Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 14. NO SOY UN URSU #2
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14. NO SOY UN URSU #2

Como si sus palabras la hubieran abofeteado, ella retrocedió varios pasos, sin ser consciente de que se acercaba a Soren. El vampiro se colocó a su lado, dispuesto a protegerla con su propia vida.

―¡Deja a mi tía en paz, padre! ―la defendió Asvoria―.

Ha sido perdonada, y es injusto que la metas en esto cuando sabes que no tiene nada que ver.

Llevo mucho esperando a mi pareja designada y ÉL, por fin, me ha escuchado.

Si ninguno de los nuestros ha podido negarse a Su elección, yo mucho menos.

Aunque te pese, no lo haré. Incluso madre y tú fuisteis designados.

Ella me ha contado muchas veces que no os amabais cuando el abuelo tuvo la visión, pero todo cambió entre vosotros tras vuestro sjelevenner , ¡igual que en el resto de los nuestros!

¿Me vas a decir que no fue real lo que sentiste por ella después?

El silencio que siguió fue brutal. Brina entrecerró los ojos, dolida en parte; aunque, por otro lado, su hija tenía razón. Alana miró a Eirik, esperando la respuesta que parecía negarse a dar.

El rey clavó la mirada en el suelo y asintió repetidas veces. Dentro de sí se libraba una batalla: era incapaz de asimilar que debía hacer con su hija lo mismo que había exigido a los suyos sin titubear.

―Me gustaría hablar con ellos a solas ―dijo, dirigiéndose a la joven inglesa con un tono más calmado, aunque firme.

Alana asintió, aceptando su decisión. Había sentido dentro de sí la batalla interna del errante y entendía que había llegado el momento de esclarecer por qué se había concedido la bendición a una pareja que nunca podría engendrar.

Bălan se volvió hacia los suyos y les indicó con un gesto para que obedecieran al rey.

Vidar y Vang se retiraron, y Nessa, seguida por Soren, salió de la tienda a la fría noche, llevando en los hombros una carga tan distinta como difícil de compartir.

El vampiro se frotó las yemas de los dedos contra las palmas, intentando aliviar la sensación de picor que había comenzado a sentir al aproximarse a Asvoria.

Ahora se parecía más a dolor que a quemazón.

Si no fuera un auténtico desvarío, hubiera jurado que sus propias manos le suplicaban rozar la piel de la errante.

―¿Queréis que yo también me marche? ―preguntó la Elegida, mirando primero a Eirik y después a Brina.

―Por mí, no. ―Se volvió hacia su esposa, que negó con la cabeza.

―De acuerdo ―aceptó y volvió junto al fuego.

El rey les señaló la mesa para que los dos jóvenes se sentaran. A un lado, lo hicieron él y la reina; al otro, su hija y el «No muerto». Los observó en silencio, sin apartar la mirada, y suspiró como si todos los años acumulados lo aplastaran de golpe.

El largo camino que los había llevado hasta ese momento no había sido fácil.

Y ahora tenía que enfrentarse a una verdad absoluta: la energía que Asvoria y Bălan desprendían el uno al lado del otro era incluso más potente que ninguna otra que hubieran generado una pareja errante.

¿Por qué? Ojalá pudiera saberlo, pero se temía que conocer esa respuesta iba a ser tan complicado como la de averiguar por qué ÉL había unido a todos los demás, incluido a él mismo.

―Me resulta muy difícil… ―comenzó Eirik, pensando qué decir. Frunció los labios con fuerza hasta que acabó presionándoselos con los dientes―. Ursu…

―No, Eirik ―se atrevió a tratarlo como a un igual, lo mismo que había hecho con Asvoria―.

Que te quede claro: no soy un Ursu. No pedí convertirme en un asesino, y jamás volveré a serlo.

Antes prefiero que me rebanes la garganta, tal y como me has amenazado antes.

Puedes llamarme Eierløs o Bălan, pero no Ursu.

Su voz sonó tan cortante que al rey no le quedó otra que asentir, comprendiendo que lo que Alana le había asegurado que era cierto: el vampiro sí había cambiado.

―Está bien. Prefiero llamarte Eierløs hasta que sea capaz de separar al que fuiste de quién eres ahora.

―Te lo agradezco de veras ―dijo, y bajó la cabeza en señal de respeto.

―A ver si consigo entender lo que me ha dicho mi hija. De algún modo, ambos, al mismo tiempo, habéis sentido lo que la Elegida estaba experimentando…

Asvoria le dio la razón con una pequeña inclinación de cabeza.

