13. VUELTA AL CAMPAMENTO
E l grupo, que llevaba desde el mediodía corriendo sin apenas descanso, avanzó hasta bien entrado el anochecer.
Borgervern levantó una mano en señal de alto.
Bălan miró a Nessa, quien asintió para asegurarle que habían llegado.
Ninguno de la Søsterskap fue capaz de apreciarlo a simple vista; sin embargo, el campamento de los errantes se extendía justo delante de ellos, protegido por cientos de guerreros Parêzvanan.
Con un gesto, Vidar les indicó que aguardaran en la penumbra del bosque.
Él y Borg se adelantaron, cruzando los límites.
Alana prefirió esperar junto al resto, sintiendo el pulso de la tierra bajo sus pies.
El líder de Los Libres se mantuvo en silencio, pero sus ojos recorrieron cada árbol, tratando de distinguir algo que los demás parecían ver sin esfuerzo.
Poco después, el campo de fuerza se abrió, dejando la entrada al descubierto.
La gran explanada con las tiendas se hizo visible y también los múltiples fuegos.
Soren sonrió al que durante siglos fue su general, quien le devolvió una expresión de incredulidad pura.
Ahora sí podía recordar cuánto habían especulado Abbadon y él sobre cómo sería.
La idea que ambos tenían no se acercaba ni de lejos a la grandiosidad que veían sus ojos en ese momento.
De igual modo, los tvillinger y los skyggene estaban sin palabras al ver la extensión descomunal que ocupaban aquellos que hasta hacía apenas un día eran sus acérrimos enemigos. Los otros vampiros de la Hermandad se mantuvieron alerta. No confiaban en ser bien recibidos.
En cuanto cruzaron el dintel imaginario, fueron dirigidos a la tienda principal. Allí se encontraba Eirik con Brina. Alana se extrañó al ver que una capa de piel cubría sus anchos hombros y que su espada pendía de la cadera. Sentados junto a ellos estaban Vang y Asvoria.
La mirada del rey se clavó en la inglesa, que asintió sin decir nada.
―Habéis cumplido ―dijo el errante, bajando la cabeza en cuanto se encontraron frente a frente―. ¿Es…? ¿Qué… qué significa esto? ¿¡Qué hace él aquí!? ―cambió de pronto el tono y se puso en pie, dispuesto a estrangularlo.
―¡Alto, Eirik! ―pidió Alana, con la mano alzada―. Él ya no es quien tú crees.
―¿Ah, no? ¡Ese es Blodbøddelen ! ―escupió el errante con voz despectiva―. Sabía que no habías muerto. ¿Qué fue lo que hiciste? ¿Huir como un cobarde al saber que Abbadon había convertido en general a Rău?
La Elegida le explicó a Eirik lo que había ocurrido con todos ellos, incluido el exgeneral. Brina y Vang permanecieron atentos, pero sin decir nada. Tras acabar, la joven se acercó a Eierløs, que iba flanqueado por los tres capitanes. Fue él mismo quien respondió:
―Sí, rey Eirik. Yo soy Bălan, pero no el que vos conocisteis.
―No puedo creer en vos ni en vuestras palabras.
―Eirik ―intervino Alana―, dice la verdad.
El vampiro alzó el mentón, pero enseguida comprendió que esa actitud solo levantaría más muros. Bajó la mirada y respiró hondo, tratando de centrarse.
―Cuando Rău me dejó desangrándome en el campo de batalla, creí que iba a morir.
Aina me salvó y allí renací como Eierløs.
Tal y como indica mi nombre, soy aquel que escogió no pertenecer a nadie.
Aun así, vengo dispuesto a unirme a su causa ―dijo, volviéndose hacia Alana― y a la vuestra.
Se me ha mostrado lo que debía saber y, si es necesario, no dudaré en sacrificar mi propia vida para recuperar a mi hermano.
Del mismo modo, juro que haré cuanto esté a mi alcance para salvar a vuestro guerrero.
Si podéis dejar atrás los horrores que cometí en nombre de Abbadon y concederme la oportunidad de comenzar de nuevo ―añadió, ofreciéndole el antebrazo―, os aseguro que no os defraudaré.
Alana apretó los labios y buscó la mirada de Eirik. El rey miró el techo de la carpa, resopló con fuerza y acabó negando con la cabeza. Acto seguido, le estrechó el brazo al vampiro.
―Si ÉL os ha perdonado y os ha unido a Sus filas, no seré yo quien contradiga Su voluntad.
La Elegida relajó los hombros y permitió que una mínima sonrisa asomara a sus labios. Habían comenzado a recorrer la rama del árbol de decisiones correcta para poder continuar. Ahora debía cumplirse algo más, solo que nadie podía escoger por ellos.
―No os voy a mentir, rey Eirik ―prosiguió el «No Muerto»―, y ella ya lo sabe.
Estoy aquí porque busco justicia para Erke y para mí…
Y también para todos los que fueron convertidos en esta aberración ―se señaló a sí mismo― que desafía a la Muerte.
