13. VUELTA AL CAMPAMENTO #2
―No sé cómo ha sucedido, pero, de repente, siento vuestro ánimo como si fuera el mío.
Es como si un peso inmenso me oprimiera el pecho.
Vuestra angustia, vuestro deseo de ir en busca del guerrero Yngvar Knutsen, me atraviesa como si lo gritarais dentro de mí.
Percibo vuestra aura, que ha cambiado. Está cargada de urgencia, de dolor.
Lo percibo con tal claridad que me cuesta respirar.
No es solo que os oiga, es que lo noto con total nitidez aquí.
―Se llevó una mano temblorosa al corazón―. Y eso… no debería ser posible.
―Sí lo es ―respondió Alana, ofreciéndole las manos.
La errante se las dio sin dudar―. Y, por favor, trátame como a una igual.
En cuanto a lo que te está ocurriendo, es mucho más complejo de lo que imaginas.
Confía, Asvoria. Te ruego que no cierres tu mente ni tu corazón.
Permite que Su hálito fluya dentro de ti.
Este nuevo don que se te ha otorgado es solo tuyo, y no debes compartirlo con nadie más.
―Pero sí con vos… contigo, ¿verdad? ―se corrigió.
―Así es, de momento.
―¿A qué te refieres con «de momento»?
―ÉL me provee de la ayuda que preciso.
―Conozco la profecía, por supuesto ―se detuvo―, pero sigo sin entender por qué no envía a los Altos Guardianes para acabar con Mørket y ganar la guerra. ¿Por qué hemos de aguardar otros trescientos años? ¿Es que no hemos esperado suficiente ya? ―inquirió ansiosa y molesta, frunciendo el ceño.
Alana sonrió, entendiendo que aquellas preguntas escondían mucho más dolor y desesperanza de lo que acababa de expresar.
―Te aseguro que el Caído recibirá el castigo que merece cuando Su designio así lo dicte.
Sabes que vuestra estirpe fue engendrada con un propósito sagrado, y su hora se aproxima.
Sois parte del equilibrio que traerá la luz.
La espera que has soportado no ha sido en vano.
Ya se atisba el fin. Solo te ruego que mantengas la fe.
La errante bajó la mirada y se arrepintió enseguida de lo que había dicho desde el rencor.
―Por favor, discúlpame. No he debido hablar de esa manera ―reconoció, avergonzada.
―Lo entiendo, de verdad. Y estoy segura de que ÉL también. No estamos hechas de piedra. Respiramos y nuestro corazón late. Incluso el mío, aunque infectado con la ponzoña de Mørket, sigue siendo capaz de amar y de temer por todos.
En el último momento, decidió no nombrar a Yngvar.
Podía advertir con claridad los anhelos más profundos de la princesa, y encontrar a su pareja designada era el mayor de todos.
Asvoria la miró y asintió. No necesitó oír su nombre: era capaz de sentir el vacío que emanaba de ella, y este llevaba la marca del errante.
Había oído hablar innumerables veces de esa unión sagrada entre las almas, pero nunca había experimentado un vínculo así.
Un vínculo más fuerte que cualquier sello.
Una vez más, se lamentó de no haber sido bendecida aún con aquel a quien debía amar hasta su último aliento y su mente reprodujo el nombre del guerrero.
―No hace falta que lo digas en voz alta, sé que lo has sentido ―afirmó Alana.
La errante volvió a asentir, abrumada. Cerró los ojos durante un instante, conectando con la energía que flotaba alrededor de la Elegida, como quien palpa una bruma invisible.
―Tu espíritu lo busca con desesperación ―murmuró―, pero ahora mismo está envuelto en sombras.
La inglesa la miró al fin. Y en sus ojos vio el abismo.
―Temo no llegar a tiempo. Me aterra que Abbadon destruya su espíritu y que, cuando lo encuentre, se haya rendido.
―Él jamás se rendirá ―dijo Asvoria con dulzura, pero también con firmeza―.
Apenas siento un atisbo de lo que su amor significa para ti…
Desearía que alguien me amara una décima parte de lo que tú lo amas.
Te garantizo que, pese a la despiadada tortura a la que se verá sometido, no cederá.
Incluso en el silencio más desgarrador y en el odio más profundo que sentirá hacia aquel que lo traicionará para salvarlo, no capitulará.
Alana separó sus manos y apretó la mandíbula para no romperse; sin embargo, algo se quebró en su interior. Sabía que la respuesta que había obtenido no era de la joven que ahora la miraba parpadeando confusa.
―¿Crees que podrá llegar a pensar que lo he abandonado?
Asvoria extendió una mano, sin tocarla, pero logrando con aquel pequeño gesto que su presencia la envolviera.
―Ni una sola vez ―susurró, dibujando una leve sonrisa.
Aunque la conversación de Eirik con el resto continuaba, un silencio profundo las abrazó. En él, el aire parecía haberse detenido. Alana sintió que algo dentro de ella se alineaba por un instante, como si el mundo le concediera un suspiro, una tregua. No duró mucho. Pero fue suficiente.
―Gracias ―murmuró.
―Estoy contigo, aunque no me lo pidas ―respondió ÉL por boca de Asvoria.
