Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 13. VUELTA AL CAMPAMENTO #3
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13. VUELTA AL CAMPAMENTO #3

―No sé quién eres ―murmuró ella―, pero esto no es casual.

―Tampoco sé quién soy contigo ―respondió él, sin saber de dónde le venían las palabras―.

Desde que has venido a hablar con ella, no he podido dejar de pensar por qué siento que te…

conozco o que te voy a conocer. Es confuso.

Pasado, presente y futuro se me entremezclan.

No sé qué significa, solo sé que hay algo dentro de mí que ha dejado de buscar.

La princesa se estremeció de pies a cabeza. Estaba acostumbrada a leer con facilidad a los demás, a comprender los hilos ocultos de las emociones, a detectar la mentira envuelta en una voz calmada.

En él no hallaba máscara alguna. Solo verdad. Cruda, inesperada y profundamente peligrosa dado quién era.

―He rogado durante tanto tiempo… ―dijo ella, dando un paso hacia atrás, como si rechazara la idea.

―Os aseguro que, durante mi larga existencia, he sentido atracción, deseo, confianza… Creo que una vez incluso algo de amor.

―Pero esto…

―Esto es otra cosa ―terminó él por ella.

Asvoria ladeó de nuevo la cabeza para observarlo desde otro ángulo, como si tratara de averiguar si su presencia era real o un espejismo.

―¿Por qué tú? ―susurró.

―¿Por qué tú? ―replicó él, avanzando despacio.

Ella no retrocedió más. El fuego que los rodeaba pareció palidecer frente al calor que emanaba el mínimo espacio que ahora los separaba.

Apenas un paso. Apenas un suspiro.

―Podría tocarte ahora ―dijo él, y su voz se volvió más baja, más grave―, pero no sería suficiente.

Ella sintió que se le erizaba la piel de la nuca.

―Tampoco me basta con mirarte ―confesó Asvoria al fin―. Pero si lo hago, temo que no pueda parar. No es justo. No hemos tenido tiempo de asimilarlo, de entenderlo…

El silencio regresó cargado de todo lo que no eran capaces de decirse.

La tensión entre ambos crecía con la lentitud de lo inevitable, pero también con la frustración de no haber tenido elección.

Aquello había surgido sin preguntar, sin permiso.

Eso provocó su indignación por no habérseles concedido la oportunidad de conocerse para averiguar si era verdad lo que ya sentían sus corazones.

Bălan dio un paso más, con las manos a los lados de su cuerpo. Se juró que no volvería a tocarla si no se lo permitía. Pero su aliento ya se mezclaba con el de ella.

Vampiro y errante.

Muerte y vida.

En realidad, la noche y el día. Sin embargo, su unión había sido bendecida sin saber por qué. Aunque, dado lo sucedido en los últimos tiempos, aquello no era lo más extraño que les había ocurrido.

―No sé nada de ti ―murmuró él, incapaz de apartar la mirada―, pero, desde ahora, mi historia no podrá escribirse sin ti.

Asvoria tembló una vez más. No fue por debilidad, sino por lo que acababa de escuchar. Por lo que acababa de sentir al oír sus palabras.

―No digas eso ―le rogó con un hilo de voz―. Aún no lo entiendo. No te conozco y no sé si estoy hecha para sentir esto.

―No te pido que me ames ―dijo él, con la mirada clavada en la suya―. Solo que no huyas cuando empieces a hacerlo.

Ella cerró los ojos. Un instante. Dos.

Cuando los abrió, su rostro era otro. Igual de fuerte. Igual de firme. Pero menos dispuesto a dudar.

―No prometo nada ―admitió, más para sí que para él.

―Me basta con que no lo niegues.

―¿Por qué sientes esa seguridad?

―Porque se me ha otorgado la oportunidad de enmendar mi vida… o lo que sea esto que me fue impuesto a la fuerza.

Sin tocarla ni añadir nada más, se apartó.

Había dicho lo que necesitaba decir. Y eso, en su mundo de sangre y acero, era un compromiso más sagrado que cualquier pacto.

Ella lo siguió con la vista mientras él volvía sobre sus pasos para colocarse junto a los suyos.

Después, se fijó en Alana, que parecía estar muy preocupada mientras hablaba con sus padres.

Brina tenía tal expresión de rechazo e incredulidad que aquel gesto reprobatorio la golpeó con fuerza.

La joven errante unió los labios mientras mostraba inocencia en el rostro.

Ella jamás habría escogido al vampiro de saber quién era.

Pero solo ÉL decidía quién estaba destinado a ser su pareja designada, y jamás se le ocurriría rechazar Su voluntad.

Aunque ya intuía que su madre no estaba dispuesta a consentirlo, ni siquiera como reina podría impedir que lo fuera.

La princesa volvió a mirarlo, esta vez sin miedo a lo que los demás pensaran.

De pronto, dentro de sí, una certeza comenzó a echar raíces.

El futuro aún no había sido escrito, y ÉL nunca se equivocaba.

Si Bălan era quien debía compartir los milenios con ella, trataría de descubrir por qué.

Aunque lo más duro sería asumir que jamás tendrían la posibilidad de concebir un hijo.

Quizá la maternidad no formaba parte de su camino, no con la guerra tan próxima.

De un modo u otro, aún no estaba preparada para darle su corazón a un vampiro. Antes tendría que conocerlo, descubrir quién era en realidad.

Y nadie, absolutamente nadie, iba a impedirle poder hacerlo.