16. ¿SOY UNA CARGA?
E n cuanto los tres salieron al exterior, el aire nocturno les golpeó el rostro con un frío ya conocido.
Durante unos instantes, ninguno dijo nada.
La reina tiró con suavidad de su hija, pero Asvoria tenía los pies clavados en el suelo, anclada a lo que acababa de suceder dentro de la tienda.
Bălan, atento a cada gesto de la princesa, al ver que no avanzaba, también se detuvo.
―¿Qué te ocurre, hija? ―preguntó Brina.
―Todo está… cambiando ―dijo, mirando al suelo.
―Eso parece ―añadió la reina con un mal disimulado deje de fastidio―. Retirémonos e intentemos dormir. Mañana será otro día y tal vez las circunstancias cambien.
―No, madre. Nuestro Destino no nos pertenece; es impuesto. Tú, mejor que nadie, deberías saberlo.
―Asvoria Ragnarsson, ¡no me hables en ese tono! ―la regañó.
―Y vos no pretendáis seguir reteniéndome bajo vuestras faldas el resto de mi vida. ―Se soltó de su brazo y dio un paso atrás―. Aunque ÉL no me permita tomar mis propias decisiones, ya tengo edad suficiente para afrontar las Suyas.
Madre e hija se retaron con la mirada, como si no se reconocieran.
Pese a lo irónico de la situación, la reina no podía asimilar que Asvoria aceptara sin rechistar a un vampiro como pareja designada.
Al mismo tiempo, su hija no entendía por qué estaba poniendo tantos impedimentos a una unión a la que no podían negarse ninguna de las dos.
Bălan, inalterable pese a encontrarse en medio de una discusión que jamás imaginó presenciar, decidió romper el corto silencio que se había instalado tras las palabras de la princesa.
―Reina Brina ―pronunció con respeto, inclinando ligeramente la cabeza―. ¿Me permitiríais hablar en privado con vuestra hija?
La errante se giró hacia él. Su expresión se endureció aún más.
―Desde luego que no ―respondió sin rodeos―. No es apropiado y tampoco es el momento.
La joven princesa dio un paso hacia ella.
―Madre… ―comenzó con voz suave pero firme―. Ya no puedes interponerte en esto. Ni siquiera yo puedo.
Ella la miró con incredulidad y completo rechazo.
―Asvoria, eres una errante. Él es un vampiro. No puedo permitir… ―susurró mientras negaba con la cabeza, incapaz de aceptar lo que ÉL le pedía.
―No es una elección ―la interrumpió―. Ya te lo he dicho: es mi destino. El nuestro ―agregó, mirando a Bălan.
Brina apretó los labios con fuerza. Angustiada, luchó consigo misma.
Por un lado, quería seguir manteniendo la protección que siempre había ejercido sobre ella; por otro, la certeza que provenía de aquella declaración no podía rebatirla.
Al contrario, debía aceptar Su elección, aunque no la comprendiera.
Finalmente, cedió a medias.
―Está bien ―concedió para sorpresa de los dos―.
Podéis hablar un momento, pero no a solas.
―Alzó la mano e hizo un gesto breve. Dos guerreros se aproximaron a su señal―.
Acompañad a la princesa y al guerrero Eierløs ―lo nombró por su actual nombre a propósito, como si con aquello pudiera herirlo de alguna manera―.
No os separaréis de ellos y, en cuanto acaben, acompañad a mi hija de vuelta a su tienda ―ordenó a los suyos―.
Es eso o nada ―añadió, clavando la mirada en ambos.
Asvoria inspiró despacio y asintió.
―De acuerdo, madre.
Bălan inclinó la cabeza una vez más.
―Es justo.
La reina se retiró, observando, con un nudo en el estómago, cómo se alejaban. Los dos caminaron en silencio hasta una de las hogueras, no lejos de la tienda de Asvoria.
El fuego ardía bajo y estable, y el murmullo del campamento llegaba amortiguado, suficiente para concederles cierta intimidad, pero sin descuidar la vigilancia.
Se sentaron frente a frente y, durante unos instantes, solo se oyó el crepitar de las llamas.
―Gracias por querer hablar conmigo ―comenzó Bălan. Ella alzó la mirada y sonrió brevemente―. Lo que ha pasado ahí dentro… Jamás había sentido nada parecido.
―Yo tampoco.
No hizo falta decir más. Ambos sabían a qué se refería y compartían las mismas dudas.
―Cuando Alana se acercó a esa hoguera… ―continuó él―, percibí su dolor como si fuera mío. No era solo compasión. Era… ―negó con la cabeza―. No encuentro las palabras.
―Yo tampoco ―repitió―, y creo que es porque no existen. ―Suspiró con aceptación―. No para esto.
Ambos guardaron silencio. Los guerreros, que se mantenían a una distancia prudente, fingieron no escucharlos, aunque ni la princesa ni el vampiro se olvidaron de su presencia.
―Sigo sin entender cómo también tú lo notaste. No… Cómo ambos lo notamos ―afirmó Bălan.
―Sí ―admitió ella―. Sentí como mío su miedo, su carga… y algo más. Algo que no podía revelar ni siquiera para ella misma.
Él bajó la vista hacia el fuego.
―Nunca había oído hablar de las parejas designadas.
Asvoria renunció a ocultarle algo a lo que tendrían que enfrentarse en algún momento y le explicó con detalle lo que conllevaba ser una pareja designada y cómo se llegaba a ese punto.
