Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 15. ¿QUIÉNES SON, ALANA?
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15. ¿QUIÉNES SON, ALANA?

E l silencio, espeso como la niebla perpetua de Inglaterra, volvió a instalarse en la tienda. Solo el crepitar del fuego se atrevió a romper la inquietud que se había apoderado de los cuatro, que trataban de asimilar lo que acababan de oír.

Eirik dio un paso adelante sin apartar la mirada del bello rostro de la Elegida mientras la joven le agradecía con la mirada al vampiro el gesto que había tenido con ella.

―¿A qué os referís? ―preguntó el rey, sin comprender de qué estaba hablando. La frialdad de sus ojos contrastaba con la preocupación que le anudaba el estómago―. ¿Qué habéis querido decir con eso? No… ¿Qué es lo que se ha despertado exactamente?

Bălan frunció el ceño, confundido. Un ligero temblor recorrió su cuerpo antes de dar paso a un desconcierto absoluto.

―¿Quién ha despertado? ―la interrogó también―. ¿Qué clase de amenaza se cierne sobre nosotros?

Asvoria, con el rostro demudado, también aguardaba una respuesta.

Y Brina, visiblemente angustiada, no pudo contenerse.

―¿Quiénes son, Alana? ¿A quién teméis tanto como para no atreveros a decirlo en voz alta?

Como si el cansancio la hubiera abandonado en un instante, la joven inglesa se irguió de golpe.

Con un movimiento seco de cabeza dejó claro al exgeneral que ya no necesitaba su ayuda, se apartó y recuperó el control de su cuerpo.

Se puso en pie y su postura volvía a ser firme, sosegada, casi majestuosa.

En sus ojos, sin embargo, ardía un fuego distinto: la certeza de saber algo, un revés tan inesperado que tal vez pudiera hacer girar las tornas.

Sintiendo una repentina necesidad de establecer cierta distancia entre ella y los demás, retrocedió un paso. Luego otro.

―Aún no es el momento de compartir aquello que se me ha revelado, pero pronto lo sabréis ―respondió con cautela. Su expresión, aunque amable, mostraba resolución: no iba a ceder.

La princesa se abrazó a sí misma, tratando de paliar el frío repentino que le había recorrido la espalda, como si alguien la hubiera azotado con un látigo de hielo. Se volvió hacia ella y no pudo retener las preguntas.

―Nos has hablado de un pacto… ¿Cuál? ¿Quién lo hará?

Alana volvió a mirarlos a todos, uno por uno, y negó con la cabeza.

―Acabo de decirlo: hay cosas que aún no pueden ser reveladas. ÉL me lo ha prohibido. Si supierais la magnitud de lo que se acerca, vuestra voluntad podría resquebrajarse… Incluso la tuya, Eirik.

Él, herido en su orgullo, alzó una ceja.

―¿Insinuáis que no seré capaz de soportarlo?

―No, lo que quiero decir es que saber lo que va a ocurrir podría empujaros a querer actuar antes de tiempo.

Y no hace falta que os repita que aún faltan casi trescientos años para la guerra.

Movernos ahora sería desatar el caos antes de que estemos preparados y precipitaría unos acontecimientos que cambiarían el futuro que todos ansiamos.

―ÉL ya no confía en nosotros ―terminó diciendo el errante.

―No es eso y lo sabes.

Él unió los labios con fuerza, tratando de no decir algo de lo que tuviera que arrepentirse después.

En realidad, sabía que era cierto: había librado tantas guerras en Su nombre que la sola idea de un nuevo enemigo por destruir acababa de encender su instinto de guerrero.

Esa sensación abrasadora lo recorrió de abajo arriba y lo quemó por dentro al comprender que, en cierto modo, ÉL ya no confiaba en su criterio, sino que ahora parecía recelar de su buen juicio.

Eso le resultó muy doloroso y también intolerable.

―Entonces me subestima. Y vos también ―añadió con rabia.

―Ni ÉL ni yo lo hacemos, Eirik. ÉL conoce tu alma, quién eres y para qué naciste.

Nadie pone en duda que eres fiero, temerario.

Me atrevería a decir incluso que no dudarías un instante en inmolarte si fuera necesario…

Pero no ha llegado el momento y no podemos forzar los límites del camino que se nos ha trazado.

―Ese es el problema. Hasta que Su sangre no despertó en vuestras venas, yo siempre había conocido ese camino. No entiendo por qué ahora no quiere contar conmigo para sostener esa carga ―se quejó abiertamente.

―Errante, esto no es un pulso entre nosotros: es una lucha a muerte para la salvación de los humanos. No olvides que ni tu ni yo somos importantes, solo ellos. ―Se detuvo un momento―. He entregado mi vida por esta causa y la daré sin dudar para que llegue el día en que el Mal quede erradicado.

―Eso no va a suceder nunca, Alana ―replicó Eirik.

―Tal vez no, pero no voy a dejar de intentarlo. Sé que la dualidad vive en cada uno de nosotros. La cuestión es: ¿hacia qué lado quieres hacer caer la balanza?