Decenas de lágrimas se agolparon en los ojos de la joven inglesa, que tragó espinas para no mostrar ante el resto lo que le había supuesto aquella revelación.
Sus sentimientos eran tan fuertes que provocaron que la princesa comenzara a temblar de pies a cabeza.
Al mismo tiempo, una fuerte descarga recorrió el cuerpo de Bălan, que parecía ser el único capaz de ver lo que estaba ocurriendo entre ambas.
Dispuesto a averiguar qué sucedía, se aproximó a ellas.
Necesitaba comprender qué era lo que había oído y sentido.
Alana observó un instante a la errante sin comprender por qué ella era capaz de canalizar sus emociones.
Sujetó de nuevo sus manos; los temblores que las sacudían aún no se habían disipado del todo cuando el vampiro se situó a su lado.
La diferencia de altura era notable, ella apenas le llegaba al hombro.
El enorme «No Muerto» miró a la Elegida, que se sorprendió al ver una genuina preocupación en sus ojos.
Él se encorvó frente a la errante con una expresión de desconcierto visceral y una inquietud desconocida que había comenzado a nacer en sus entrañas al verla estremecerse.
Poco a poco, Asvoria comenzó a recuperarse.
―¿Te sientes mejor? ―preguntó Alana con voz suave, preocupada por aquella reacción en su cuerpo.
La errante ladeó la cabeza, aún aturdida. Pero fue Bălan quien, sin entender por qué, respondió:
―Yo también he visto cómo empezaba a temblar… y lo he sentido.
Aquellas inesperadas palabras removieron algo en el interior de todos ellos.
Alana se giró con brusquedad hacia el exgeneral. Eso no le había sido mostrado. Sus ojos, encendidos de sorpresa, se clavaron en él.
―¿Qué has dicho?
Bălan dudó un momento. Tal vez se había equivocado. Se pasó la mano por el rostro, como si intentara borrar lo que acababa de percibir.
―No sé bien qué ha ocurrido. Pese a estar con ellos ―miró a los suyos un instante antes de volverse hacia la Elegida―, os he oído.
Después he visto una tortura digna de Mørket y he escuchado con claridad que, aunque no se lo pidáis, ÉL está con vos.
He sentido vuestra tristeza en mí. Me ha atravesado como mil flechas ardientes y he comenzado a temblar, igual que… ella ―se volvió hacia la errante.
Asvoria elevó la mirada. Sus ojos, aún oscuros por la intensidad de la conexión, se encontraron con los de él. Algo se agitó en el aire entre ambos, algo que no tenía nombre, pero sí una fuerza arrolladora.
―¿Te ha ocurrido lo mismo… que a mí? ―susurró Asvoria.
Él asintió, sin poder apartar la vista de su rostro.
―Así es.
―No debería haber sucedido ―añadió la Elegida.
―¿Qué queréis decir?
―Bălan, mi conexión con los Ragnarsson viene impuesta desde el Cielo, ¿entiendes?
―Sí.
―Pero eres un…
―Vampiro.
―Exacto. No entiendo… No estás ligado a mí como es el caso de los errantes.
―Eso es cierto, Alana ―intervino la princesa―, pero olvidas que, de algún modo, y ahora más que nunca gracias a ti, todos estamos ligados a ÉL.
―Se volvió hacia el «No Muerto» y lo miró con sus preciosos ojos celestes, tan claros como la mañana―.
Vos lo dijisteis antes: ella os ha devuelto quién sois.
―Y se lo agradezco, pero aborrezco quién fui como Ursu.
―Eso también lo habéis dejado claro ―sonrió―, y tal vez esa sea la razón de vuestro vínculo.
―Con ella sí. Hasta eso podría entenderlo, aunque no por qué con vos. Sois errante y yo… ―añadió, con un evidente tono de desprecio hacia sí mismo.
―Eso es algo a lo que aún no tengo respuesta ―reconoció Alana, contrayendo el ceño.
La errante se abrazó a sí misma, tratando de entender por qué Bălan había sentido lo mismo que ella.
El líder de la Søsterskap se quedó paralizado, perdido en sus facciones perfectas.
Gruesos labios, mejillas sonrosadas. Esta vez, un brutal escalofrío le recorrió la espalda sin piedad.
Ella también se estremeció. El mundo pareció estrecharse en ese instante.
Aquel cruce de miradas estaba cargado de algo que ninguno entendía, que era casi irreverente, pero que a ambos les fue revelado a la vez.
Un hilo invisible se tensó entre ellos. Vibrante. Cargado.
¿Designio? ¿Destino? ¿La respuesta a una plegaria?
Él, sin pensárselo dos veces, le ofreció la mano. Asvoria no dudó en aceptarla. Al tocarse, saltó una pequeña chispa. Ambos se alejaron sonriendo. Lo que se les había mostrado era imposible.
Alana, incapaz de dar crédito a lo que acababa de presenciar, dio un paso atrás.
―Voy a buscar a Eirik. Esto… tenemos que tratar de entenderlo.
La errante no la detuvo. Tampoco Bălan. Cuando la Elegida se marchó, ambos quedaron en medio de un silencio muy diferente. Incómodo, quizá inapropiado, pero ninguno se planteó alejarse del otro.