Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 14. NO SOY UN URSU
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14. NO SOY UN URSU

A svoria se calentó las manos un instante antes de regresar junto a sus padres.

Brina la miró con severidad y le hizo un gesto con los ojos para que se situara a su lado.

Alana no pasó por alto el cambio tan brusco en la actitud de la reina.

Siempre la había percibido como alguien amable y serena, incluso ecuánime; sin embargo, parecía que lo sucedido a su hija con Eierløs había despertado en ella un rechazo por los vampiros aún más profundo que el que toda su raza ya sentía.

Y era comprensible. Ambos bandos habían sido enemigos desde el principio de los tiempos.

Como madre, Brina quería para ella un buen errante con el que pudiera ser feliz y engendrara sus propios hijos desde el amor más profundo.

Las parejas designadas eran una bendición, un regalo con el que habían creado su ejército de luz para luchar contra la maldad de Mørket.

Unir mediante ese vínculo tan sagrado a una errante y a un vampiro no sabía cómo iba a resultar, y tampoco estaba dispuesta a aceptarlo.

La reina jamás permitiría que la luz que corría por las venas de Asvoria y la oscuridad que cubría cada palmo de aquel «No Muerto» se unieran en un sjelevenner .

Con la mirada aún puesta en ambas, la joven inglesa pensó qué papel tendrían los dos en el futuro para que ÉL los hubiera unido como lo había hecho durante siglos con los errantes.

Alana no sabía qué pensar al respecto, puesto que le parecía chocante aquella conexión repentina, pero si esa era Su voluntad, ¿qué podía decir al respecto?

«No comprendo Vuestros designios, Señor. Ayudadme a hacerlo. Os ruego, desde lo más profundo de mi alma, que me iluminéis…», rezó la Elegida.

―Será mejor que os retiréis ―dijo el rey, mirando a todos. Incluso a Alana, a su primer general y a su hijo Vang―. Hemos de hablar a solas con Asvoria.

―No pueden marcharse, Eirik ―lo corrigió la inglesa.

―Esto es algo que nos incumbe solo a nosotros ―insistió.

―No ―lo corrigió con severidad―. Ya no existe un «nosotros» o un «ellos». Debéis asimilar que, para Él, somos un único pueblo.

―Ella es mi hija, Elegida ―replicó la reina, cogiéndola de la mano como protección.

―Lo sé. Como yo soy hija de mi madre ―se giró hacia Bălan― y él, hijo de la suya. Todos somos hijos, Brina. Sus hijos.

―Entonces, ¿me pide otro sacrificio más? ―dijo la errante con lágrimas en los ojos.

―Te pide lo que estuviste dispuesta a dar antes de nacer. Sabías que tendrías que tomar decisiones muy duras y, aun así, aceptaste.

―¿Por eso, antes de marcharos en su busca ―miró un instante al ex-Ursu―, me asegurasteis que, a vuestro regreso, ella encontraría a su pareja designada? Elegida, no podéis pretender que crea que acepte entregar a mi hija a un vampiro.

―Es que esa no fue tu elección, sino la suya ―expuso, mirando a Asvoria.

―¿Yo lo… elegí? ―preguntó la joven princesa, dubitativa.

―Y él a ti.

Bălan se cruzó de brazos, sintiéndose verdaderamente incómodo por primera vez en mucho tiempo. Bajó la cabeza en señal de respeto hacia lo que entendía como algo divino. En realidad, no tenía idea de cómo afrontar lo que estaba oyendo.

El príncipe Vagn caminó hasta Vidar. Ambos permanecieron en silencio junto a Bahoz y Ejder. Soren aprovechó el momento para acercarse con disimulo a Nessa. Los integrantes de la Søsterskap, sin saber qué hacer, se disgregaron en varios círculos y se quedaron expectantes.

Asvoria, aun sintiéndose muy presionada por haberse visto involucrada en una situación que no había podido controlar, se armó de valor para decir lo que pensaba.

Aunque firme, su voz vibró con algo que no tenía nada que ver con el miedo, sino con el vértigo de ser el centro de atención y de verse empujada a unirse a alguien que era justo lo contrario de lo que había soñado durante gran parte de su vida.

―Padre, madre, no sé por qué ambos nos hemos conectado con la Elegida, pero os garantizo que no lo he escogido a propósito ―se volvió hacia el «No Muerto»―, y creo que él tampoco.

Alana, yo no sé qué pacté antes de nacer.

Que me digas que lo acepté es injusto, puesto que no lo recuerdo.

Lo que sí sé es que ninguno de los dos lo ha provocado, y me aventuro a decir que tampoco era nuestra intención.

Jamás pensé sentir por un vampiro más que odio y ganas de aniquilarlo, pero Eierløs…

Bălan es… Su simple cercanía provoca en mí sentimientos que no esperaba tener de la nada ―añadió, con las palmas hacia arriba―.

Incluso ahora, si lo miro… ―Se quedó callada mientras se perdía en sus ojos verde avellana.

El exgeneral la observó con tal intensidad que poco dejaba a la imaginación sobre lo que suponía Asvoria para él.

―No lo digas ―se atrevió a tratarla como a una igual.

―Si lo miro ―repitió ella, ignorando su advertencia―, provoca que el tiempo se detenga.