Y, ni que decir tiene, quiero aniquilar a Mørket y a su perro Abbadon para siempre.
El silencio los envolvió de golpe. Solo se oía el suave crepitar de los braseros.
Eirik miró a Alana, que cerró los ojos apenas un instante para darle a entender que aquello era justo lo que debía ocurrir.
Sin pensarlo, el rey bajó la cabeza en señal de respeto al reconocer Su aliento en el vampiro.
―Entonces, sed bienvenido entre los nuestros ―agregó el errante con tono solemne.
De nuevo, Alana cerró los ojos. Trató de serenarse.
Deseaba partir en ese mismo momento, pero aún no le había sido revelado hacia dónde.
No podía exigir una respuesta. Además, debían esperar que Thyra, Oskar, Thorkell, Gudrun y Nîga regresaran.
Una vez más, se le pedía paciencia y ceder el control a algo mucho más grande que ella.
En ese instante, Eirik y Brina centraron toda su atención en dar la bienvenida a Bălan y a los suyos, presentándoles con orgullo a sus dos hijos.
La conversación estuvo cargada de respeto, aunque aún flotaba en el aire esa sombra de cautela que habita entre los nuevos aliados que fueron antaño enemigos.
Después, Vidar y Borgervern detallaron dónde los habían encontrado y expresaron su preocupación por varios grupos rezagados de guerreros Ursu que todavía merodeaban cerca del camino al campamento.
Por lo que les alcanzaron a oír, buscaban a Abbadon con desesperación.
En medio de aquello, Alana, en el más absoluto silencio, se acercó a una de las pequeñas hogueras y colocó las manos sobre el fuego para calentarlas.
Su semblante, aunque sereno por fuera, comenzaba a mostrar una tensión que solo pareció ser perceptible para alguien que estaba pendiente de todos sus movimientos.
Asvoria, sin saber por qué, la buscó con la mirada y comenzó a observarla desde su posición.
De pronto, una oleada de energía la atravesó y sintió cómo la vibración espiritual de la Elegida descendía igual que la marea.
Trató de entender qué le estaba ocurriendo, pero ni siquiera ella pudo encontrar las palabras adecuadas.
Lo que sintió fue un cambio sutil en la joven inglesa, como si un velo de tinieblas cubriese la luz que siempre emitía.
Acto seguido, notó con angustiosa claridad la tristeza que pareció ahogar su corazón y algo la empujó a acercarse.
Mientras su hermano trataba de recordar los nombres de aquellos que reían por algo que acababa de decir su líder, la joven errante avanzó con la ligereza de quien ha aprendido a no perturbar ni el aire al moverse.
A cada paso, su alrededor parecía ralentizarse.
Los sonidos le llegaban más alejados, y su vista empezó a diluir los contornos de todo… salvo de una sola figura: Alana.
«Yngvar». El nombre del guerrero resonó en la princesa sin que nadie lo hubiera pronunciado.
No sabría decir si lo había escuchado realmente o si, de alguna manera, el pensamiento había surgido sin más.
Solo lo sintió, como si la ansiedad de la Elegida hubiera encontrado la forma de atravesar su mente.
Aquella conexión fugaz sobrecogió a la errante, que no pudo evitar acercarse, impulsada por la necesidad de saber si se encontraba bien.
Nadie pareció notar que Asvoria se apartaba del grupo.
Nadie, salvo Bălan.
Sin fingirlo, el exgeneral clavó sus ojos en ella, muy intrigado.
Él, que no necesitaba palabras para leer la tensión en un gesto o el secreto en una simple mirada, dejó de escuchar el relato de Borgervern solo un instante.
Sus impresionantes ojos verde avellana se centraron en la joven que caminaba con paso sigiloso pero resuelto en dirección a aquella que le había devuelto su memoria.
No hizo ademán de detenerla ni de advertir a los demás; sin embargo, no pudo apartar la mirada porque algo en su interior le decía que no lo hiciera.
Algo que le pedía que observara, que oyera, que… esperara.
«Esperar… ¿a qué?», se preguntó.
Por supuesto, no obtuvo respuesta; aunque algo dentro de él le repetía que debía aguardar. Así que se ciñó a observarla con una mezcla de cautela e intriga, como si supiera que aquella breve conversación iba a ser crucial y que encerraba algo más profundo.
Alana estaba con la mirada perdida en las llamas, permitiendo que, aún sin necesitarlo, el calor del fuego la envolviera.
―¿Os encontráis bien? ―le preguntó Asvoria con un tono marcado de preocupación.
La joven inglesa se giró hacia ella, miró a la princesa y después al vampiro. No pudo evitar sonreír al entender por qué se había sentido con la necesidad de separarse de todos.
―Sí, solo estoy algo cansada.
La errante se acercó un poco más, con la intención de que ninguno de los presentes la oyera.
―No lo dudo ―dijo bajando la voz―, solo que… ¿Puedo hablaros con franqueza?
―Siempre, princesa.
―Asvoria, por favor.
Alana asintió, dedicándole una sonrisa que le atravesó el alma.
―Asvoria.