a estar a su lado, había conseguido mantenerse alejado de ella.

Por supuesto, la rabia y la frustración que lo corroían por dentro, incapaz de librarse de ellas, las había volcado en las criadas, de las que se alimentó sin poner freno a su hambre voraz.

Un hambre que, incluso bebiendo más sangre de la que precisaba, no lograba saciar.

Se dirigió a uno de los pequeños ventanucos y miró a lo lejos, lo más lejos que sus ojos de vampiro le permitieron. Deseó volver atrás, a mucho antes de que llegaran los Drăgoi, cuando su mundo era aún real y no una terrible pesadilla de la que jamás podría escapar.

Chasqueó la lengua, pidiendo en silencio poder marcharse de allí. De pronto, como si los dioses hubiesen oído su torpe plegaria, un par de golpes en la puerta lo trajeron de vuelta al presente, alejándolo de la idea infantil de intentar regresar al pasado.

Se dio la vuelta y, con un tono de cansancio y hastío, dijo:

―Adelante.

Un viejo sirviente abrió lo justo para asomar medio cuerpo.

―Mi señor, ha llegado un emisario con una misiva de lord Edmund. Ha insistido en entregársela en mano.

―Bien, hazlo pasar.

Un hombre joven, cubierto de polvo de pies a cabeza y visiblemente agotado, cruzó el umbral. Su larga capa mostraba el blasón de su tío.

―Príncipe, os traigo una misiva de mi honorable señor, Edmund de Mercia ―dijo con voz firme, inclinándose lo justo.

Alistair se quedó inmóvil un instante antes de extender la mano.

―Entrégamela.

El emisario le ofreció el cilindro de cuero y dio un paso atrás. El joven rompió el sello sin mirarlo. Reconoció la letra en cuanto desplegó el pergamino.

Mi estimado Alistair:

He recibido tu misiva y me congratula decirte que llegaré en el plazo de una semana, quizá algunos días más si el clima empeora.

Lamento la muerte de mi amado Athelstan y agradezco tu franqueza.

Tomaré el trono de Inglaterra como corresponde, liberándote ―no sin pesar― de la carga que ha recaído sobre tus hombros.

Comprendo tu deseo de dejarlo todo atrás y, por ese motivo, ya se han hecho las diligencias necesarias para acelerar mi coronación.

Nuestro pueblo no puede permanecer sin rey.

Aun así, te pido que permanezcas en el castillo hasta mi llegada; no podría ceñirme la corona de mi hermano sin tu bendición ante el Papa y ante Dios.

Edmund de Mercia, heredero de Wessex

Apenas tardó más de unos instantes en leerlo.

Su tío confirmaba su llegada en unos días.

Alistair elevó una comisura del labio al releer que aceptaba ocupar el trono.

No obstante, no le sorprendió su petición de que permaneciera en el castillo hasta entonces.

Sin duda era para asegurarse, como le decía en la carta, su bendición.

O quizá era para acabar con su vida y garantizar su reinado hasta su propia muerte.

Dobló el pergamino con cuidado y volvió a guardarlo. Dejó el cilindro sobre la mesa y sostuvo el borde con los dedos, como si necesitara comprobar que seguía ahí.

Levantó la mirada y dijo con seriedad:

―Descansad lo imprescindible y regresad con mi tío para decirle que espero su llegada con impaciencia. Puedes retirarte.

―Os lo agradezco. Señor…

El emisario salió y el sirviente cerró la puerta.

Alistair permaneció inmóvil un momento. Edmund vendría.

El trono cambiaría de manos. Un trono por el que había entregado la razón y su propia vida.

Poco importaba; ahora le pertenecía a Abbadon y, tarde o temprano, sabía que terminaría reclamándolo.

El problema era que la decisión que había tomado semanas atrás había dejado de ser una idea para convertirse de pronto en una realidad cercana.

Se pasó la mano por el rostro y soltó despacio el aire que, de pronto, había necesitado inhalar.

Ya no había marcha atrás. Ahora tenía que avisar a Helmet. Tiró de la cinta y el mismo criado volvió a llamar.

―Sí, mi señor.

―Avisa a Landon.

―Por supuesto, mi señor.

El hombrecillo cerró la puerta y Alistair regresó al ventanuco. Apoyó los puños en el alféizar pensando cuánto había sacrificado por un trono que, a esas alturas, no estaba seguro de haberlo querido de verdad alguna vez.

Uno de los dos vampiros que custodiaban la puerta miró al capitán Youngblood con cierto desprecio y, a regañadientes, le dijo que aguardara.

La noche anterior, tras varios intentos fallidos de hablar con Helmet, se había atrevido a acercarse a sus aposentos para pedir una audiencia.

Sorprendentemente, el líder Drăgoi le había concedido unos instantes tras el amanecer, por lo que Landon se hallaba allí, con la espalda recta y las manos a la altura del cinturón. No quería mostrarse débil ni servil.

Al poco, el guardia que le había dicho que esperara le indicó que podía pasar. Él inclinó la cabeza y cruzó el umbral.