―Es una tarea imposible porque no todos creen en ÉL ―susurró Asvoria con un tono de derrota.

―Lo sé, y no es nuestra misión hacer que crean, sino darles la oportunidad de elegir cómo desean vivir. El libre albedrío.

―Eso mismo hubiera querido para mí ―dijo el ex-Ursu, que inspiró hondo para no perder la compostura.

La rabia inmensa que sentía hacia Mørket por haberle robado su vida se removió con fuerza en su interior. Aquel halo de odio golpeó con intensidad a Alana, que se volvió hacia él para contener su desesperación.

―Tu historia aún no se ha acabado, Bălan.

En verdad, la de ninguno de nosotros. Aleja la ira de tu corazón.

Sigamos adelante. Ahora debemos centrarnos en rescatar a Yngvar y a Erke.

Siento que algo más se avecina, pero no puedo deciros qué es.

―Alana mantuvo la mirada y luego la desvió hacia las llamas un instante para volver a clavar sus ojos en cada uno de ellos―.

Solo os pido fe. No en mí, sino en ÉL. Su plan está en marcha desde antes de que nuestros nombres fueran pronunciados por primera vez.

No dudéis, o nada de lo que habéis sacrificado habrá servido.

―Bajó la cabeza con pesadez y cerró los ojos un momento mientras negaba despacio, como si en su mente ya hubiera contemplado aquella posibilidad.

La tensión que los invadió era palpable; sin embargo, ninguno replicó a sus palabras. De pronto, la joven inglesa alzó el rostro hacia Eirik.

―Me gustaría hablar contigo a solas.

―Por supuesto. Id a descansar ―dijo mirando a su esposa, a su hija Asvoria y, por último, al vampiro―. No sé por qué, pero algo me dice que mañana habrá que tomar decisiones muy difíciles.

Brina asintió. En su inmaculado rostro, unas finas líneas se le marcaron en la frente, mostrando de este modo su doble preocupación: aceptar que el futuro de su querida hija estaba ligado al del vampiro y que otra amenaza más cernía sobre sus cabezas.

Una nueva alianza los pondría aún más en peligro, pero ¿entre quién?

―Está bien ―logró decir, tras lo que le ofreció el brazo a Asvoria.

Ambas salieron de la tienda, seguidas por Bălan. Alana se quedó mirando cómo las sombras de los tres se fundían con la noche. Luego se volvió hacia Eirik y le señaló la mesa.

―Creo que será mejor que tomemos asiento. Lo que voy a revelarte es algo que debería haberte dicho hace tiempo, pero no he tenido la oportunidad y aún no sé si esto puede cambiar tu visión del futuro.

Él alzó el mentón y frunció el entrecejo.

―De acuerdo, sentémonos.

Eirik apartó la silla y casi se dejó caer en ella. Las últimas semanas se habían sucedido a una velocidad vertiginosa, y mucho se temió que lo que iba a decirle la Elegida, de alguna manera, empeorara aún más la situación.

Al dejar la tienda del rey, Nessa había sentido el campamento más silencioso de lo habitual.

Lo notaba en la piel. De hecho, hacía bastante que había aprendido a leer el miedo y la preocupación mucho antes que las palabras.

A distinguir cuándo una mirada la juzgaba con dureza y cuándo solo la trataban con fingido respeto para conseguir de ella cualquier deseo.

Sí, la habían llamado muchas veces bruja, y tal vez, de algún modo, lo fuera.

Llevaba sangre Parêzvanan, Drøm y Knutsen en sus venas.

En realidad, era imposible que alguien heredara las capacidades de las tres casas; sin embargo, ella era la prueba viviente de que los caprichos del Destino se habían ensañado a gusto para condenarla a tener una vida muy complicada.

Jamás lo había compartido con nadie. Todos creían que solo poseía dones Drøm.

Crear una nueva realidad en la mente de un errante era lo normal, pero ella podía hacerlo también con humanos y vampiros.

De hecho, también podía robar la voluntad a todos ellos y crear campos de fuerza para protegerse.

Mientras caminaba entre las tiendas hacia la suya, preguntándose por qué ÉL le había concedido tanto para luego dejarla a un lado, el eco de lo que Eirik había insinuado seguía golpeándola con fuerza, haciéndola sangrar por dentro, igual que una herida mal cerrada.

No podía cambiar el pasado y le estaba costando demasiado perdonarle a su cuñado que hubiera intentado matarla, aunque ahora reconociese que se lo tenía merecido.

En el último momento, se dio cuenta de que no podía volver a su tienda.

Se dirigió a una solitaria hoguera, apartada del centro del campamento y cerca de la linde del río, y se sentó para poder pensar.

Se llevó la mano al cinto y sacó su daga.

Con extrema lentitud, comenzó a limpiarla con un gesto ausente, casi ritual.

No necesitaba hacerlo, pero sí algo que la ayudara a mantener la mente anclada al presente y alejada de los horrores de aquel maldito pasado que la atormentaba.

―No deberías estar sola.