Bălan miró a la errante y después decidió que compartir lo que pensaba era mejor que callar. Algo en su interior le pedía hacerlo, aunque no sabía bien qué lo estaba impulsando a sincerarse.

―No sé si ella ―miró a la princesa― percibió lo mismo.

Para mí ha sido como si algo me calara desde dentro.

Sentí su dolor como mío. Su desesperación por encontrar a Yngvar.

―Alana se volvió hacia él con los ojos muy abiertos―.

Fue muy extraño. Podía ver vuestra… ¿energía?

Estaba allí, a vuestro alrededor. Entonces, Asvoria se acercó y distinguí la suya.

Después, algo me golpeó desde dentro y también vi la mía recorriéndome por completo. Lo siento, no sé explicarlo mejor.

―¿Viste… nuestra aura? ―preguntó la joven errante, con una expresión en el rostro que era una mezcla de escepticismo y temor.

―No sé qué es eso ―respondió él.

―La energía de la que hablas, Bălan ―le explicó, pasándose la mano por el brazo. Ella sí lo nombró por su verdadero nombre.

Eirik, que había permanecido en silencio, habló al fin:

―Esto es muy antiguo. Pero no puede ser.

Lo que has mencionado es algo arcaico y extremadamente…

insólito. Mi padre me contó algunas leyendas sobre vínculos proféticos compartidos, aunque solo han ocurrido entre almas conectadas por un lazo anterior al nacimiento.

Esto no es fruto del azar ―agregó, mirando a Brina.

Alana se puso en pie, se acercó a la mesa y murmuró:

―¿Crees que es un lazo predestinado?

Eirik asintió con lentitud.

―No hay duda. Lo que no puedo explicar es por qué ambos han podido conectar con tu alma.

Lo que Eierløs ha expuesto es lo que nuestros ancestros denominaban el eco que queda de dos almas que se buscan más allá del tiempo.

Esa leyenda se encuentra en los Textos del Aliento.

Lo que dicen es que algunos nacen destinados a encontrarse, no para completarse, sino para encender una llama. Como el fuego y el aire.

El silencio que vino después de que el rey pronunciara aquellas palabras fue casi reverencial.

Asvoria desvió la mirada. Su corazón latía con fuerza, pero no era miedo lo que sentía. Era vértigo. Como quien se asoma a un abismo que lleva su nombre y no tiene más remedio que saltar al vacío.

Bălan también lo sintió. Como si ese vértigo se repitiera en su sangre, como si la idea de estar unido a alguien que acababa de conocer no fuera absurda…

, sino inevitable. La cuestión estribaba en que ese «alguien» no solo pertenecía a los errantes, sino que además era hija del mismísimo Eirik Ragnarsson.

Aunque nadie lo dijo en voz alta, todos lo pensaron: la guerra que se avecinaba no podía ganarse únicamente con la fuerza.

Se necesitaría algo más. Algo que solo dos almas unidas por una energía intangible podrían ofrecer, pero ¿el qué?

¿Acaso esa imposición, como un hecho constatado, implicaba que obtendrían la victoria?

―Me niego a aceptarlo ―intervino la reina, pensando que ÉL estaba cometiendo un gravísimo error―. ¿Y si esto, en lugar de ayudarnos, como ahora creéis los cuatro, acaba debilitándonos hasta volver inútil todo lo que hemos hecho?

Alana se giró hacia ella y respondió:

―¿Y si es todo lo contrario, Brina? Si ÉL ha decidido que Bălan debe ser su pareja designada, ninguno de nosotros puede rechazar Su voluntad. Ni siquiera pensar que es un error ―agregó, como si la regañara.

En el fondo, así había sido.

―¿Qué es eso de las parejas designadas? ―expresó el vampiro con un tono de incertidumbre―. No entiendo a qué os referís todos. ¿Por qué habláis de eso como si fuera una maldición?

―Porque ahora mismo lo es ―dijo Brina, con los ojos enrojecidos.

―Y también es una bendición, madre ―replicó Asvoria.

Miró al vampiro y añadió―: Bălan, ÉL designa a las parejas que han de amarse para siempre.

Tras la ceremonia, a la que nosotros llamamos sjelevenner , la unión de los cuerpos de los recién casados crea un lazo invisible e indestructible.

Aunque ninguno llegue a ella sin sentir atracción alguna hacia el otro, el amor más puro surgirá entre los dos hasta el fin de los tiempos.

Ese amor nace de la esencia que reside dentro de todos nosotros y que olvidamos sin remedio al nacer.

Después de yacer juntos, no existirá más que el uno para el otro.

―Jamás había oído hablar de ello ―admitió el «No Muerto».

―No tenías por qué.