15. ¿QUIÉNES SON, ALANA? #2
Aquella voz profunda la hizo mirar hacia arriba.
Un leve gesto, como el amago de media sonrisa, cruzó el rostro de la errante.
Los seis pies y medio de altura del vampiro lo hacían realmente intimidante, pero lo que más le llamaba la atención de él eran sus impresionantes ojos verde oscuro y sus largos cabellos rubios.
Ahí estaba Soren, a solo dos pasos de distancia.
Tenía el ceño fruncido y aquella expresión que parecía no abandonarlo nunca del todo.
No llevaba el arma visible, pero su postura seguía siendo la de alguien que nunca bajaba la guardia.
―No lo estoy ―respondió ella con calma―. Hay media docena de errantes a menos de veinte pasos.
―No me refiero a eso ―dijo, avanzando hasta quedarse frente a ella al otro lado del fuego.
La luz anaranjada de la hoguera dibujó sombras en su rostro, endureciendo sus bellas facciones y resaltando el cansancio que arrastraba desde hacía días.
O quizá desde hacía siglos. Nessa no sabía qué parecía atormentarlo, pero gracias a los años que había compartido con los miembros de la Søsterskap había aprendido a intuir cuándo un vampiro estaba preocupado de verdad. Y ese lo estaba.
―Me han contado lo que pasó cuando llegamos aquí ―dijo él, sin rodeos―. Y también lo que ocurrió después.
Ella no apartó la vista.
―Entonces ya sabes que sobreviví.
―Sé que te encerraron.
Eso sí la hizo detener el movimiento de la daga. No mucho. Apenas un instante, pero suficiente.
―Así es.
―Créeme: no te juzgo ―replicó con suavidad, como si temiera romper algo frágil―. Sí, tal vez tomaste decisiones erróneas, pero no entiendo por qué Eirik quiso deshacerse de ti. Por lo que me han contado, Alana te visitó en la celda y, bueno, luego volviste a ser tú misma.
Nessa se metió la daga en el cinto y se incorporó despacio. Era mucho más baja que él, pero no había rastro de miedo o sumisión en su rostro.
―Bien, ya que lo sabes todo sobre mí, no tengo nada más que añadir.
Soren no desvió la mirada. Había visto muchas veces ese brillo en los ojos de los que han tomado una determinación sin vuelta atrás. Pero en ella había algo más. Algo que no sabía nombrar y que, para su sorpresa, lo ponía nervioso.
―No he acabado ―añadió, cortando su camino―. También sé que te acusaron de brujería.
La errante esbozó una sonrisa breve, sin humor.
―Lo dicho: ya lo sabes todo. ¿Quieres algo más?
Un silencio se instaló entre ambos, denso, cargado de todo lo que Soren intentaba decir, pero lo estaba haciendo de forma realmente torpe. Ambos se giraron un instante hacia el fuego, que había comenzado a crepitar con mucha más fuerza.
―Yo solo… ―se interrumpió, buscando las palabras adecuadas―. Después de lo que he visto ahí dentro, he pensado que quizá necesitarías hablar con alguien que no te mirara como si fueras una amenaza.
Ella no esperaba esa respuesta y se quedó observándolo con curiosidad. Había algo honesto en su preocupación. Nada de compasión o condescendencia, y eso la sorprendió aún más.
―¿Y has venido a salvarme? ―preguntó, arqueando una ceja.
―No ―respondió él sin vacilar―. He venido a asegurarme de que no estás sola.
Aquello la desarmó más de lo que esperaba. No se notó en su rostro, pero sí en la forma en que inspiró hondo antes de responder.
―No lo estoy, vampiro ―repitió―. Aunque, viéndote, estoy segura de que podrías pasar por uno de los nuestros.
―Lo sé. No todos somos salvajes.
Nessa ladeó la cabeza.
―Eso parece. ―Se detuvo un momento―. Ahora que eres libre, ¿cómo te sientes? Quiero decir, me resulta un poco difícil entender que tus cadenas hayan simplemente desaparecido. A vosotros os transformó Abbadon, ¿verdad?
―Solo a Bălan y a Erke. Yo soy de otro capitán que está en otra guarnición. O, al menos, lo estaba. Ya no lo sé porque nuestro vínculo desapareció.
―Pensaba que a todos os transformaba él.
―No. Solo cuando le apetece o cuando hace un trato ventajoso. Por eso no entiendo cómo la Elegida no dudó en liberarnos. Lo hizo sin esperar nada a cambio y, después de lo que me mostró, ya no tengo dudas.
―Vaya, para ser un vampiro, pareces entender bastante bien lo que significa creer.
―He visto demasiadas cosas como para no hacerlo ―replicó Soren―. Y también he visto lo que ocurre cuando alguien pierde el rumbo. Yo mismo lo he perdido muchas veces.
La errante guardó silencio mientras se debatía entre callar o decir lo que pensaba.
―A mí me pasó lo mismo cuando estaba en esa celda. Ella me lo recordó ―confesó al fin―. No me obligó y tampoco me juzgó. Solo… me mostró el camino de vuelta. A la Verdad. A lo que ÉL esperaba de mí.
Soren sintió un leve escalofrío. No por sus palabras, sino por la forma en que las pronunció, como quien acepta algo inevitable.