―… Como ves, el ritual del sjelevenner es sagrado ―concluyó mientras se abrazaba las rodillas―. No comprendes lo que realmente significas para el otro hasta que «pasas por ello».
Cuando terminó, Bălan permaneció en silencio. Le había prestado toda su atención y con tal intensidad que ella no había tenido más remedio que sostenerle la mirada.
―¿«Pasar por ello» es… yacer juntos? ―preguntó con delicadeza el vampiro para no incomodarla demasiado.
La joven asintió sin dejar de mirarlo.
―Siempre creí que eso solo podía ocurrir entre errantes ―dijo al fin―.
Entre los míos. Nunca se ha dado algo como esto.
Pese a todo ―se llevó una mano al pecho―, estás…
aquí, incluso sin haber completado el ritual.
―Cerró los ojos un instante―. No entiendo por qué ÉL nos ha designado ―confesó―.
Somos de razas distintas. Vivimos bajo leyes distintas.
Y aun si aceptáramos el sjelevenner … ―tragó saliva―, nunca podremos tener hijos.
Aquellas duras palabras quedaron suspendidas en el aire. Bălan sintió un nudo en el estómago. Ella tenía razón.
―Esto es demasiado complicado e injusto ―respondió, hierático.
―Supongo que soy una carga que no esperabas tener que afrontar, ¿me equivoco? ―preguntó con un hilo de voz, entristecida.
Él negó al instante.
―Sí, te equivocas ―le refutó con convicción.
Ella lo miró, con expresión de desconcierto, tratando de entender a dónde quería llegar.
―Asvoria, ¿es que sientes que soy una carga? ¿Que esto que se nos ha impuesto es lo peor que te podría haber pasado?
Ella esbozó una sonrisa leve, cargada de una emoción diferente que el vampiro no le había visto antes.
―No, pero eso no significa que no tenga miedo.
―De alguna forma, yo también lo tengo ―reconoció el exgeneral.
Se miraron durante unos instantes. Cuanto más hablaban del tema, más evidente se hacía lo que ninguno se atrevía a nombrar.
La cercanía. La atracción creciente. El pulso acelerado.
Bălan se inclinó apenas hacia delante. Asvoria hizo lo mismo sin darse cuenta. El espacio entre ambos se redujo de forma peligrosa. Uno de los guerreros carraspeó para que se detuvieran. La princesa le hizo un gesto con la mano al «No Muerto» mientras se ponía en pie.
―Espera un momento.
Él se quedó mirando cómo aquella muchacha que le parecía tan frágil hablaba con determinación con los dos machos, que ahora lo observaban con ojos desorbitados.
Nunca le confesaría a ella que había oído cada palabra dejándoles claro que él era su pareja designada y que se enfrentarían a una celda Fengsel si osaban ponerle un dedo encima.
Tras añadir que pronto formaría parte de la familia Ragnarsson, volvió a su lado, dándose cuenta de que él sonreía un poco más que antes.
―¿Qué les has dicho? ―preguntó él para disimular.
―¿Acaso no me has oído? ―Sonrió―. ¿No irás a decirme que voy a tener que desposarme con el único vampiro sordo que existe?
Él no esperaba esa respuesta y soltó una carcajada.
Se puso en pie y esta vez no dudó en acercarse.
Un poco. Bueno, quizá demasiado. Sí, fue demasiado.
Estaban tan cerca que sintieron el aliento del otro: un calor sofocante de labios de Asvoria, un frío irreal que se había formado en la boca de Bălan al olvidar que no necesitaba respirar.
Aquella mezcla imposible los encendió sin razón, avivando ese calor que no provenía del fuego, sino del interior de sus almas.
El deseo que sintieron el uno por el otro fue un golpe brutal, inesperado, casi violento. Durante un instante, ambos supieron que bastaría con un mínimo gesto para cruzar una línea que, en realidad, ninguno estaba preparado aún para traspasar.
Los labios de Asvoria temblaron ligeramente, rogando por algo que le parecía imposible.
El vampiro, confuso, cerró los ojos para luchar contra aquel impulso.
Utilizando toda su fuerza de voluntad, se obligó a no besarla.
No porque no lo deseara con todo el cuerpo y su oscura alma, sino porque hacerlo únicamente complicaría la situación, y tampoco estaba dispuesto a empeorar la opinión que la reina y Eirik tenían de él.
Luchando con uñas y dientes contra sus instintos, se quedaron así, suspendidos en una tensión insoportable, con el cuerpo reclamando lo que la razón aún no estaba dispuesta a concederles.
Asvoria fue la primera en apartarse, y lo hizo apenas un escaso palmo.
―No podemos ―susurró.
―Lo sé ―respondió él, con la voz cargada de anhelo―. Pero te aseguro que no es no porque no quiera.
Ella levantó la vista.
―Ni yo.
Se separaron un par de pasos para poder combatir aquella cruel atracción que los había unido sin pedir permiso. Ninguno quiso alargar más ese momento, conscientes de lo peligroso que era.
―Esto no ha terminado ―dijo él con voz ronca.
―Lo sé ―asintió ella―. Solo acaba de empezar.
―Buenas noches, Asvoria ―añadió, y se llevó su mano a los labios.
―Buenas noches, Bălan.
Brina, que los observaba desde la distancia, se limpió una lágrima mientras susurraba con el alma hecha trizas:
― Hvorfor straffer du meg, Herre? [6]