Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 15. ¿QUIÉNES SON, ALANA? #3
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15. ¿QUIÉNES SON, ALANA? #3

―Lo sé. Por eso estoy furioso conmigo mismo. Debería estar por encima de esos sentimientos, pero no soy capaz de apartarlos de mi corazón. Me siento… inservible. Pensaba que las últimas visiones me habían acercado de nuevo a ÉL; sin embargo, lo siento más lejos que nunca. Y eso me desespera.

―Sabias palabras, rey. Con todo y con eso, te equivocas en algo: ÉL jamás se ha alejado de tu lado.

Son los celos, la rabia y la costumbre de que todas las decisiones recaigan sobre tus hombros lo que te remueve por dentro, porque, en realidad, no soportas que Él muestre el camino a través de mí y no de ti.

Cede el control, Eirik. Confía. Si lo haces, estaremos un paso más cerca de la victoria.

―He sido un verdadero necio ―reconoció con un tono más suave y conciliador―. Sea Su voluntad por encima de todo. Confío, Elegida.

Alana dejó caer los hombros, agradecida de que al fin el errante se diera cuenta de que no era su enemiga ni tampoco tomaba las decisiones a su antojo, sino que era ÉL quien guiaba sus pasos.

―Antes de irme a dormir, he de decirte algo que no he tenido tiempo hasta ahora: puedo someter la voluntad de los vampiros como ellos hacen con los humanos. Si lo deseo, me obedecen sin cuestionarlo.

En pocas palabras, Alana le relató lo que había ocurrido semanas antes cuando Nîga y ella iban de camino de vuelta hacia el campamento, y también que se vio obligada a hacerlo con Alistair al terminar la reunión en el castillo, cuando se formalizó el pacto, debido a su insistencia para que lo liberara del yugo de Abbadon.

El errante, estupefacto, no se movió. Solo arqueó una ceja al oír todo aquello.

―¿Puedes someter a los «No Muertos»? ―preguntó, apoyando ambas manos sobre la mesa, incrédulo.

―Así es. No sé cómo lo hago. Solo… sucede.

―Eso podría decidir la guerra.

―Lo sé, aunque no creo que pueda someter a los ejércitos de Mørket y Abbadon al mismo tiempo.

Eso sí, quiero que te quede claro que no lo usaré contra nuestros aliados.

Jamás. Ni con los Drăgoi, los Mosul, los Ursu que están bajo tu protección ni con la Søsterskap.

No voy a romper su confianza, y porque no necesito controlar lo que ofrecen por elección. Además, si lo supieran...

―Podrían pensar que los habéis manipulado ―agregó el rey, completando su frase.

―Exacto, y eso destruiría todo lo que hemos logrado.

El errante asintió lentamente.

―No lo diré. A nadie. Podéis confiar en mí ―dijo, y tomó aire con lentitud, pensando en lo que aquella ventaja suponía para todos.

―Gracias, Eirik.

El fuego crepitó con fuerza. Durante un instante, parecía que las llamas también los escuchaban y daban su beneplácito a aquella decisión. Afuera el viento aullaba, pero dentro de la tienda reinaba una calma espesa, cargada por aquella promesa que no requirió ningún nuevo juramento.

―Nunca imaginé que llegaría a confiar en un vampiro ―prosiguió Alana―.

Y, sin embargo, lo hago. Incluso en Dorek, con su mirada azulada llena de dudas.

Quizás eso sea lo más revolucionario de todo esto: que confiéis los unos en los otros, aun habiendo sido enemigos durante toda vuestra vida.

La guerra os ha enfrentado en cientos de ocasiones, pero el deseo de acabar con un enemigo en común es lo que ha forjado una alianza basada tanto en la voluntad como en la conveniencia.

No puedo ver el final, pero sí sé que ellos están a punto de tomar un rumbo nuevo y que, una vez más, se os pondrá a prueba. Libre albedrío.

―No creía que los errantes lo tuviéramos.

―Todos los seres que caminan tienen elección propia. Por eso hemos podido sellar un pacto imposible.

Alana lo miró con serenidad. Entre ambos hubo un silencio breve, pero lleno de verdad absoluta. Eirik se acercó al fuego y atizó las brasas.

―Todo está cambiando a un ritmo que ni siquiera alcanzamos a comprender ―reconoció, más para sí que para ella.

―Por eso necesitamos más que nunca una unión inquebrantable entre nosotros. Sin dudas ni juicios. El pasado atrás queda, Eirik.

El rey asintió, esta vez con auténtica convicción.

―El pasado atrás queda, Alana ―repitió―. Ahora tratemos de averiguar cómo vamos a alimentar la llama en nuestros corazones sin quemarnos antes de tiempo.

―Eso ya se verá. Ahora que sabéis todo lo que se me permite deciros, vayamos a descansar. En pocos días regresarán Thyra y Nîga con una respuesta. Después, marcharemos en busca de Abbadon.

―¿No os estáis precipitando? Ni siquiera sabéis adónde ha ido ese loco desgraciado.

―El Destino no espera, Eirik. Y eso no me preocupa. Cuando llegue el momento, ÉL me guiará.

La Elegida se acercó a la salida de la tienda. El viento helado le acarició el rostro antes de cruzar el umbral. Se detuvo un momento y se volvió para mirarlo.

―Y en respuesta a lo que habéis dicho antes: el fuego ya ha sido encendido en nuestros corazones. Ahora solo nos queda custodiar con cuidado la chispa que lo alimenta, aguardando el momento en que se nos permita avivar las llamas y dejarlas arder sin contención.

Tras pronunciar aquellas palabras, que tanto significaban, salió de la tienda y se dirigió a la suya, sabiendo que aún faltaba demasiado para encontrar a Yngvar, pero no tenía más remedio que esperar un poco más. Solo unos días, y entonces correría hacia Richborough para embarcar rumbo a Calais.