―¿Y no te… pesa? ―preguntó algo contrariado―. Me refiero a la responsabilidad que cargáis los errantes desde el principio de los tiempos. Con ÉL. Con proteger a Alana. Con la guerra.
―Claro que pesa ―respondió ella―. Pero no hacerlo sería peor.
Soren asintió despacio al pensar en el deber que imponían las circunstancias. Entendía eso mejor de lo que estaba dispuesto a admitir.
El silencio se volvió a colar entre ellos, pero esta vez fue distinto. Menos tenso. Más… cercano.
―Lo de la princesa Asvoria con Bălan es algo… sorprendente. ―prosiguió él, cambiando de tema.
Nessa soltó una pequeña risa sin poder contenerse. Se había dado cuenta de que el vampiro no quería hablar de obligaciones, y lo cierto era que ella tampoco. Le siguió el juego y respondió a sus palabras con una expresión mucho más relajada.
―Sí que lo es.
―Han hablado sobre que son una pareja designada. ¿Designada por quién? No acabo de comprender qué significa eso.
Ella volvió a sentarse en el tronco y se frotó las pantorrillas con las manos mientras pensaba qué responderle.
―Verás, el amor no es algo que se elija libremente entre el pueblo errante ―explicó, clavándole su mirada miel―.
No se nos permite sentir nada por nadie, y si sucede, algo bastante raro, solo el rey puede consentir ese matrimonio.
Una vez Eirik designa la pareja, se lleva a cabo una ceremonia, el sjelevenner .
Cuando los cuerpos se… ―Soltó un pequeño resoplido―.
Tras estar juntos, el amor florece. Amamos al otro después, no antes.
Esta unión siempre se ha realizado entre parejas que han sido llamadas para cumplir un mismo propósito: concebir errantes.
―¡Por las brasas de Mørket! ¿Y eso implica… amor?
Nessa lo miró de forma diferente antes de responder.
―Implica nuestra verdad ―replicó algo molesta por el tono que había empleado el vampiro, rozando la burla―. Te lo acabo de decir: el amor viene después y, cuando llega, ya no hay temor ni vacilación.
Soren frunció el ceño, pensativo.
―Entonces entiendo a Bălan.
Ella alzó las cejas, sorprendida.
―¿Ah, sí?
―Sí ―respondió con una sinceridad que no intentó disimular―. Es fácil enamorarse de una errante.
Nessa sintió que algo se le tensaba en el pecho.
―¿Lo es?
―Sois la prueba viviente de que el Bien aún existe ―continuó él―.
Luz en medio de todo este caos. ―Hizo un gesto amplio, abarcando el campamento, la noche, la guerra―.
Y cuando uno lleva demasiado tiempo caminando en la oscuridad…
esa luz ciega. Atrae. Aunque sepa que puede abrasar hasta convertirte en cenizas.
La errante sostuvo su mirada. El fuego parecía arder con más fuerza, aunque en esta ocasión no fue en la hoguera, si no entre los dos.
―Hablas como si ya lo hubieras experimentado.
Soren no dejó de mirarla.
―No, para nada; pero tal vez empiece a hacerlo ahora.
Ella fue la primera en romper el contacto visual, tratando de entender qué estaba sucediendo entre ambos.
De repente, se sintió sobrepasada. Durante más tiempo del que podía recordar había estado enamorada de Eirik.
Tal vez solo fue un capricho o la necesidad de ganarle a Brina en algo.
De un modo u otro, aquello estaba enterrado y olvidado.
Ahora tenía delante a un «No Muerto» que parecía estar interesado en ella.
No podía negar que era digno de ser la pareja de cualquiera, solo que no estaba dispuesta a sacrificar la posibilidad de ser madre algún día por una atracción pasajera.
Levantó el mentón y lo miró con determinación.
―No soy Asvoria, Soren. Ni estoy destinada a nadie.
―Lo sé.
―Y no busco… ―dudó―. No busco nada.
―Yo tampoco ―respondió convencido―. No aún.
Dispuesto a concederle todo el tiempo que necesitara, dio un paso atrás, dándole espacio. No como retirada, sino como promesa tácita de que si alguna vez lo estuviera, si estuviera destinado a alguien, sería con ella.
―Solo quería que supieras que no estás sola ―repitió el vampiro―. Y que lo ocurrido no te define.
―Gracias, Soren.
Él asintió y se giró para marcharse. Dio apenas dos pasos antes de detenerse.
―Nessa.
―¿Sí?
―Si alguna vez… ―se interrumpió―. Buenas noches.
Ella lo observó alejarse entre las sombras, consciente de que algo había comenzado entre ambos. Lento. Silencioso. Y muy peligroso.
No era amor, pero tampoco era nada. Y eso, en tiempos de guerra, ya lo significaba todo.
Alana soltó el aire de golpe y forzó a su mente a calmarse.
Sabía que había llegado el momento de revelar al rey algo capaz de empujarlo hacia una resolución irreflexiva, y no estaba dispuesta a permitir que aquellas palabras alteraran el curso de lo que debía suceder.
Por ese motivo aguardó unos instantes antes de hablar, sopesando con atención cada palabra.
―No quiero que exista el menor atisbo de duda entre nosotros, Eirik. No comparto contigo aquello que me dice que no puedo. Sabes que, de estar en mi mano, lo haría.
―No os mentiré: me siento relegado, desplazado.
―Es tu orgullo quien habla ―le señaló sin dureza.