Eirik apretó los puños, como si con aquel gesto tratara de contener la tempestad que había empezado a asolar su corazón tras oírla. Su rostro pareció envejecer de golpe y sus facciones se endurecieron aún más.

―No sigas por ese camino, Asvoria. Nosotros somos errantes, él es un vampiro.

Sé de sobra quién sois, Bălan. Sé a cuántos buenos guerreros errantes les has robado la vida en nombre de Abbadon y Mørket.

Si crees que vas a presentarte en mi hogar para llevarte a mi hija, ¡te separaré la cabeza del cuerpo de una sola estocada!

―Se llevó la mano al cinto y se lamentó de no llevarlo encima.

Eierløs enderezó la espalda y, esta vez, sí alzó el mentón. No quería faltarle al respeto, pero tampoco iba a consentir que le hablara de esa manera. Sobre todo porque él no tenía la culpa de sentir lo que le había sido impuesto de un momento a otro.

―No voy a enfrentarme a vos, rey Eirik ―le plantó cara―.

Ya os lo he dicho: no soy el que conocisteis.

Estoy aquí porque ella me pidió ayuda. ―Miró un instante a la Elegida―.

Alana me ha devuelto los recuerdos, es cierto, pero eso no significa que sea de nuevo aquel que luchó con vos hace siglos.

De hecho, ya no me considero Ursu. Pertenezco a la Søsterskap y soy libre.

―Eso lo dices ahora, pero ¿quién sabe lo que pasará cuando tengas a Abbadon cerca? No. Me niego a aceptar que mi hija se ate a un vampiro. Menos con uno en el que no puedo confiar y que fue el primer Yekem Ursu. Lo siento, Alana. Asvoria no es para él.

Su hija se separó varios pasos y, sin darse cuenta, como si su Alto Guardián la guiara, se situó al lado de Bălan.

―Esa no es tu decisión, padre. Desde tiempos inmemoriales, ÉL te ha mostrado quiénes debían unirse durante el resto de sus vidas. Ahora no ha sido así porque la Elegida está entre nosotros. Puede que tus visiones hayan regresado…

―¡No hables de eso ante extraños! ―la regañó Eirik.

―Pero esa es la cuestión, padre. ¡Ellos ya no lo son! Somos un solo pueblo: los creados con Su aliento y los condenados por Mørket. Sabes que ninguno de nosotros es puro. ¡Todos hemos cometido atrocidades!

Brina, indignada por sus palabras, avanzó un paso hacia ella y replicó con un tono helado:

―¡Nosotros Le servimos, Asvoria! Ellos han aniquilado pueblos enteros. Se alimentan sin pudor de los humanos y los esclavizan de las maneras más terribles que puedas imaginar. No nos compares… ¡Ni se te ocurra compararnos con ellos!

―ÉL no nos pidió ser crueles, madre. No nos pidió que olvidáramos tener compasión o esperanza.

Desconozco los sacrificios a los que nos veremos obligados en Su nombre, pero no voy a renunciar a Su voluntad.

Sabes que miles de los nuestros se han unido antes sin sentir nada el uno por el otro.

Esto que se ha despertado en mí…, en Bălan, no es una simple conexión.

Es algo más profundo y, a la vez, asusta.

Lo que me dice todo mi ser es que nuestras almas se han amado antes, que ya nos conocemos y que esto es solo un reencuentro.

―¡No existe tal cosa, Asvoria! ―bramó Eirik, incapaz de aceptar que el compañero designado para su hija fuera un «No Muerto» y no un errante―.

Y, si existiera, jamás sería él. No un ser que solo deja muerte tras de sí.

¡No unirás tu sangre a una envenenada por siglos de oscuridad!

No puedes pretender que aceptemos que tu destino quede ligado al de un Ursu, incluso si ÉL…

―estalló fuera de sí, pero no acabó la frase.

Alana, que hasta entonces había permanecido en silencio, ladeó la cabeza. Su expresión no era de juicio, sino de aceptación.

―Ella no ha decidido, Eirik ―dijo con serenidad―. Él tampoco.

El rey la miró y apretó los labios, tratando de contener su lengua.

Toda su autoridad parecía haber perdido sentido porque, pese a que lo deseaba con todas sus fuerzas, no veía cómo iba a poder impedir ese vínculo.

Ahora la imposición de sus visiones para unir a sus errantes le pesaba más que nunca.

Si los demás no habían podido rechazar Su palabra, ni siquiera Thyra y Oskar, Asvoria tendría que acatarlo.

Y ni el profundo rechazo de Brina o de él mismo servirían de impedimento.

Entendía que su manera de proceder era incongruente con todo lo que había exigido generación tras generación, pero no le importaba. Había entregado su vida entera a luchar en Su nombre, a seguir el camino que le mostraba a través de las visiones.

Todo. Lo había dado todo. Pero no estaba dispuesto a permitir ese sacrificio.

Con su hija no.

Con su sangre… no.

―Me niego, Alana ―replicó con dureza y una rabia que no fue capaz de contener―.

¡Eso no… no lo aceptaré sin luchar! ―Levantó el puño y clavó sus ojos en Asvoria―.

¡Lo que crees sentir no es real, es imposible!

―Desesperado, miró de nuevo a la Elegida―.

¿Quién dice que Nessa no ha podido crear esa conexión?

¡Sí! ¡Estoy seguro de que esa maldita bruja es la única responsable!

―vociferó mientras la señalaba con el dedo, inculpándola.