14. NO SOY UN URSU #3
Asvoria clavó sus ojos en los del vampiro y algo, en lo más profundo de su ser, se removió. Le ocurrió algo similar a su madre, pero con un significado muy distinto.
―¡Basta! ―exclamó la reina, poniéndose en pie con tal brusquedad que lanzó la silla hacia el fondo de la tienda―. ¡Mi hija no se unirá a un vampiro! ¡No lo permitiré! ¡ÉL no puede pedirme eso! ―insistió.
―No te lo está pidiendo, Brina. Es un hecho ―respondió la Elegida, asertiva―. No ves el mapa completo, pero ÉL sí lo hace. ―Miró a los cuatro y acabó sentándose en la mesa, justo al lado de Bălan―. La sangre está cambiando.
―¿Qué insinuáis? ―La voz del errante se tensó, arrastrando con ella una sombra de temor que no se atrevió a nombrar.
―Sé lo que estás pensando, Eirik: que el despertar de la sangre es un mito ―respondió ella sin apartar los ojos del vampiro―. Pero está ocurriendo ahora. En ellos. En nosotros. Y no hay forma de detenerlo. Lo siento, Brina. Ni siquiera yo puedo impedirlo.
«No sé por qué ha de ser él, pero acato Tu voluntad con la dicha de saber que jamás cometéis un error», pensó la princesa, que no entendía de qué estaba hablando la Elegida.
Al mismo tiempo, el exgeneral se levantó y dio un paso atrás, como si las palabras de Alana le hubiesen abrasado la piel. Se dirigió a una de las hogueras con la mano a la altura del corazón, donde aún latía, fuerte como una roca, el eco de esa conexión invisible con la errante.
―Yo no lo pedí… ―dijo, casi para sí mismo―. Y no sé por qué, pero siento que mi propósito de vida era llegar a este momento, que vuestra hija era mi destino, y es ahora cuando se me ha revelado.
Brina lo miró con una mezcla de repulsa y recelo.
―¿Destino, dices? Eso suena más a un hechizo que a otra cosa.
―Puede ser, porque todo mi cuerpo hierve, pero lo hace de una forma distinta.
Quizás la Elegida tenga razón: mi sangre ha despertado.
―Se dio la vuelta y miró a los tres antes de detenerse en la princesa―.
Todo mi ser vibra y clama por tocar tu piel, Asvoria.
No solo como hombre… Es como si mi alma reclamara la tuya a voz en grito y no estuviera dispuesta a esperar ni un mísero instante más.
―¡No dejaré que toques a mi hija! ―gritó la reina.
―¡Basta, Brina! ―bramó Eirik―. Ni tú ni yo diremos una palabra más.
―Miró a su pequeña y le preguntó con el corazón hecho jirones―: Hija, ¿qué opinas realmente de todo esto?
Sé que no debería dudar de Su decisión y, aunque me duela en el alma tener que entregarte a este asesino, lo haré sin vacilar porque ÉL me lo ha pedido.
Pero no voy a condenarte a una vida a su lado sin saber qué deseas.
Alana fijó sus ojos en sus manos cruzadas. El que había hablado no era un rey, sino un padre cuyo amor por su hija era capaz de oponerse al mismo Creador con tal de no verla sufrir.
La joven errante, contraria a todo lo que se suponía que debía ser, alzó la barbilla y dijo:
―No ha sido pronunciado un solo conjuro, madre; ni tampoco esto que mi alma grita es una condena, padre.
¿Por qué siento por él algo que no debería?
Lo desconozco, pero sí sé, con todo mi ser, que es mutuo.
―Miró al vampiro y agregó―: Sí, Bălan, también mi ser vibra y clama por tocar tu piel.
No solo como una mujer, mi alma reclama la tuya a voz en grito y, definitivamente, no estoy dispuesta a esperar ni un mísero instante más para poder hacerlo.
Asvoria alargó el brazo y le ofreció la mano al «No Muerto». El exgeneral recorrió en un suspiro la distancia que los separaba y tomó su mano entre las suyas. Acto seguido, hincó una rodilla en el suelo.
―Sea en mí Su voluntad. Mi vida es vuestra, Asvoria. No sé por qué siento que podría destrozar a Mørket con mis propias manos, pero si mi amor por vos es lo que consigue derribar su montaña y acabar con su sombra, que así sea. Que Su luz sea la mía, y ella la hago tuya.
El murmullo del bosque cesó sin más. Incluso el viento pareció detenerse, como si la naturaleza misma contuviera el aliento ante esa declaración.
De repente, un temblor recorrió la tierra.
Fue tan leve que solo los presentes lo notaron.
Alana se puso en pie, alzó el rostro, cerró los ojos y abrió los brazos, como si algo invisible la llamara desde las alturas.
Los cuatro se miraron entre sí con una mezcla de temor y asombro, como si con ese gesto entendieran que las palabras pronunciadas por el vampiro habían abierto una grieta en la realidad que conocían.
―¿Alana? ―se aventuró a preguntar Eirik.
Ella asintió y dejó caer los brazos antes de desplomarse sobre la silla. Bălan se puso en pie en un suspiro y la sostuvo contra sí. La princesa y los reyes se acercaron con una profunda preocupación reflejada en el rostro.
La Elegida abrió los ojos al fin y murmuró:
―No hay tiempo que perder. Lo que se ha despertado en nuestra sangre ha llamado a algo más. Algo que también ha encendido una chispa dentro de los que hace milenios quedaron atrás. Otro pacto se avecina… y provocará el principio del fin.